La pasión de la espada, cap X
Por Selene Ruiz de Vivar
—Tom, estate
quieto—el rey reía, feliz—. Me haces cosquillas—.
La verdad era
que ninguno de los dos podía apenas creerse su propia dicha. Después de ver su
relación al borde del precipicio, amenazada por la confusión, los malentendidos
y la guerra de voluntades, se revelaba por fin como lo que era: un verdadero
milagro, como todas las historias donde el amor tiene la fortuna de ser
correspondido. Los dos disfrutaban de ese intenso momento, deseando hacerlo
eterno o, al menos, aferrarlo en la memoria. Tom acarició la piel desnuda,
suave y nacarada de su amante. El lugar donde se había posado su mano se
enrojeció, reaccionando. Notando que su cuerpo se despertaba de nuevo, el rey
tomo conciencia de dónde se hallaba y del peso de sus responsabilidades.
—Thomas— dijo—deteneos. Debo volver a mis
aposentos. Si no lo hago, los alabarderos darán la voz de alarma. Nadie sabe
que estoy aquí.
Aunque el protocolo de la corte de
Arcadia se había relajado notablemente debido a las especiales circunstancias
de la epidemia y el aislamiento, la ausencia del rey seguía siendo una fuente
de inseguridad y desconcierto para todos los habitantes del castillo, que
seguía funcionando como un engranaje perfectamente engrasado gracias al
liderazgo de William. A pesar de lo excepcional de la situación, la vida tenía
que seguir; y esto se conseguía dando visos de normalidad al acontecer diario:
Bill despachaba los asuntos por la mañana temprano, distribuía los trabajos, se
encargaba de administrar los avituallamientos, y después salía a caballo como
todos los días, salvo que, en lugar de ir a campo abierto, se limitaba a rodear
el foso, ya que la amenaza de la peste hacía casi suicida aventurarse lejos.
Tom se revolvió, nervioso. Sabía que
tenía que dejarle ir, pero una parte de él necesitaba desesperadamente su
presencia. A la vez se sentía al menos tan responsable como él; sabía que tenía
que ser la mano derecha de aquella cabeza rectora. Se incorporó, recogiéndose
los cabellos. Bill lo miró fijamente, lamentándose internamente de tener que
hacer aquel sacrificio. Tom se pasaba la mano por el pelo lentamente,
ensimismado y totalmente inconsciente de su propio atractivo. En plena
locura de amor, Bill le detuvo la mano, y depositó en ella un sinfín de besos
ardientes. Después de aquello tuvo que redoblar sus esfuerzos, que ya eran
inhumanos, por levantarse.
—Tom—. Comenzó a hablar, intentando
serenarse, apaciguar su corazón y poner en orden sus atribulados pensamientos—.
Quiero que te mudes a mis habitaciones. Así podrás ayudarme en todo lo que es
menester en las labores del castillo y en los asuntos de estado, más adelante.
También deseo que seas el tutor de Henry— se ruborizó levemente— eres mucho más
culto que yo—añadió, mirando para otro lado. Recordaba con qué aplicación
Thomas, liberado de otros aprendizajes inherentes a su futuro como rey, que
incluían pesadas y farragosas nociones de protocolo, había tenido tiempo de dedicarse
al estudio, y que siempre le había admirado secretamente por ello. Tom le tomó
la mano, devolviéndole el beso, que produjo un involuntario estremecimiento en
la espalda del enardecido rey.
—No sé si
merezco tanto honor, Bill—respondió, íntimamente enorgullecido de que se le
estuviera encomendando tan importantísimo encargo. Se levantó apresuradamente,
porque no estaba seguro de si sería capaz de dejarlo marchar si seguían
conversando. Tomó su camisa de seda, que yacía arrugada en el suelo.
—Tom—dijo el
rey, levantándose a su vez— te amo—. Se quedó un momento callado, y repitió
sencilla y honestamente—. Te amo.
Los ojos de Tom se
posaron sobre él llenos de sentimientos que no se podían expresar con palabras.
Curiosamente, los dos recordaron a la vez cómo su mentor había tratado de
explicarles la palabra “inefable” cuando eran aún muy pequeños, y ninguno de
los dos la había entendido; se habían puesto a jugar y hacer ruido, mientras el
tutor ponía los ojos en blanco, armándose de paciencia. Ambos tenían el mismo
antiguo recuerdo en la cabeza en ese instante único en el que comprendieron a
la vez el sentido de aquella palabra. Tom se perdió brevemente en aquellos ojos
oscuros, que le recordaban tanto a los suyos, aunque eran más, ¿cómo decirlo?
más hechiceros. Posó sus labios sobre uno de los párpados, que se cerraron
instintivamente, mientras con las manos aferraba el cuello amado.
—Yo también,
Bill—. Cerró los ojos, lamentando el hecho de disponer sólo de una vida mortal
para amar a aquel hombre e intuyendo de manera vaga que el amor se extendía más
allá de lo que una mente humana podía comprender.
Bill acabó de vestirse y se fue sin
detenerse más, sabiendo que estaba al borde de no poder doblegar su voluntad.
Tom arregló brevemente todo el desorden de la habitación y salió a su vez,
dispuesto a encargarse como siempre de supervisar la recogida de leña para las
chimeneas, el estado de las caballerizas, el trabajo de los obreros y
menestrales y la elaboración de las comidas con los cada vez más menguados
recursos del castillo. Su calidad de noble no le apartaba siquiera de los
trabajos más pesados en aquel estado de necesidad en que se hallaban.
Se encontraba apilando la paja en
una de las caballerizas cuando vio pasar a dos personas bien vestidas, sin duda
cortesanos de Suburbia, que parecían compartir una conversación llena de
intrigas y secretos. Su tono era un murmullo que se iba haciendo más y más
audible a medida que se acercaban. Tom, preocupado como siempre por la
seguridad del rey, detuvo toda actividad para no ser advertido, hasta que los
dos hombres, en su busca de privacidad para poder hablar libremente, terminaron
por ocupar el compartimento contiguo al suyo. Tom, silencioso, con movimientos
casi felinos, se agachó y pudo atisbarlos a través de un hueco que la veta de
madera había dejado en uno de los tablones que separaban los establos. A uno no
lo reconoció; el otro era un íntimo del lord chambelán. Se decidió a no perder
detalle de lo que allí pudiera estar pasando.
—Y bien, mi
querido amigo—decía el desconocido—de modo que así están las cosas.
—Así es,
señor. Milord Chambelán está muy preocupado con la ascensión del nuevo favorito
del rey. ¿Sabéis que lo ha nombrado sucesor en caso de que algo le suceda hasta
la mayoría de edad del Príncipe?
—¿Y de qué
os extrañáis? Jajaja… todo queda en casa.
—¡Sí! La
sangre tira mucho pero también debéis pensar que el sillón del trono es muy
apetecible y no serían los primeros que se agarran de las greñas con tal de
poseerlo.
Tom aguzó,
el oído, sintiendo un escalofrío al escuchar tan extrañas palabras.
—Will
aprendió muy bien la lección de su madre Charlotte: la de neutralizar al
enemigo atrayéndolo a casa.
—Sí…ésa fue
una verdadera jugada maestra de la reina… traer al bastardo a educarse en la
corte—.
—No
subestiméis al otro joven. Aun ilegítimo, es incalculable el daño que le puede
hacer a la Corona. Su madre era una Jost; uno de los linajes más antiguos de
Suburbia; desciende de una de las familias que ayudó a encumbrarse a la
dinastía reinante. Y ha sido criado como hijo de Gordon, que era sin duda el
barón más poderoso y sin escrúpulos de las montañas.
—Sí… parece
que la Duquesa Jost nunca logró sentise a gusto en aquella especie de exilio
del norte…ella y Jörg ya se conocían de la corte y se volvieron a ver con
ocasión de la presencia del rey allí precisamente para sofocar una de las
escaramuzas del díscolo Gordon. El rey y la duquesa eran jóvenes y ella era
desgraciada y en fin, como te puedes imaginar, una cosa llevó a la otra y…— los
dos hombres rieron, mientras Tom horrorizado sentía que toda su vida se caía a
pedazos.
—¿Sabíais
que los dos hermanos nacieron con apenas diez minutos de diferencia? Jörg se
encontraba en la corte esperando el nacimiento de su heredero cuando su otro
hijo nació apenas unos momentos antes en el desangelado castillo de su peor
enemigo.
Tom tuvo que llevarse las manos a
la boca para sofocar un grito ahogado que quería nacer como alarido. Se
controló para que la fuerza de sus puños no redujera a escombros las livianas
paredes del establo.
(Continuará)



