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viernes, 27 de febrero de 2015

La pasión de la espada, cap. X

La pasión de la espada, cap X
Por Selene Ruiz de Vivar

—Tom, estate quieto—el rey reía, feliz—. Me haces cosquillas—.
                                La verdad era que ninguno de los dos podía apenas creerse su propia dicha. Después de ver su relación al borde del precipicio, amenazada por la confusión, los malentendidos y la guerra de voluntades, se revelaba por fin como lo que era: un verdadero milagro, como todas las historias donde el amor tiene la fortuna de ser correspondido. Los dos disfrutaban de ese intenso momento, deseando hacerlo eterno o, al menos, aferrarlo en la memoria. Tom acarició la piel desnuda, suave y nacarada de su amante. El lugar donde se había posado su mano se enrojeció, reaccionando. Notando que su cuerpo se despertaba de nuevo, el rey tomo conciencia de dónde se hallaba y del peso de sus responsabilidades.
 —Thomas— dijo—deteneos. Debo volver a mis aposentos. Si no lo hago, los alabarderos darán la voz de alarma. Nadie sabe que estoy aquí.


               Aunque el protocolo de la corte de Arcadia se había relajado notablemente debido a las especiales circunstancias de la epidemia y el aislamiento, la ausencia del rey seguía siendo una fuente de inseguridad y desconcierto para todos los habitantes del castillo, que seguía funcionando como un engranaje perfectamente engrasado gracias al liderazgo de William. A pesar de lo excepcional de la situación, la vida tenía que seguir; y esto se conseguía dando visos de normalidad al acontecer diario: Bill despachaba los asuntos por la mañana temprano, distribuía los trabajos, se encargaba de administrar los avituallamientos, y después salía a caballo como todos los días, salvo que, en lugar de ir a campo abierto, se limitaba a rodear el foso, ya que la amenaza de la peste hacía casi suicida aventurarse lejos.
          Tom se revolvió, nervioso. Sabía que tenía que dejarle ir, pero una parte de él necesitaba desesperadamente su presencia. A la vez se sentía al menos tan responsable como él; sabía que tenía que ser la mano derecha de aquella cabeza rectora. Se incorporó, recogiéndose los cabellos. Bill lo miró fijamente, lamentándose internamente de tener que hacer aquel sacrificio. Tom se pasaba la mano por el pelo  lentamente,  ensimismado y totalmente inconsciente de su propio atractivo. En plena locura de amor, Bill le detuvo la mano, y depositó en ella un sinfín de besos ardientes. Después de aquello tuvo que redoblar sus esfuerzos, que ya eran inhumanos, por levantarse.

   —Tom—. Comenzó a hablar, intentando serenarse, apaciguar su corazón y poner en orden sus atribulados pensamientos—. Quiero que te mudes a mis habitaciones. Así podrás ayudarme en todo lo que es menester en las labores del castillo y en los asuntos de estado, más adelante. También deseo que seas el tutor de Henry— se ruborizó levemente— eres mucho más culto que yo—añadió, mirando para otro lado. Recordaba con qué aplicación Thomas, liberado de otros aprendizajes inherentes a su futuro como rey, que incluían pesadas y farragosas nociones de protocolo, había tenido tiempo de dedicarse al estudio, y que siempre le había admirado secretamente por ello. Tom le tomó la mano, devolviéndole el beso, que produjo un involuntario estremecimiento en la espalda del enardecido rey.
—No sé si merezco tanto honor, Bill—respondió, íntimamente enorgullecido de que se le estuviera encomendando tan importantísimo encargo. Se levantó apresuradamente, porque no estaba seguro de si sería capaz de dejarlo marchar si seguían conversando. Tomó su camisa de seda, que yacía arrugada en el suelo.
—Tom—dijo el rey, levantándose a su vez— te amo—. Se quedó un momento callado, y repitió sencilla y honestamente—. Te amo.

                           Los ojos de Tom se posaron sobre él llenos de sentimientos que no se podían expresar con palabras. Curiosamente, los dos recordaron a la vez cómo su mentor había tratado de explicarles la palabra “inefable” cuando eran aún muy pequeños, y ninguno de los dos la había entendido; se habían puesto a jugar y hacer ruido, mientras el tutor ponía los ojos en blanco, armándose de paciencia. Ambos tenían el mismo antiguo recuerdo en la cabeza en ese instante único en el que comprendieron a la vez el sentido de aquella palabra. Tom se perdió brevemente en aquellos ojos oscuros, que le recordaban tanto a los suyos, aunque eran más, ¿cómo decirlo? más hechiceros. Posó sus labios sobre uno de los párpados, que se cerraron instintivamente, mientras con las manos aferraba el cuello amado.
—Yo también, Bill—. Cerró los ojos, lamentando el hecho de disponer sólo de una vida mortal para amar a aquel hombre e intuyendo de manera vaga que el amor se extendía más allá de lo que una mente humana podía comprender.
    Bill acabó de vestirse y se fue sin detenerse más, sabiendo que estaba al borde de no poder doblegar su voluntad. Tom arregló brevemente todo el desorden de la habitación y salió a su vez, dispuesto a encargarse como siempre de supervisar la recogida de leña para las chimeneas, el estado de las caballerizas, el trabajo de los obreros y menestrales y la elaboración de las comidas con los cada vez más menguados recursos del castillo. Su calidad de noble no le apartaba siquiera de los trabajos más pesados en aquel estado de necesidad en que se hallaban.

             Se encontraba apilando la paja en una de las caballerizas cuando vio pasar a dos personas bien vestidas, sin duda cortesanos de Suburbia, que parecían compartir una conversación llena de intrigas y secretos. Su tono era un murmullo que se iba haciendo más y más audible a medida que se acercaban. Tom, preocupado como siempre por la seguridad del rey, detuvo toda actividad para no ser advertido, hasta que los dos hombres, en su busca de privacidad para poder hablar libremente, terminaron por ocupar el compartimento contiguo al suyo. Tom, silencioso, con movimientos casi felinos, se agachó y pudo atisbarlos a través de un hueco que la veta de madera había dejado en uno de los tablones que separaban los establos. A uno no lo reconoció; el otro era un íntimo del lord chambelán. Se decidió a no perder detalle de lo que allí pudiera estar pasando.
—Y bien, mi querido amigo—decía el desconocido—de modo que así están las cosas.
—Así es, señor. Milord Chambelán está muy preocupado con la ascensión del nuevo favorito del rey. ¿Sabéis que lo ha nombrado sucesor en caso de que algo le suceda hasta la mayoría de edad del Príncipe?
—¿Y de qué os extrañáis? Jajaja… todo queda en casa.
—¡Sí! La sangre tira mucho pero también debéis pensar que el sillón del trono es muy apetecible y no serían los primeros que se agarran de las greñas con tal de poseerlo.
Tom aguzó, el oído, sintiendo un escalofrío al escuchar tan extrañas palabras.
—Will aprendió muy bien la lección de su madre Charlotte: la de neutralizar al enemigo atrayéndolo a casa.
—Sí…ésa fue una verdadera jugada maestra de la reina… traer al bastardo a educarse en la corte—.
—No subestiméis al otro joven. Aun ilegítimo, es incalculable el daño que le puede hacer a la Corona. Su madre era una Jost; uno de los linajes más antiguos de Suburbia; desciende de una de las familias que ayudó a encumbrarse a la dinastía reinante. Y ha sido criado como hijo de Gordon, que era sin duda el barón más poderoso y sin escrúpulos de las montañas.
—Sí… parece que la Duquesa Jost nunca logró sentise a gusto en aquella especie de exilio del norte…ella y Jörg ya se conocían de la corte y se volvieron a ver con ocasión de la presencia del rey allí precisamente para sofocar una de las escaramuzas del díscolo Gordon. El rey y la duquesa eran jóvenes y ella era desgraciada y en fin, como te puedes imaginar, una cosa llevó a la otra y…— los dos hombres rieron, mientras Tom horrorizado sentía que toda su vida se caía a pedazos.
—¿Sabíais que los dos hermanos nacieron con apenas diez minutos de diferencia? Jörg se encontraba en la corte esperando el nacimiento de su heredero cuando su otro hijo nació apenas unos momentos antes en el desangelado castillo de su peor enemigo.
            Tom tuvo que llevarse las manos a la boca para sofocar un grito ahogado que quería nacer como alarido. Se controló para que la fuerza de sus puños no redujera a escombros las livianas paredes del establo.
                                           (Continuará)
                                  



domingo, 8 de febrero de 2015

La pasión de la espada, cap. IX

La pasión de la espada
Por Selene Ruiz de Vivar
William rodeó el cuello de su amado con las manos y se entretuvo en dibujar líneas húmedas sobre sus labios con la lengua. A continuación la introdujo, primero delicadamente y después con frenesí, saqueándole el interior de la boca a conciencia. Sentía que su deseo no tenía límites, pero no quería dárselo a conocer a su compañero para no abrumarlo, y sus gestos exhibían una urgencia a duras penas contenida. Cuando lo hubo besado a placer, incluyendo las mejillas, el cuello y el irresistible hueco entre sus clavículas, sobre el que se detuvo mucho rato fascinado, apartó ligeramente la cara, y se desasió gentilmente del abrazo. Se miraron a los ojos. William bajó la mirada a los labios. Estaba sorprendido de que se le hubieran acoplado como hechos a su medida y de que fueran de una finura y suavidad comparables a las suyas. Además eran gruesos, como frutas maduras. Sintió un cosquilleo en la nuca, y, ojo avizor como siempre, dirigió una breve mirada a la puerta. A grandes zancadas recorrió la estancia, golpeó las grandes hojas de cedro y echó la cerradura, atrancándola desde dentro. Luego volvió sobre sus pasos. En el camino se deshizo de un cinturón del que pendía la vaina de la daga que siempre llevaba encima, y lo arrojó al suelo. Thomas lo miró sintiendo que sus mejillas ardían. Entretanto el joven noble se había aproximado al lecho, que era magnífico, con un baldaquino de columnas de castaño torneadas del que pendían colgaduras carmesíes. Bill se acercó, ansioso.
         —Tom—en su voz vibraba un tono urgente y debajo de las modulaciones caballerescas se agazapaba un matiz salvaje y demandante que a ninguno de los dos pasó desapercibido—tiéndete.
           —Tendeos vos—replicó el joven, retrocediendo instintivamente, a la defensiva.
William pensó brevemente en cómo abordarlo. Estaba claro que tenía que actuar muy cuidadosamente y comportarse como lo haría con una virgen que estuviera a punto de entregarle su castidad, extremando las precauciones para no dar ningún paso en falso que hiciera que saliera corriendo. Sentía que se jugaba su felicidad en ello. Pero al tiempo que se hacía estas reflexiones sintió que necesitaba desesperadamente ser honesto.
         —Tom—tomó la palabra de nuevo, esforzándose por ser persuasivo y deseando con todas sus fuerzas lograrlo—cede, por favor. —Aproximó su cabeza, y las frentes se juntaron en un tierno gesto— Seré gentil—Tras estas palabras depositó un delicado y casto beso en las comisuras de sus labios, que tuvo más poder que todas las palabras dichas y por decir—No te resistas—continuó, aunque ya era innecesario—deja que te ame—Las palabras surgían como un susurro.
–Señor—dijo el joven—vuestra responsabilidad…
William le tapó la boca con las manos, sin darle lugar a que acabara la frase.
—Mi responsabilidad es estar aquí contigo. ¡Tal vez mañana estemos muertos! Nada nos garantiza que volvamos a ver la luz del día. ¿Deseáis que todo quede así? Déjame amarte primero, y luego dejaré que tú también me disfrutes a tu antojo—dijo francamente, jugándose el todo por el todo.
         En medio de su confusión ambos jóvenes pasaban del tono amoroso al protocolario sin apenas transiciones. Sin decir una palabra, Thomas llevó las manos a la botonadura de marfil de su camisa, desabrochándola. Will tomó la cintura de su compañero en un gesto largamente deseado que era obviamente posesivo sin dejar de ser galante. Tratando de no retroceder del terreno conquistado, lo empujó sobre el lecho, cayendo sobre él con ansia no disimulada. En un gesto que su compañero no tuvo tiempo siquiera de prever, arrancó el cordón de los cortinajes del lecho y sujetándole las muñecas por encima de su cabeza las ató entre sí y con una hábil lazada a una de las columnas del cabecero de la lujosa cama. Tom quedó en diagonal sobre el lecho, maniatado y expuesto.
         —¡William! —bramó, sin poderse contener—¿os habéis vuelto loco?
         —Por favor, Excelencia—replicó William, tranquilo—Conteneos. Resultáis muy ruidoso. ¿Dónde han quedado vuestras refinadas maneras? Aunque tal vez lo que deseéis sea que os haga callar con mis besos—Dicho y hecho, apoyándose sobre sus brazos se posesionó de su boca, inmovilizando el resto de su cuerpo con su peso. Thomas no podía moverse y los sonidos de su boca pronto se convirtieron en gemidos.
    —Nhnhnh—el joven barón estaba luchando por desasirse, pero sólo lograba provocarse unas profundas marcas rojas en las muñecas—nhnhnh—el sonido de pronto resultó tan lascivo que William, sorprendido, deshizo el beso y  Thomas volteó la cabeza negándose a mirarlo, avergonzado. Will se aferró a aquel instante, deseando atesorarlo en la memoria como todos los otros detalles de la deliciosa mezcla de timidez y osadía de quien estaba a punto de convertirse en su amante. Se incorporó del lecho e inspeccionó brevemente la estancia. Sus ojos de halcón se posaron sobre una mesa de alabastro ricamente aderezada. Allí se encontraba dispuesta la cena que seguramente las sirvientas habían subido, y que el joven no había tocado. La vista de William abarcó los cuencos de frutas dulces y la jarra de hidromiel, que las antiguas esclavas procedentes de los Balcanes elaboraban con gran maestría. Aunque había sido una bebida tradicionalmente reservada a las mujeres, la escasez en el castillo unida a su sabor exquisito había hecho que su consumo se extendiera también a los hombres.
         Asiendo la jarra de plata volvió al lecho. Tom seguía con su hermoso rostro volteado. Pegó un respingo al sentir el frío y dorado líquido derramarse sobre sus tetillas y su vientre. Will encontró aquel movimiento erótico hasta un nivel que creyó que no podría soportar. Su lengua se aplicó a rodear las zonas sensibles por las que el hidromiel chorreaba. La boca de Tom se contrajo. Sentía a su pesar un placer naciente al que no estaba dispuesto a renunciar. Will seguía aplicándose a su tarea sin descanso, sintiéndose cada vez más seguro del terreno que pisaba. Su boca se cerró sobre una de las coronas de aquellos montículos de músculos firmes, provocando que su compañero se arqueara por completo. Sintió, aunque obnubilado por el placer, cómo le sujetaba una de las rodillas y de nuevo el dorado líquido desbordándose de su vientre. Sin entenderlo del todo, se incorporó ligeramente. William se estaba acercando peligrosamente a zonas recónditas de su intimidad. Tironeó de nuevo deseando deshacerse de sus ataduras.
—¡William…no!
—Por favor Thomas… quedaos quieto. Por nada del mundo quiero que recibáis daño. Sólo deseo que no le impidáis el paso a mis caricias—y tras decir esas palabras, su boca se perdió en la entrada de su amado, mientras sus manos no perdían la ocasión de acariciar la palpitante longitud de su magnífica joya. Thomas creyó que llegaba al paroxismo. En sus frenéticos movimientos, su cara había quedado enterrada entre las almohadas, impidiéndole la visión. Esa privación sensorial potenciaba intensamente sus otros sentidos, haciendo que toda su sensibilidad estuviera especialmente volcada en sus terminaciones nerviosas, que parecían vibrar en sintonía al ser tocado y besado.
—Señor….deteneos….si seguís yo…yo…
Al percibir la urgencia Will desató con un hábil movimiento las manos de Tom, que sintiéndose liberado las cerró sobre su espalda, consolidando el abrazo. Will, en su límite, aproximó su miembro dolorido por la gigantesca erección que desde el principio le había estado atormentando, y de una embestida certera entró, desgarrando levemente el interior de su amado a su paso. Tom sintió un ligero dolor y una sensación creciente y vertiginosa de embriaguez erótica. Los movimientos, al principio cautelosos, se fueran haciendo más rápidos y profundos. Sus cuerpos se pegaban uno al otro por el efecto del hidromiel y de sus propios fluidos mezclados. William se contenía, procurando que sus embestidas no fueran tan violentas como su deseo. Tom se agarraba a sus ijares, encontrando un incontenible placer deliciosamente culpable al sentir su interior completamente profanado. La boca de Bill jadeaba sobre la arteria palpitante del cuello de su amado cuando sintió que  llegaba el momento del éxtasis. Quiso detenerse pero la voz de Tom se impuso a sus pensamientos.
—Bill…¡voy a derramarme!
—mmm ¡yo también…!
Bill sintió cómo temblaban sus caderas mientras su regia esencia salía como un torrente inundando el interior de su bello compañero, que había eyaculado a su vez entre ambos al sentir la explosión del orgasmo.
         La luz de la mañana entró a través de los cortinajes, sacando a Tom de su profundo sueño. Había dormido boca abajo, y el  cuerpo de su rey estaba sobre él, abrazado. Encontró su peso extraordinariamente liviano, y su dulce abrazo el mejor de los posibles. Se dio delicadamente la vuelta para poder disfrutar de aquel bello rostro durmiente, y saboreó el momento todo lo que pudo. Al incorporarse en toda su espléndida desnudez, sintió un latigazo de dolor inesperado.
William se despertó cuando su compañero entraba de nuevo en el lecho. Todavía adormilado, le preguntó ingenuamente.
—   Hum…Tom….¿qué hacéis?
—   Encargarme de que vos tampoco podáis subir a vuestra montura para vuestro matutino paseo a caballo, Sire.
Los dos jóvenes rieron, mientras Tom sujetaba a su rey entre las sábanas.
 (Continuará)