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domingo, 28 de diciembre de 2014

La pasión de la espada, cap. V


LA PASIÓN DE LA ESPADA, CAP. V
Por Selene Ruiz de Vivar

El palafrenero murió aquella misma noche. Los aterrados habitantes del castillo hubieron de habilitar una parte de las caballerizas  para recluir allí a todos los que habían estado en contacto con él, incluyendo el ayuda de cámara del rey. En el patio se colocó la pira funeraria del desdichado caballerizo. El resto se refugió en el atestado Salón del Trono,  antiguo testigo de bailes y fiestas, que poco a poco iba perdiendo su lustre. Todo el mundo se afanaba en trabajar incansablemente hasta que llegó un momento en que no había nada que hacer, salvo esperar. Las muertes fueron sucediéndose con tal rapidez que los sirvientes y criados no daban abasto a transportar cadáveres al patio de armas. Además muchos se negaban siquiera a acercarse a los muertos.
Curiosamente la enfermedad no parecía afectar tanto a los antiguos esclavos que habían venido en los barcos para ser vendidos en Suburbia, barcos que habían sido requisados por orden del rey y ante la imposibilidad de devolverlos a sus lugares de origen, se había terminado por emancipar a todos ellos, librándolos así de su penoso destino. Muchos habían quedado como sirvientes en el castillo al no tener adónde ir. Su procedencia era variada: había negros, hindúes, nórdicos y eslavos, y muchas mujeres entre ellos, reclutadas para ser vendidas a los burdeles. Ellos se ocupaban de los cadáveres y estaban exhaustos por el contacto diario con la muerte.
                La tarde que murió su ayuda de cámara, apenas un muchacho que llevaba dos años a su servicio y dormía en la habitación contigua a su cámara, William lloró de rabia, y encendió él mismo la pira. Vio las llamas levantarse hacia el cielo y se sintió extremadamente impotente contra esta injusticia de la naturaleza. Fue consciente de pronto de la insignificancia de la dignidad real y del dinero, lujo y oropeles, así como del resto de las vanidades humanas, que se le antojaron bagatelas. Llamó a Thomas a su lado.
                El barón también parecía inmune a la enfermedad. Había ayudado a transportar enfermos, les había dado de comer con sus propias manos, y sin embargo no se contagiaba. William contemplaba con admiración la humanidad de su amigo pero se encontraba demasiado cansado para hacer lo mismo, para siquiera aproximarse. Le dolían las manos por haber estado acarreando toda la tarde ramas y troncos para la pira. Empezaba a escasear para calentar las chimeneas y era imposible calcular cuánto durarían el agua y los víveres. Se sintió repentinamente mareado. Thomas se acercó con su bello rostro contraído por la alarma.
—¿Os encontráis mal, mi señor?—dijo acercándose lo más deprisa posible, pero a duras penas le dio tiempo a sostener al rey, que se desplomaba.
—¡Llamad al físico! —tronó el angustiado joven tomando en brazos a su rey y llevándolo a toda prisa al castillo. Se sorprendió de lo liviano de su peso en un hombre de tamaña altura y voló hacia el interior sin pensar en otra cosa que no fuera salvarlo.

              William se despertó en su lujoso lecho, rodeado de cojines. Llevaba puesto sólo un pantalón y una ligera camisa de dormir de batista y seda. El físico y dos sirvientas estaban a su lado. Echó de menos a Thomas a quien recordaba a su lado poco antes de perder la conciencia, y preguntó al médico por él con voz apagada.
              —Perded cuidado, Sire. El barón ha estado todo el tiempo a la cabecera de vuestra cama pero se ha visto obligado a bajar al Salón del Trono. Cortesanos y sirvientes han entrado en pánico cuando se ha corrido la voz de vuestro desmayo y se han congregado todos allí, armando un gran tumulto. Su Excelencia ha tenido que poner orden. Al conocerse que lo vuestro no era de cuidado se ha improvisado una especie de fiesta, dentro de lo que las circunstancias lo permiten—el físico se interrumpió, circumspecto—. Señor, no hagáis ademán de levantaros. Os he suministrado un fuerte opiáceo.
William hizo caso omiso y se incorporó bruscamente, consiguiendo solamente que la cabeza le diera vueltas. No se sentía plenamente despierto y le martilleaba la jaqueca, produciéndole  un dolor sordo, pero tenía la firme intención de bajar. Las protestas del médico no sirvieron de nada. Se quitó la liviana camisola de dormir y la arrojó a un lado. Salió de la estancia, tambaleante. Al pasar por delante de la recámara de su antiguo asistente sintió una indefinible sensación de angustia y una sensación de escozor  en los ojos. Se dio cuenta de que su torso estaba desnudo y tomó su capa de armiño que su ayuda de cámara se encargaba de vestirle como última prenda los días de audiencia y recepciones. Bajó las nobles escaleras con toda la dignidad que su estado le permitía. Comprobó que los músicos de la corte estaban tocando. Le pareció reconocer una melodía de violines que recordaba haber oído cantar a las esclavas manumitidas, en una antigua lengua que no lograba descifrar.
                Al entrar en el Salón, una sensación de irrealidad se apoderó de él. No se sentía rey en ese momento, sino uno más entre esa humanidad doliente, deseando sobrevivir a tanta destrucción, buscando todavía una vía de escape para huir del horror. La corte se había vuelto libertina, de eso no cabía duda, pero había razones poderosas, inconscientes, que la racionalidad no podía entender ni abarcar. No quería juzgar, sólo dejarse llevar por la alegría momentánea de estar vivo en ese preciso instante. Las cortesanas y las antiguas esclavas ofrecían sus favores por doquier, sin los diques que el decoro hubiera impuesto en otras circunstancias. William se aproximó a su trono pero no lo ocupó, dedicado a vagar sin rumbo.
 Su conciencia se hallaba tan obnubilada que respondió al beso de bienvenida de una esclava de origen nórdico, de pelo casi albino, mientras otra de color le acariciaba por detrás. Sus lenguas se encontraron y juguetearon brevemente. William no quería pensar, sólo sentir: sentir que estaba vivo, que la sangre caliente fluía por sus venas. Thomas lo vio de lejos y soltó su espada, que ya no era necesaria, pues el tumulto había cesado, dando paso a una vorágine de comportamientos inesperadamente erotizados, vividos  como liberadores, como catárticos. Tomó el laúd de uno de los músicos y comenzó a tocarlo furiosamente, sin querer mirar nada más ni involucrarse en aquella espiral de búsqueda enfervorizada del placer.
                 William se sentó en su trono, mareado. Sus sirvientes y cortesanos le rodearon sin distinguir raza ni sexo. Los besos se sucedían sin excluir a nadie y todos buscaban complacer al rey, hombres y mujeres dispuestos para el placer. William se besó con la antigua esclava negra y con una cortesana cuyo rostro recordaba aunque su mente no lograba encontrar su nombre.
Empezó a confundirlas con otras mujeres con las que había aliviado su soledad, lavanderas y campesinas. Un joven de pelo oscuro le acarició los hombros y depositó pequeños besos en los lóbulos de sus orejas sin encontrar resistencia por su parte. Sentía que su cara era zarandeada a uno y otro lado para obtener besos y caricias consentidas o robadas sin saberse muy bien dónde estaba la frontera. William se levantó como buscando a alguien. La atmósfera tenía un tono extrañamente azulado, como de ambiente congelado. Sintió que su corazón palpitaba más despacio, al borde del desplome. Varios de los presentes lo ayudaron a sentarse otra vez y comenzó de nuevo el juego que no se sabía cómo iba a acabar. Thomas ni siquiera miraba. Hacía rato que se había abstraído en sacar acordes de aquel laúd que se llevaba su rabia, su saña, sus deseos de marcharse de allí, de galopar sin descanso hasta llegar a las montañas.
El rey se dejaba hacer, en ese estado sin nombre entre la vigilia y el sueño, sin participar activamente del placer ni tampoco rechazarlo. Una mujer le asaltó la boca, recorriendo sin descanso su interior con la lengua. William lo vivió como una especie de saqueo. Mientras, un joven de raza indefinible desabrochaba los cordones de sus calzas y jubón. El monarca suspiró y se rindió sin oponer resistencia. El estado alterado de conciencia que le había producido la potente droga le producía una sensación de fatalismo que no se sentía capaz de remontar. Cerró los ojos mientras su boca de labios sensuales y carnosos era atrapada de nuevo por alguien desconocido.
       (Continuará)


viernes, 26 de diciembre de 2014

LWLYB, TH


La pasión de la espada, cap. IV


LA PASIÓN DE LA ESPADA,  CAP IV
Por Selene Ruiz de Vivar
—Si bien vos habéis venido a la corte por vuestras propias razones, Thomas—dijo el rey, que  no podía dejar de mostrarse incisivo al hacer alusión a ellas—el hecho es que estaba a punto de mandaros llamar—hizo una pausa, ya que iba a  tocar una cuestión en la que se jugaba no sólo el futuro de su dinastía, sino la razón de su vida—Sabéis que la peste está asolando Arcadia. El castillo de momento ha estado a salvo en su altozano del acantilado pero no sabemos por cuánto tiempo. —Tomó aire, pesaroso, y abordó el tema que le encogía el corazón—El príncipe—miró a los ojos a su interlocutor, dándole a entender que le hablaba como soberano, pero no pudo evitar añadir ”mi hijo Henry”  con voz algo quebrada y casi inaudible, ya que le dolía incluso nombrarlo en aquellas circunstancias.—Mi hijo Henry— repitió  el rey en voz más alta, reponiéndose con la presteza que era en él habitual—  está a dos jornadas de aquí, en una de las residencias de verano de la corona, acompañado de sus nodrizas. Es mi deseo que parta cuanto antes con vos a las montañas—añadió el rey conteniendo la respiración. De pronto se le antojaba insoportable alejarse de lo que más quería. Se sintió por primera vez en mucho tiempo hombre y padre antes que monarca. Como siempre consiguió dominarse, haciendo acopio de todo su valor, que no era menguado; pero fue realmente un esfuerzo sobrehumano.
                Thomas miró a su rey, a la par  asombrado por tan importantísimo encargo, y enternecido al vislumbrar su momento de debilidad. Se sintió abrumado por la responsabilidad y al mismo tiempo orgulloso de ser el depositario de su bien más preciado. No pudo evitar conmoverse pero sin que trascendieran a su rostro las emociones, con el valor de un soldado. Trató de encontrar las palabras adecuadas.
—Mi Señor, me hago responsable de defender la vida y la integridad de vuestro hijo el príncipe de Suburbia desde hoy y de entregar la mía propia en defensa de la suya si fuera necesario y sin dudarlo un momento. Desde que nací mi vida os pertenece—añadió—.
Los dos hombres sellaron aquella declaración con un apretón de manos, del que salieron agitados por muy distintas razones. Thomas pensó por una fracción de segundo en besar la mano  a su rey en señal de vasallaje, pero apartó  de su mente la idea a pesar de ser absolutamente protocolaria y conforme a los usos de la corte, barruntando que en aquel momento resultaba peligrosamente inadecuada.
—Respecto a lo que os ha traído a Arcadia, no dudéis de que como mi mejor amigo y aliado, gozaréis en el futuro de una unión ventajosa— William no podía evitar, al proferir estas palabras, la sensación de que llevaba toda la noche abordando temas dolorosos.
—Señor, no es mi deseo ahora comprometerme con nada que no sea el bienestar del Príncipe.
—Thomas…
                En lugar de terminar su frase el rey se levantó dando por terminada la velada, y todos los cortesanos hicieron lo mismo.
 
               Una vez en sus aposentos, sentado a su mesa repasó mentalmente los acontecimientos de la jornada. Abrió los cajones de la misma con una llave que traía cuidadosamente escondida en los pliegues de su jubón. Allí se encontraban los camafeos, retratos y líneas genealógicas  de diferentes damas de la nobleza, incluso princesas de sangre real que habían sido propuestas al propio rey para un segundo matrimonio, que hasta el momento había rechazado. Pensó en su obligación de ocuparse del enlace del barón en cuanto todo pasara. Se asfixió momentáneamente pensando que tal vez no saldría vivo de la epidemia, ya que no tenía la intención de abandonar la corte, pero prefirió obviar una posibilidad tan funesta. Echó un vistazo a los retratos, sin demasiado entusiasmo. Su rubia pariente del continente, la duquesa Nathalie, le pareció demasiado mayor para Thomas. Su hermana, demasiado joven. La princesa Verina, que había sido mencionada como candidata a ocupar la sede vacante de reina de Suburbia, le pareció totalmente inadecuada, tanto para él como para Thomas. Miró divertido el óleo de una rolliza pariente lejana que le enviaba soflamas incendiarias de amor enardecido y pensó en la travesura de endosársela a Thomas, pero inmediatamente desechó la idea por absurda. Había varias jóvenes  de estirpe intachable pero a todas les acabó encontrando algún defecto. Acabó por descartarlas una por una por razones tan peregrinas como su estatura  o el color de su pelo. Una le pareció bizca, obviando que él mismo bizqueaba de una manera casi imperceptible, lo que hacía la mirada de sus extraordinarios ojos (cuyo color variaba  según los reflejos de la luz entre el café, el ámbar y las aguas verdosas de un profundo lago) aún más cautivadora.  Finalmente se abría en su mente la idea extravagante de que deseaba al noble para sí mismo, para su compañía. Le pareció una idea harto egoísta. Se entregó con más ahínco si cabe a la tarea de buscarle una compañera, buscando la perfección, pero sin hallar a ninguna que cumpliera sus inalcanzables expectativas.
El rey de Suburbia iba a continuar con su exasperante labor cuando un sirviente entró atropelladamente y se arrodilló ante él.
—¿Cómo osáis…—comenzó el alabardero en la puerta pero William le hizo callar con un simple ademán.
—Señor…uno de vuestros palafreneros ha caído enfermo…
—¿Con los síntomas de la peste?—el rey se levantó de su estrado, súbitamente alarmado.
El lord chambelán llegaba apresuradamente por los pasillos del castillo que conducían a los aposentos del rey, débilmente iluminados por antorchas.

—Sire… la peste ha llegado hasta aquí ¡hay que poner a la corte en cuarentena!


Lo que en Suburbia se conocía con el nombre de  peste era una forma extremadamente maligna de cólera, enfermedad azul o morbo asiático, de la que los físicos de la corte sólo tenían noticia a través de los escritos de Hipócrates y Galeno, y contra la que no se podía hacer nada: todos los remedios se habían revelado insuficientes. La infección en su forma aguda conducía a un cuadro de deshidratación que llevaba a la muerte en apenas horas. El pánico de la población era terrible y deshacía cruelmente cualquier tipo de vínculo o solidaridad, hasta los que habían sido más estrechos :de amor, amistad y parentesco. William había contemplado con horror el miedo y la disolución de las relaciones más sagradas de sus súbditos en aras del instinto de supervivencia.
Por orden del rey, las puertas del castillo se cerraron a cal y canto y éste quedó completamente aislado, rodeado por su foso impenetrable. Una densa niebla cayó por la noche, recortándose la silueta del imponente edificio en el horizonte de un modo sombrío. En las laderas del altozano brillaba el fuego de las piras funerarias de los caídos en la ciudad, amontonados sin control. La población se entregó a comportamientos enloquecidos, danzas de la muerte por las inmundas calles de la ciudad, otrora elegantes y lujosas, que acababan en orgías desaforadas en un intento de atrapar la vida.
Por desgracia, en el castillo se iba a vivir el mismo tipo de locura, potenciada por el encierro y la desesperación. El miedo a la muerte trastornaba los ánimos y los de los habitantes del castillo no iban a ser una excepción. Su locura comenzaría a una velocidad de vértigo, la noche misma del encierro.

(Continuará)

domingo, 14 de diciembre de 2014

La pasión de la espada, Cap.III













LA PASIÓN DE LA ESPADA Cap. III
Por Selene Ruiz de Vivar

–Sed bienvenido—los ojos del rey de pronto también sonrieron—querido Thomas.
                 Su sonrisa iluminó por un momento la estancia ligeramente ennegrecida por el humo de los candelabros. Era invierno, la parte del año con menos luz natural, y las chimeneas estaban encendidas. A los pies del trono reposaba el lebrel preferido del rey, un hermoso braco de pelaje blanco y negro de majestuosa alzada, que se hallaba dormitando.
                 El rey se levantó y bajó las escaleras forradas de terciopelo carmesí de su estrado, en un gesto que se reservaba a los invitados unidos por lazos de parentesco o a los más honorables. Para sorpresa de toda la corte, se acercó a su amigo y le abrazó sin contemplaciones. Will sentía su corazón sobrecargado. De pronto le pareció una carga muy pesada la corona, su paternidad temprana, los años de soledad. Deseó volver a tener doce años y correr con Tom hacia los portones del castillo abierto, cruzarlos ante la mirada horrorizada de los alabarderos que no habían podido evitarlo y temían ser castigados si algo le ocurría al príncipe. Se vio a sí mismo contemplando el foso que rodeaba el castillo y lo hacía inexpugnable, con Tom al lado. Se le antojaron los momentos más felices de su vida. Recordó no haber deseado ninguna otra compañía. Y de pronto, había llegado la adolescencia y su vida se había llenado de obligaciones, de horas de aprendizaje y de sentido del deber. Y finalmente Thomas había sido requerido por su padre para volver a su castillo de las Tierras Altas.
                El rey sintió que una emoción excesiva lo embargaba y se contuvo, ejerciendo un férreo control sobre sí mismo que era una segunda naturaleza en él. Se dio cuenta de que todavía estaba enlazado a su amigo, que sonreía, y deshizo el abrazo.
                 —¿Habéis encontrado los aposentos a vuestro gusto, Thomas?
                —Demasiado lujosos para mí, mi Señor. En las montañas no usamos sábanas de hilo ni camas con baldaquino—respondió Thomas faltando ligeramente a la verdad por el momento de azoramiento, ya que la cama de su cámara en Loitsche tenía un hermoso dosel. La verdad era que se encontraba en estado de agitación por el prolongado abrazo y contestaba sin pensar demasiado lo que decía.
                —Thomas, hoy compartiréis la mesa con nos—un murmullo recorrió el atestado Salón del Trono, los cortesanos sorprendidos de la gran deferencia con la que el rey trataba a su amigo—
Los amigos se dirigieron al comedor acompañados del lord chambelán y de numerosos sirvientes y pajes, y seguidos de cerca por el lebrel, que se había desperezado y movía la cola animadamente.
                 Se sentaron a una mesa rica y lujosamente aderezada, ya dispuesta con abundante caza mayor y frutas exóticas traídas por los barcos que habían traído también la desgracia a Suburbia. Los jóvenes se sentaron a la mesa, ocupando el ilustre recién llegado el lugar de honor a la derecha del monarca.
—Hay tantas cosas que deseo oír de Vos, Thomas. Contadme.
El joven iba a responder cuando el lord Chambelán terció, obsequioso, y también algo molesto porque la atención del rey estaba totalmente desviada hacia el noble montañés.
—Llegaron credenciales de Loitsche para la petición de mano de la condesa Sommerfeld en nombre del barón, Sire—dijo el chambelán, deseando sentirse útil y pronto en informar al rey. Era un hecho que estaba entre las obligaciones inherentes a su cargo y procuraba cumplirlo puntillosamente.
                 El rey sostenía un racimo de uvas en una mano y una copa de plata delicadamente cincelada en la otra, llena hasta el borde del mejor vino de las bodegas del castillo.
                –Lamento comunicaros que no podré concederos la mano de nuestra amada prima—replicó el rey, clavando los ojos en un asado de faisán que tenía delante de sus ojos y evitando mirar a su invitado—Ha sido prometida ya al conde Claster.
El Chambelán tosió violentamente. Nada ocurría en la corte sin que él lo supiera, y ésta era la primera noticia que llegaba a sus oídos acerca de este tema. Sintió que enrojecía de la impresión.
                Thomas miró a su rey tranquilamente, aunque sin poder evitar a su vez cierta sorpresa.
                 —¿Con Alexander? ¡Pobrecilla! —no pudo evitar exclamar
Alexander Claster había sido el tosco compañero ocasional de juegos de los dos jóvenes. Thomas lo recordaba como un jovenzuelo grandullón y de movimientos bastante torpes y pesados y cuyo mayor peligro en los torneos era que se te cayera encima y te quebrara todos los huesos. Sintió una tibia piedad por la joven destinada a ser su esposa, pero su orgullo no se resintió en absoluto.
—Si….sire— farfulló a duras penas el chambelán. El rey lo hizo callar con un gesto autoritario de su regia mano, cuajada de anillos.
—Estoy al servicio de Vuestra Majestad—respondió el joven noble, recompuesto ya de su sorpresa—La verdad es que el hecho supone una liberación para mí.  La petición del enlace fue idea de mi padre Gordon  antes de morir, pero yo—y al decir esto clavó los ojos en su rey, desafiante— deseo elegir a la persona que comparta mi vida por mí mismo.
Por segunda vez en la noche, las miradas de ambos hombres se entrelazaron, mientras las llamas de las velas brillaban en sus pupilas. Las palabras del joven podían disculparse por su inexperiencia de la vida en la corte, pero eran un desafío en toda regla. Nadie con el rango de noble contraía matrimonio en la corte sin la autorización del monarca. Era un modo de mantener el control de los nobles y barones con aspiraciones excesivas de poder,  que habrían podido reforzar con estratégicas alianzas matrimoniales. William sabía cómo frenar la ambición de su nobleza más díscola y asegurar la estabilidad de la corona.
—Confío en que sabréis actuar de la manera más juiciosa– el rey miraba en ese momento a su interlocutor con acerada dureza.
—Siempre me tendréis a vuestros pies, Señor, y pronto a obedeceros en todo—contemporizó el joven noble, aligerando la tensión del ambiente en la que no ayudaba nada la mirada horrorizada que el chambelán le había dirigido al oír la inicial osadía. La mirada del rey se suavizó.
—Ojalá vuestros deseos puedan ir parejos a vuestras obligaciones—contestó el rey, al que una sombra de tristeza le nubló el rostro al pensar en sí mismo.
Lo cierto era que su decisión era muy generosa y que había pensado en la felicidad de su amigo al tomarla. La condesa Sommerfeld, prima lejana del rey, era una de las damas más casquivanas de la corte. La verdad era que el enlace tampoco habría aportado al hermoso montañés una señalada alianza ni una posición en la corte mejor de la que ya tenía. William miró a Thomas y pensó vagamente en recompensarle de este aparente desaire. El joven  sorprendió su mirada y sonrió. Will, aunque avezado en mil devaneos cortesanos, se ruborizó como un muchacho. Al darse cuenta de ello miró para otro lado, intensamente avergonzado.
—Condenado Thomas—pensó para sus adentros—me vengaré de Vos.
El lebrel saltó, consciente de que el instinto de cacería de su dueño se había despertado.
                                                     (Continuará)

 

domingo, 7 de diciembre de 2014

La pasión de la espada, cap II

Cap II  LA PASIÓN DE LA ESPADA
Sire—la llamada de atención de su chambelán le sacó de sus melancólicos pensamientos—la peste está llegando ya a los barrios altos de la isla…hay que pensar en poner a salvo al heredero. Es necesario salvaguardar el futuro de la dinastía.
                  Una sombra de preocupación ensombreció el rostro de William, que frunció el ceño, sombrío. Él nunca abandonaría la capital y los asuntos de estado, pero efectivamente era una imprudencia retener al príncipe en la corte. Tanto nobles como campesinos se estaban replegando hacia las montañas y en Arcadia se estaban dando ya los primeros disturbios: los ladrones y saqueadores habían comenzado a darse verdaderos festines expoliando y desvalijando los palacios abandonados incluso por los sirvientes.
 
Milord chambelán, haced llamar al barón Trümper inmediatamente—requirió el rey, apremiante—.
­                —No es necesaria la premura, mi Señor. El barón Trümper ya está aquí.
Los ojos de William the Handsome se posaron como águilas en el rostro arrugado de su mano derecha en la corte y brillaron por un momento.
                  —¿Cómo es que no tenía conocimiento del hecho?—inquirió—. Su tono era demandante y conminatorio, con un destello de ira controlada.
                  — Al parecer el barón desea casarse—respondió Milord Chambelán—ha venido a pedir vuestra autorización con vistas a obtener la mano de la condesa Sommerfeld.
El rey se removió en su trono, visiblemente molesto.
                 —No entiendo cómo alguien puede pensar en bagatelas así en un momento como éste—la silla del trono rechinó bajo su peso y la madera de cedro de los reposabrazos delicadamente torneados y preciosamente labrados emitió un ruido sordo al ser golpeada por las poderosas manos del rey, cuyos nudillos de repente se habían vuelto blancos—. Ensillad mi caballo—ordenó de pronto el rey, dirigiéndose a sus palafreneros.
                —Sire, es peligroso salir, el aire inficionado del puerto ha invadido ya la ciudad…Además los embajadores del continente y los nobles ya están esperando la audiencia de esta tarde…
—¡Ensillad mi caballo!—tronó el rey, con un tono que no daba lugar a réplica alguna. El Chambelán se retiró haciendo una larga reverencia, sin dar la espalda.

                 William the Handsome cabalgó durante horas con el rostro convulsionado sin importarle el viento helado de frente, hasta que los bofes de su caballo parecieron exhalar humo, hasta que  el noble animal casi cayó reventado por la presión inhumana que las bridas ejercían sobre sus exhaustos pulmones. William cabalgaba ya de vuelta pero no por ello más apaciguado.  Al notar lo que había hecho a su cabalgadura desmontó en un claro de los bosques que circundaban su castillo y acarició los flancos del animal, que se revolvió agradecido. William apoyó su frente sobre uno de ellos y lloró amargamente por Henry, por el viento infestado, por la desgracia de su pueblo. O eso creía. Había un lamento encerrado en su pecho al que su mente confusa no atinaba a poner nombre.
  
                 Los embajadores y los nobles barones de la periferia y la costa departían en corrillos en la sala contigua al Salón del Trono. Rarísimas eran las ocasiones en que se había roto el protocolo en la corte de Suburbia; de hecho, no se recordaba algo así desde el nacimiento de Henry, que había decidido venir al mundo impetuosamente obligando a su regio padre a interrumpir las audiencias: un hecho fausto que por desgracia pronto se había tornado luctuoso al morir poco después la reina de fiebres puerperales, que no distinguían entre la más humilde choza de pastores y el más alto de los palacios. Thomas Nicholas Trümper sonreía, ajeno a las miradas de admiración de las damas de la corte; cuando había cruzado casualmente la mirada con alguna de ellas sus sonrisas complacientes le habían hecho entrever una constante promesa de paraísos terrenales y satisfacciones sensuales, pero su mente se encontraba lejos de desear algo así en ese momento. A diferencia de otros nobles que sólo pensaban en guerrear— y en su tiempo de solaz holgar con sirvientas y campesinas—, Thomas, educado de forma refinada junto al príncipe en la corte de Suburbia, dedicaba su tiempo libre a la meditación y al estudio; un comportamiento por demás inusual entre los nobles de su época. Estaba escribiendo una relación de los grandes hechos y gestas de los barones de las montañas que creía  le haría pasar a la historia de los grandes cronistas del país; además también componía poesía cuando sus múltiples obligaciones se lo permitían, pero de nada de eso se les daba un ardite a las damas de la corte, que sólo veían su magnífico cuerpo bronceado por largas horas de ejercicio para los torneos y su rostro de hermoso perfil  enmarcado por sus largos cabellos oscuros y una incipiente y varonil barba. El lord Chambelán apareció rodeado por los alabarderos, que hicieron chocar sus metales, dando a entender que comenzaba la audiencia. Pasaron en primer lugar los embajadores extranjeros, y en un tiempo que se le antojó larguísimo no pasó absolutamente nada hasta que oyó cómo se le llamaba a presencia del rey con la majestuosidad que exigía el protocolo.
                —Su Excelencia el barón Trümper, señor de las montañas de Loitsche—anunció el maestro de ceremonias—
                Thomas Trümper avanzó seguro de sí mismo, con la prestancia de su juventud y su armónico y bien proporcionado cuerpo ejercitado en mil torneos, consciente de estar atrayendo todas las miradas y sin ceder un ápice de toda su dignidad de noble recién llegado a la corte, donde esperaba ser muy bien recibido después de su larga a ausencia. Al llegar a las escaleras del trono, hizo una profunda reverencia que duró un segundo más de lo estrictamente protocolario.
—Majestad, es para mí un honor…–exclamó, levantando a continuación sus ojos en dirección a su rey, pero también amigo, sonriendo.

William lo miró fijamente, lamentando en su interior, sin saber por qué, que su dulce
Thomas hubiera adquirido con los años un aspecto tan llamativo. Y es que la corte con la súbita aparición de la peste era presa del miedo, y el pánico a la muerte inminente estaba dando lugar a comportamientos cada vez más procaces y libertinos, perdiendo el miedo y el control de cualquier tipo de freno religioso o moral. El rey temió por su amigo en una corte que cada día que pasaba se volvía más y más abyecta.
    
                 —Sed muy bienvenido, Barón—William sonrió; al punto ambos sonrieron al unísono y sus miradas se entrelazaron como dos espadas afiladas.
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                                                     (continuará)


domingo, 30 de noviembre de 2014

Aracne (Oneshot)

Aracne

por Selene Ruiz de Vivar

                         Miraba a través de un cristal el mundo virtual que se abría dentro, identificándose, sintiendo una excitación como nunca antes, ni en sus mayores momentos de gloria….él, que había conocido tantos. Hablaban constantemente de su persona,(o mejor dicho, de su personaje), lo consideraban como a un dios, como a un ser superior, atribuyéndole cualidades que no creía poseer, perfecciones que no existían o eran trucadas…esperaban cada palabra o cada aparición suya con una expectación casi religiosa, y cuando concedía esporádicamente una leve visión de su imagen o una epifanía en toda regla, lo celebraban entregándose a un festival de alegría y culto semiorgiástico como si fuera un ritual de primavera, de renacimiento, y a fiestas con sabor a pagano donde él o los dos se entregaban a todo tipo de placeres lujuriantes, entre ellos o mezclados con ellas, en una celebración intensa de la vida. Era alborozante e intoxicante contemplarlo: mejor que la más psicodélica de las drogas.

     Un buen día de pronto sintió la tentación de entrar…sería sólo un momento y saldría tan indemne como había entrado. Sería muy parecido a un juego de espejos. Además, el anonimato lo protegería de todo. Lo que más le atraía era el sector que lo consideraba la pareja de su hermano y le rendía culto a su amor, tal vez porque era el más arriesgado y extremo y se exponía constantemente a que la jauría pública lo hubiera podido  despedazar como apestado, (aunque esto nunca ocurría, porque en el mundo virtual el extremo era el rey). Se sentía algo incómodo y a la vez fascinado con esa fantasía sexual de sus fans. Las pocas veces que se habían visto obligados a hacer alusiones en público, (lo que había sucedido de forma inevitable), habían lanzado el anatema, pero luego se habían sentido tan mal que su hermano incluso había vomitado al llegar a casa y a continuación  se había encerrado en su habitación a llorar, no por el hecho de tener que hablar de algo así, sino por haberse visto forzado a negar y vender a unas fans entregadas y leales. No se le oía, pues era un consumado experto en el llanto silencioso, pero la fortísima conexión entre ellos hacía llegar a su mente, como si estuviera a un centímetro de su boca, cada gemido ahogado.       Al fin, qué sencilla de manipular  era la mente humana…no por creerse muy racionales podían dejar de advertir que su afectividad les hacía ver el mundo como un continuum mitológico…la pareja divina, el amor excelso…hasta el sexo, y especialmente el sexo, podíamos decir, era glorioso entre ellos para estas fervientes creyentes: un permanente Olimpo de placeres divinos.

                    Cuando creyó que había llegado el momento, entró, con una sensación de mariposas en el estómago… y vagamente tuvo la impresión, (que pasó enseguida como si hubiera sido un retazo de sueño incomprensible), de estar lanzándose al vacío. Su viaje fue a través de una de las muchas bitácoras que existían para penetrar ese universo, todas ellas fácilmente accesibles. Lo que no sabía era que una vez dentro le resultaría imposible salir y que ese lugar entre la realidad y los sueños sería su morada para siempre. ¿Habría entrado igualmente de haberlo sabido? En sus cuantiosas noches en blanco, con los ojos enrojecidos después de llorar durante horas con la cabeza bajo la almohada, tuvo ocasión de hacerse esta pregunta.


        Se sentía presa de un cierto azoramiento la primera vez que conversó con quien él consideró una de aquellas sacerdotisas de su culto. Habló con altanería y un punto de conmiseración con ella, sin siquiera molestarse en ponerse un alias. Pero sin que lo advirtiera al principio, fue cayendo bajo el influjo de la conmoción que le suponía cada contestación suave, amable y conciliadora. Si aquello había pretendido ser una lucha de lobos disfrazados, a las primeras de cambio el que parecía más débil ofreció sus partes más indefensas a la vista en señal de sumisión. Él, engreído, disfrutó su aparente triunfo…no sabía hasta que punto las seguridades en ese mundo eran engañosas, las arenas eran movedizas, las plantas eran carnívoras y el corazón predador.
      
    Al principio y de forma prepotente le quitó toda esperanza de darse a conocer y no digamos de tener un fugaz encuentro más allá del cristal, al que ni por asomo prestaba su imagen ni su voz. Pero, sin darse cuenta, se fue enganchando más y más a la imágenes manipuladas donde aparecía como fuente de inspiración constante…como Narciso, se sentía enamorado de su propia belleza y de su capacidad para inspirar, a veces majestuosamente, a aquellas mujeres de toda edad y condición, que se autodenominaban reinas, princesas, hadas, animales mitológicos o seres de leyenda. Empezó a sentir paulatinamente que aquello era más importante incluso que su propio arte, que hasta entonces y desde su más tierna infancia había sido el indiscutible sentido de su vida. Aquella sucesión infatigable de creaciones artísticas, hechas de jirones de esperanza y de luz de seres anónimos vestidos de sangre real…Se enganchó más y más a las historias imaginarias que relataban, que para él desde siempre habían cobrado la dimensión de reales, pero que ahora se sobredimensionaban hasta el punto de convertirse muchas de ellas en verdaderas obsesiones. Si el personaje de turno al que él daba su nombre, aspecto y encarnación no actuaba como él hubiera actuado, le generaba un malhumor que duraba días y dejaba un rescoldo de amargura en su corazón. Se sentía preso de una furia erótica cada vez que uno de sus sosias lo hacía y se rebelaba lleno de rabia cuando lo convertían en asesino, pistolero, en todas las variantes de la inmundicia humana que la mente puede idear. Su contacto le tranquilizaba con su tono suave como el que doma a un caballo encabritado y salvaje hablándole al oído. Estaba cayendo en una trampa, pero él no lo sabía; todavía vivía la certidumbre equívoca de que era libre, de que no estaba vinculado en aquel peligroso vaivén, que en cualquier momento podía levantarse y abandonar la partida…

     Pero sobre todo, por encima de todo, se enganchó a su contacto hasta extremos desorbitados.

     Hasta el punto de desatender citas, entrevistas de trabajo y necesidades primarias por estar atento al portal que los unía.

    Por desgracia, pronto se daría cuenta de que en el mundo virtual tampoco existen los cuentos de hadas. No fue consciente de en qué momento las cosas empezaron a cambiar ni recordaba con exactitud el segundo en el que al dulcísimo canto de las sirenas le sustituyó el chillido agudo y penetrante de las arpías. Cuando quiso darse cuenta            - probablemente fue un proceso gradual que él vivió como si fuera un instante, un abrir y cerrar de ojos - dependía para todo de su hermoso contacto, que al propio tiempo se había ido alejando de él, primero de manera displicente, después con firmeza no exenta de conmiseración, finalmente con brusquedad y grosería. Su pena no tuvo límites. Se arrojó aun más al mundo virtual, buscando consuelo; y lo encontró, pero cada vez más y más encerrado en su propia trampa, porque no podía revelar quién era: quería ser sincero y no podía, lo que le hacía sentirse sucio y traidor, lanzándole aún más por la pendiente del desprecio hacia sí mismo. Perdió todo deseo de crear, de componer, mientras sus fieles sacerdotisas esperaban con una paciencia infinita que le hacía sentirse aún más culpable. Pasaron meses y años y él siguió  estancado en su agónica sequía creativa, y su madurez física vino acompañada de un descuido de su imagen, antes impecable y cuidadosamente estudiada. No le importaba nada. Buscaba a su alter ego sin encontrarlo durante meses, en los que estaba muerto en vida. El frenesí de las fiestas, el cariño de sus fieles, el cuaderno de canciones que había vuelto a retomar y que contenía ahora algunas de sus composiciones más oscuras, no bastaban a apagar una sed que parecía el suplicio de Tántalo. Pensó en alejarse de todo, amar a una mujer, tener un hijo, pero nada de esto parecía llenarlo como a cualquier ser humano le habría sucedido. Le llenaba de orgullo y al mismo tiempo de desolación que su círculo de fieles ahora le querían por sí mismo: a él, no a su personaje: sentía una ternura insondable por ellas, pero sólo amaba a su primer contacto, aquél que se había marchado de su lado sin decir adiós. Descubrió que, sencillamente, no podía vivir sin su presencia. Decidió afrontarlo de una vez por todas. Quedaba un mínimo contacto residual de los tiempos de concordia y felicidad: un punto de la red abandonado pero que todavía podía transitarse. Haciendo acopio de una fuerza de voluntad sobrehumana decidió tragarse su orgullo e intentarlo una última vez, pero dando la cara y el alma. Le pidió con las palabras más sinceras que brotaron de sus labios que se vieran de una vez a través de la red como paso previo a una relación fuera de ella. Fue completamente serio y esperó sin acobardarse y dominando el miedo que se había aposentado en la boca de su estómago… esperó una respuesta durante semanas. Finalmente llegó…¡aceptaba! No daba esperanzas de futuro pero no se negaba a que se vieran a través de una pantalla. Era un paso de gigante. Estaba distante y su tono era frío pero al menos le hablaba. Preparó cuidadosamente su puesta en escena como en el más importante de sus conciertos. Se vistió y maquilló cuidadosamente y se ocupó de cada mínimo detalle del background. Sabía que iba a dar una grandísima, inesperada sorpresa, y quería hacerlo a lo grande. Además quería dar el paso más importante de su vida pidiéndole que fuera su primera pareja oficial. Había pensado en todas las posibles barreras y obstáculos; que fuera demasiado joven, demasiado mayor, de un país muy lejano, de culturas diferentes, que fuera hombre, mujer…nada, nada le importaba a su férrea voluntad con tal de que el vínculo entre ellos se afianzara. La tarde del encuentro se sentó, nerviosísimo, a la pantalla. Iba a dar lo mejor de él, de eso estaba seguro. Puso la más bella de sus sonrisas: aquella que iluminaba el mundo. Y no era impostada ni fingida; aunque deslucida por sus anhelos, era la más real que había asomado a sus labios nunca. Esperó; se le cortaba la respiración. Apareció la otra imagen en su pantalla. Por un momento creyó que el espejo de la pared de su habitación le devolvía su imagen…pero no, ¡eso era físicamente imposible! Hubo un segundo de vértigo en el que toda su vida se le subió a la garganta como un vómito. Volvió a mirar, anonadado: la pantalla le devolvía la cara de su hermano tan consternada y temblorosa como la suya. Se agarró en fase de negación al hecho de que efectivamente fuera un espejo…por unos segundos, hasta que ya no pudo negar la realidad. Un torrente de lágrimas le impedía ver nada, pero intuía que la cara de su hermano reflejaba un dolor seco y duro, sin fisuras. Supo que estaba condenado para siempre: su alegría y su pena, su sueño y su pesadilla, caminaban a su lado todos los días, como si fueran su propia sombra; y así sería hasta que sus ojos se cerraran definitivamente para este mundo y para el otro.



Totally caught (Oneshot)





                                             TOTALLY CAUGHT   

                                              por Selene Ruiz de Vivar

                         

                                                                          Nobis cum semel occideret brevis lux…



                 Estaban en París, buscando localizaciones para el videoclip de lo que iba a lanzarse como su primer single. Apuró su vodka solo, sonriendo para sus adentros. El alcohol corría por sus venas, desinhibiéndolo y haciendo que se sintiera libre. No era tan malo, después de todo. Al fin y al cabo, todo acababa en esta vida; y precisamente ésa era su belleza, el carácter efímero y  pasajero de muchos de los acontecimientos de la existencia que en su momento fueron vividos y percibidos como de desmesurada importancia. Se habían hecho mayores y ya no habría tenido ningún  sentido seguir viviendo reconcentrados sobre sí mismos: en eso consistía ¿no? el secreto de la perpetuación de las especies: uno abandonaba a su propia familia, la seguridad del nido, y volaba a cortejar y aparearse con hembras a cielo abierto mientras alrededor estallaba la primavera…
  

       La seguridad del nido…recordó con un punto de nostalgia cómo eran: dos personas idénticas viviendo dentro de su propio sueño, arrojados a la vorágine de la fama, nadando entre tiburones, rodeados por la locura desenfrenada de sus jovencísimas fans. Recordó el concierto multitudinario que había tenido lugar a poca distancia de donde se encontraba en ese mismo momento, los momentos de emoción y gloria, lo orgullosos que se habían sentido, cómo la adrenalina corría por sus venas como la más potente y tóxica de las sustancias prohibidas cuando volvieron al hotel; y cómo al dirigirse a sus habitaciones contiguas le había agarrado por el brazo y empujado al interior de la suya, cómo apenas había dado un puntapié a la puerta para cerrarla y ya le agarraba de la cabeza apoderándose de sus labios húmedos como una fruta fresca…sintiendo la excitación de su propia dominación que le redoblaba las fuerzas como una auténtica voluntad de poder.
     Cuando se había dado cuenta de sus sentimientos se había apoderado de él una sensación de pánico de la que sólo se sentía libre en el escenario. Lo que en un contexto ordinario se habría vivido con culpa y vergüenza, escondido como un inaccesible secreto, salía de golpe a la luz y era armoniosa e intensamente coreado por miles de voces suaves que le hacían el efecto de cantos de sirenas y le inoculaban una sensación de euforia que derribaba hasta la última de sus defensas, prejuicios y barreras. Su amor emanaba como una fuerza del Universo y él se sentía vivo y sobre todo, se sentía él. De esta sensación (siempre acompañada del inevitable miedo a la pérdida), salieron las más bellas de sus composiciones.
   
      En su cerebro se posó el recuerdo de la gloria de aquel cuerpo bello y desnudo. Casi sin transición apartó como pudo esos pensamientos de su cabeza, sonrojándose avergonzado. Se forzó a  pensar en otra cosa. Vinieron en su ayuda recuerdos de otra estancia en París en la que desde el balcón de aquel  mismo hotel había enseñado a un diseñador extremadamente famoso de su país la explanada testigo de su antiguo y multitudinario éxito. Quinientas mil personas habían coreado allí su nombre y aquel pedante se empeñaba toda la noche en ningunearlo sacando a paseo su título de Licenciado en Psicología por Braunschweig y preguntando insistentemente por su currículo académico hasta forzarlo a reconocer que sólo había tenido tiempo de graduarse en la secundaria. Insufrible tipo; no callaba, su logorrea no tenía fin. Haciendo gala de su vena más masoquista, se había avenido a compartir con él un cigarro que había hecho arder a sus fans más aferradas. Su mente le traicionó haciendo que recordara lo solo que se había sentido en París sin su alter ego.
      Volvió a pensar de nuevo en el presente y en cómo las cosas estaban bien como estaban. Sí. Ahora eran adultos. Ya no había aquella imperiosa necesidad de cuidado, de protección del uno al otro. Esa necesidad física de verse, de estar cerca, de tocarse, siquiera fuera levísimamente, de quedarse prendido el uno del otro. Como adolescentes había sido bello, como hombres barbados habría sido otra cosa, con un punto incluso incómodo. Se revolvió en su silla, evocando aquella necesidad que había llegado a hacerle sentir enfermo y cansado, y, exorcizando sus demonios interiores, intentó olvidarse de lo adictiva que había sido para él.

       Pensó que él también debía, en este sentido, resolver su vida. Se contempló en las paredes forradas de espejo de la sala, sólo un momento. Su masculina belleza, el perfil perfecto, los ojos dominadores. No tendría ningún problema, como nunca lo había tenido. Cualquiera se sentiría privilegiado a su lado. Sus veinticinco años le habían esculpido magníficamente, convirtiéndolo en un ejemplar de hombre joven maduro y deseable. Desde su emplazamiento en el salón tenía acceso a unas vistas espléndidas de la ciudad a vista de pájaro.  Se sentía, hasta cierto punto, contento; incluso pletórico.



    Al girarse ligeramente, pudo apreciar cómo su hermano subía de la mano de aquella mujer. Intentó sonreír. Ella estaba muy arreglada y maquillada y él estaba, estaba… ¿cómo estaba? Su mente no logró precisar la palabra, simplemente porque no le respondía. En su lugar, era su estómago el que había tomado el mando. Le había dado un vuelco que en un primer momento no logró asimilar: le resultó incomprensible. Sentía ganas de levantarse, de expulsar todo el vodka que ahora le provocaba una molestia ardiente.
       
        Reconoció la sensación al poco tiempo porque era la misma, la misma de siempre; no cambiaba nada, y no tuvo más remedio que reconocerlo ante sí mismo. A pesar del alcohol, de los esfuerzos de autoconvencimiento, de los discursos de la perpetuación de la especie y el instinto de supervivencia…su estómago, su corazón, se negaban a seguir a su mente y sus pensamientos, y seguían dando un vuelco cada vez que veía a su hermano. La hermosa ciudad, la ciudad del amor, le regalaba una hermosa neblina azulada, mezclada con un olor a jazmín que parecía invitarle a disfrutar de la belleza y el placer. Le resultó tan irónico que estuvo a punto de escapársele una perversa carcajada que reprimió haciendo acopio de todas sus fuerzas. Su humor de pronto se desplomó.


        Se giró de nuevo tristemente y encendió un cigarrillo. Inspiró y exhaló fuertemente el aire de sus pulmones. Las volutas de humo se perdieron en la inmensidad del cielo de París mientras oía las risas ahogadas y los besos que aquella mujer le robaba a su reflejo.
    
         
 

       

La pasión de la espada, Cap. I.

Esta historia está por completo inspirada en el video de la canción de Tokio Hotel "Love who loves you back". Desde el primer momento en que lo vi me evocó a un rey paseando por una corte corrupta o en crisis y luchando por sobrevivir en ella. No hay en ella nada que no sea de mi cosecha, es producto total de mi imaginación y sólo un divertimento; no tiene pretensiones literarias ni de ningún otro tipo. Los nombres están prestados de la vida real de los protagonistas y ahí se acaban los parecidos. Quiero dedicársela a Adriana, Archange, Haru y Lia que impulsaron a mi naturaleza indolente a escribir. Es algo que sólo hago si alguien me lo pide, así que puede que esta historia  no tenga una vida muy larga ;). Como sea,  hoy por hoy yo la dejo fluir :D
        Advertencias: slash, AU, twincest no relacionado





  La pasión de la espada



Por Selene Ruiz de Vivar

“Yo, William, Rey de la isla de Suburbia  por la gracia de los antiguos dioses, defensor de la antigua religión, en cuyo seno deseo vivir y morir, declaro ante el Notario Real mi decisión de que si se produjera mi deceso en la batalla o los dioses decidieran llamarme a ocupar mi lugar a su lado en las Islas Afortunadas, sea regente durante la menor edad de mi hijo Henry Fitzroy nuestro muy estimado y amado barón Trümper, fiel  compañero y defensor en el combate, que ha de saber regir los destinos del reino como yo mismo, y cuando llegue el momento, entregar el cetro a mi amado hijo. Es asimismo mi deseo que todos los deberes, derechos y prerrogativas de mi real condición pasen a él como Protector y Regente del Reino de Suburbia así como que se le entregue el honor y la responsabilidad de cuidar de mi amado pueblo…”

Sumamente complicado—suspiró—evitar la palabra maldita…
Cierto—replicó el lord chambelán—peste, Sire, es una palabra que nadie desea oír en la Corte.
 Ha sido la mejor decisión mi proyecto de enviar a mi heredero a las montañas—el rey casi hablaba para sus adentros—no puedo  imaginarme perderlo también a él.


                    Los hermosos ojos del rey se entristecieron y apuntó una lágrima que quedó suspendida por un momento como una fugaz joya transparente.



              La pacífica, casi bucólica vida de la isla de Suburbia se había visto ensombrecida  por la llegada de una mortífera enfermedad  transmitida por los barcos que llegaban a puerto cargados de provisiones pero también de ámbar del Báltico y piedras preciosas. William no podía dejar de lamentarse de que su reino, que gracias a sus riquezas naturales había sido durante siglos autosuficiente, hubiera alcanzado un nivel de prosperidad nunca conocido antes, que había apuntado ya en vida de su padre, el rey Jörg, pero había alcanzado su culminación en su propio reinado. Este hecho le habría debido hacerse sentir orgulloso, pero en su interior lo lamentaba profundamente, pues su inteligente  y acertada gestión de los asuntos del reino había abierto las puertas a la necesidad cada vez mayor de lujo y ostentación de sus súbditos, había atraído a codiciosos de toda índole y le había obligado a reforzar las fronteras naturales de la isla con defensas hasta entonces innecesarias por los escarceos y la piratería del resto de las islas del archipiélago a las que la bonanza económica de Suburbia había llamado la atención. Hasta entonces había sido una isla menor; su mismo nombre hacía referencia a su relativa poca importancia para el resto de las islas y el continente. El rey William, apodado cariñosamente Will the Handsome por sus súbditos, que lo idolatraban, sentía con amargura en su corazón que sus buenas intenciones y su inteligencia estuvieran dando estos frutos. Su fugaz matrimonio concertado con una princesa del continente, a la que su buen corazón había permitido amar tiernamente aunque sin excesiva pasión, había dado como fruto lo que más amaba en el mundo, su hijo Henry. Por desgracia la reina había muerto poco después de dar a luz, dejándolo en la más completa desolación, pero espoleado por tener a una criatura a quien cuidar, a quien dar todo su amor. En el lecho de muerte  le había prometido a su hermosa Margaret, cuya palidez ya indicaba que la Parca estaba a punto de cortar el hilo invisible de la existencia, que cuidaría de su hijo hasta el final, empeñando su vida si fuera necesario. Cuando llegó la peste Henry tenía tres años y su mayor diversión era jugar con su cariñoso perro, (un cachorro de bulldog inglés que lo seguía a todas partes) y con su espada de madera, con la que gustaba de emular las hazañas de su padre en los torneos. William era un consumado espadachín y un guerrero famoso por su fiereza, pero también un poeta, un rey con alma de trovador. Su madre, la reina Charlotte, había traído a Suburbia el refinamiento del continente y había sido la encargada de proporcionar a William una esmerada educación que incluía el francés, la música- el joven tocaba el arpa y el clavicémbalo- y la lectura de los más exquisitos poetas del mundo. Para que su vástago no se sintiese solo había llamado a la corte a los hijos de los levantiscos barones de las montañas. La brillante Charlotte pretendía también, y de hecho consiguió, afianzar así la futura lealtad de los herederos de las baronías para con su hijo Will. Los barones eran famosos por ser díscolos y salvajes, pero en Arcadia, la capital de Suburbia, sus hijos se habían contagiado de las maneras cortesanas sin descuidar sus obligaciones guerreras. El más destacado de todos era Thomas Nicholas Trümper, el descendiente del más poderoso barón, el sanguinario Gordon Trümper, antiguo rival de Jörg. Thomas había sido el mejor amigo de la infancia de Will, el más avezado en esgrima-dominaba a la perfección el sable, el florete y la espada- y también un consumado maestro que tocaba a la perfección el clavicordio, el laúd y la viola da gamba, en la que era un verdadero virtuoso. William se había sorprendido más de una vez a sí mismo escuchando boquiabierto aquellas melodías que parecían provenir  de los propios ángeles  mientras miraba sin pestañear el instrumento entre las piernas abiertas de su íntimo amigo, sin poderse creer que manos humanas pudieran arrancar esos acordes.
 La vida había transcurrido demasiado deprisa y de paso había ensimismado en sus obligaciones a William, que había contraído matrimonio muy joven y se había visto obligado a asumir las tareas de gobierno siendo apenas un adolescente tras la temprana muerte de sus padres, a los que siempre recordaba como modelos a seguir, además de tener la íntima certeza de que no había logrado en su breve y fugaz matrimonio la armonía de cuerpo y alma que había envidiado en ellos y deseado para sí mismo: tener a su lado a alguien que le ayudara a llevar el peso de la corona -a veces una verdadera espada de Damocles sobre su cabeza- a la par que fuera compañía para su alma y fuego en su lecho. Will se daba, (aun a despecho de su juventud), por desistido del amor, ese regalo de los dioses.
                                                                                                                        (To be continued)