Este blog está destinado a publicar mis fanfics basados en dos de mis personas favoritas en el mundo: Bill y Tom Kaulitz.Nunca habría visto la luz si no hubiera sido por la insistencia de mis amigas, ya que soy demasiado indolente para escribir motu proprio...va por ellas. Todo su contenido sale completamente de mi imaginación y cualquier parecido con la realidad u otras ficciones es pura coincidencia.
Vistas de página en total
jueves, 29 de enero de 2015
viernes, 23 de enero de 2015
La pasión de la espada, cap. VIII
La pasión de
la espada, cap. VIII
Por Selene Ruiz
de Vivar
El joven noble se
hallaba de espaldas inclinado sobre su escritorio, dedicado con ahínco a
escribir un párrafo de su crónica sobre la historia de las baronías de las
montañas, en la que volcaba toda su pasión y desasosiego, cuando el rey penetró
en tromba en la estancia, que, tal como había imaginado, se encontraba abierta.
Thomas conocía el castillo a la
perfección. A pesar del toque de queda y del decreto de aislamiento, nada habría
podido impedir su huida a las montañas si así lo hubiera deseado. Will pensó
por un segundo en todo lo que acarrearía que un noble como él se le
enfrentara. Desde allí incluso podría haber iniciado una rebelión que habría puesto
en jaque a la corona con su posición debilitada por la epidemia y la hambruna
de la población diezmada que había dejado de cultivar las tierras. Su antiguo compañero de juegos conocía hasta el último pasadizo subterráneo que comunicaba el castillo con una
salida al exterior; de niños los habían explorado juntos con la curiosidad y
excitación de una emocionante aventura prohibida. Recordaba en especial uno que iba a parar
a uno de los manantiales que discurrían por los laterales del acantilado, un pasadizo
estrecho que bajaba y bajaba por una oscuridad que parecía no tener fin hasta
que la salida ofrecía a los ojos el espectáculo sin igual de una cascada
transparente y cristalina que se podía observar desde una ribera y que después
de la agonía y estrechez del túnel resultaba una explosión de luz tan fuerte
que casi era imposible a los ojos adaptarse a ella y parecía devolver la fe en la
vida, causando en la mente una impresión indeleble de alegría y renacimiento.
El rey rememoró aquella experiencia de su infancia con fuerza mientras recuperaba
el aliento después de su alocada carrera.
Thomas se giró ligeramente. Era una
noche de luna llena y la luz azulada se filtraba por las vidrieras de los
ventanales proyectando una claridad envolvente y vagamente espectral. Tardó
unos segundos en levantarse para realizar la reverencia ceremonial, segundos
que Will aprovechó para dejar vagar su vista por la magnífica estampa que hacía
la escribanía de plata sobre la madera de cedro, la pluma y el pergamino
languideciendo sobre la mano, las venas azules de la muñeca…echó una rápida
ojeada a la base del cuello y la soberbia
espalda de su amigo, como lo habría hecho un felino con su presa.
—Señor—Thomas
se inclinó e inmediatamente recordó que era un prisionero, lo que le hizo
volver la cara, ligeramente arrebolada por la humillación, y a continuación el
cuerpo entero—¿a qué debo el placer de vuestra visita?¿Acaso es la última deferencia
a nuestra antigua amistad antes de cargarme de cadenas y arrojarme a las
mazmorras?
El
noble joven era incapaz de deponer su orgullo, vapuleado en las últimas
jornadas por un sinfín de razones, y seguía temerariamente provocando al rey
sin proponérselo. Giró la cabeza y miró a William directamente a los ojos. El
soberano, tras las numerosas cavilaciones y la noche en vela, tenía unas
sombras negras debajo de los suyos que aumentaban aún más si cabe su atractivo. La
luz de la luna hacía que parecieran sutilmente dibujadas al modo de la pintura
de ojos de las esclavas del África blanca, costumbre que había hecho furor en
la corte y que habían adoptado las cortesanas, considerando que añadía
intensidad y pasión a la mirada. Thomas se estremeció y desvió la vista de
nuevo, sobrepasado por sus sensaciones. Will, decidido a no cometer más
errores, optó por pasar por alto la osadía y cambiar de táctica.
—Barón Thomas—replicó, ignorando la
pregunta y dispuesto a ir al grano sin rodeos innecesarios— decidme, la noche
pasada, ¿estabais molesto porque mi criado me hizo una felación?
El rey sonrió, divertido, y dispuesto a apurar
el juego hasta las últimas consecuencias.
El montañés enrojeció de pronto, sintiendo una mezcla de ira y celos, aderezados con una
dosis no desdeñable de sorpresa por el hecho de que el rey lo hubiera
mencionado sin ambages. Le dio la espalda totalmente, temiendo no ser capaz de
controlarse.
-Majestad,
si habéis venido a burlaros… —respondió, sintiéndose al borde de una explosión
de tristeza agresiva y rabia.
Will se acercó, deseando que en esta ocasión la situación no
se le fuera de las manos. Anheló rodearle la cintura con sus brazos, pero no lo
hizo. En cambio aplicó su aliento a su oído, peligrosamente cerca.
—Por favor, Excelencia—hizo una pausa, que para los dos
resultó interminable—responded.
Thomas se giró, volteando su hermoso cuerpo de forma que
ambos quedaron frente a frente. Había algo entre los dos, una forma de medir
las distancias, que recordaba a un combate de esgrima, con los dos
contendientes dando todo de sí mismos para lograr la victoria. La lucha parecía
tan igualada, que era imposible vislumbrar quién iba a resultar vencedor. De
pronto el noble, en un movimiento totalmente inesperado en esta silenciosa
batalla, se arrodilló delante de su señor.
—Thomas—replicó el rey, ajeno a las intenciones de su
compañero—no son necesarias reverencias así en este momen….ahhhh— se
interrumpió bruscamente al notar que con manos sorprendentemente rápidas y
diestras el noble desataba los cordones de sus calzas— ¿qué????
Al ver lo que
estaba a punto de hacer, Will trató de iniciar una protesta, pero la velocidad
de su amigo le impidió exhibir cualquier capacidad de reacción. Thomas agarró
con sus fuertes manos la joya de su señor en una maniobra que, a pesar de su
fuerza, no estaba exenta de gentileza y delicadeza, y logró que su boca se
apoderara de ella. Will intentó impedirlo, pero una vaharada de placer
instantáneo hizo que echara por completo hacia atrás la cabeza, arqueando el
cuello. Conocidos como placeres franceses y un punto decadentes, estas
prácticas, habituales en la corte en los últimos tiempos, contra lo que pudiera
parecer no habían sido gozadas por el rey en toda su magnitud, de modo que sintió
que traspasaba una puerta a lo desconocido, a algo que al cabo resultaba ser
mucho más placentero de lo que había imaginado. Aún intentó resistirse una
última vez agarrando con las dos manos los cabellos de su amigo, que caían
sueltos por su espalda, pero sólo logró, tal vez instintivamente, hacer los
movimientos aún más rítmicos. Sentía que su
mente se nublaba para todo lo que no fuera un placer sin concesiones a medida
que el clímax se acercaba. Los movimientos del violento orgasmo que le
sobrevino hicieron que la lava caliente de su esencia salpicara los delicados
rasgos de Thomas, y la luz de la luna filtrándose los hizo por un momento
asemejarse a brillantes y efímeras perlas blancas. El corazón del rey siguió latiendo
desbocado durante un tiempo que le pareció interminable, mientras intentaba sin
éxito devolver la calma a sus pulmones sin aire, y los únicos ruidos en el
silencio de la estancia eran los de su respiración entrecortada.
—No permitáis que nadie más os haga esto. Sólo yo—La voz de Thomas
le pareció en ese momento extraña, como si viniera de un punto
extraordinariamente lejano. No obstante, su mensaje penetró en su cerebro con
una claridad meridiana.
El joven se había
levantado, contemplando por un momento el rostro de su señor, aún arrebolado por
el placer, y sobrecargado y con un punto de confusión se había girado y parecía
mirar a través de los ventanales un lugar misterioso en la lejanía. Cuando se sintió suficientemente seguro, Will
se le acercó y le abrazó por detrás con fuerza.
Sus manos palparon con admiración los músculos de su pecho sobre la delicada
camisa de seda.
—Tom—era la primera
vez que le llamaba así desde que eran niños y siguió un silencio que quedó de pronto cargado de
significado— entrégate a mí. Sé mío—Will, a la espera de respuesta, observó cómo
se teñían intensamente de rubor las orejas de su compañero. Le vino a la mente
que jamás, en toda su vida, ni en sus esporádicos encuentros con cortesanas y
campesinas, había contemplado algo que le resultara tan encantador—.
—Barón Trümper—insistió,
esta vez ceremonioso—decid, ¿consentís?
—Ya os lo dije, mi Señor—replicó Thomas—mi vida os pertenece.
William le dio la vuelta al oír estas palabras. Se miraron
como nunca lo habían hecho.
—William…—el tono susurrante cargaba el
ambiente de anticipación de tal manera que hacía que cualquier demora resultara
ya intolerable.
—No me llames William—dijo el rey—llámame
como lo hacíamos de niños—continuó, mientras sin perder un segundo se apoderaba
de su cuello—
—Bill —susurró contra su boca, cerrando
los ojos.
(continuará)
domingo, 11 de enero de 2015
La pasión de la espada, cap.VII
La pasión de la espada,
cap VII
Por Selene Ruiz de
Vivar
—Habéis perdido completamente el
juicio, Thomas—el enojo del rey había cedido paso a una cólera fría, y su ceño
amenazador no auguraba presagios nada halagüeños—Vuestra momentánea locura os
impide ver con quién os estáis midiendo.
—Tal vez vos deberíais salvaguardar
vuestra dignidad real con compañías más acordes a vuestro rango—el noble no
sabía lo que decía, obnubilado por su ataque de celos—ayer fuisteis muy
generoso concediendo vuestros favores extremos—
El tono doliente del joven no habría pasado
desapercibido a William si ambos hombres no se hubieran visto enrocados el uno
por el orgullo y el otro por el
despecho.
—Si os referís a Gary, mi leal
servidor—dijo el rey, interpretando erróneamente los sentimientos de su amigo
como reproche por haber ascendido en la escala social a un simple sirviente—él
es tan bueno, o más, que cualquier otro; por eso lo elegí.
Al oír aquello Thomas sintió una ira
incontenible. Tomó del brazo bruscamente a su amigo.
—¿Lo elegisteis? Al menos podíais
disimular diciendo que no sabíais lo que hacíais…¡pero veo que ni siquiera os
molestáis en que crea que actuábais presa de la insania!
La ofuscación de ambos se enredaba
como una hiedra entre sus pensamientos, haciendo aún más enmarañada su
confusión. Ninguno de los dos sabía de lo que estaba hablando el otro.
—¡Basta!— tronó el rey, desasiéndose
bruscamente de las manos del noble que se habían cerrado como garras sobre sus
brazos—está claro que no sabéis lo que decís. Por menos de esto podría hacer
que os encerraran en la mazmorra y marcar con latigazos vuestra espalda desnuda
hasta haceros perder el conocimiento.
Los dos jóvenes se miraron, uno con los ojos
heridos, los del otro terriblemente fieros. Se produjo un largo silencio tras
las últimas palabras. En la mente de William se abría paso débilmente la
convicción de que el castigo al que acababa de hacer alusión, que habría debido
amedrentar hasta al más recio, había dejado en el aire un componente
indefinible que se encontraba peligrosamente cerca del desenfreno erótico. Se
justificó mentalmente pensando que aún estaba afectado por los acontecimientos
del día anterior.
—Nobles—silabeó el rey en un tono
conminatorio y no exento de desprecio—siempre preocupados por todo lo que
creéis que amenaza vuestro status. Supongo que os sentís humillado ¿no? Pensáis
que me deleito en elevar a mis criados a la hidalguía e intento disminuir
vuestro poder al no permitiros vuestras ventajosas y estratégicas uniones—el
enojo hacía que las palabras parecieran salir entre los dientes, produciendo un
ruido sibilante al ser proferidas, como el deslizar de una serpiente—Perded
cuidado, casaréis con mi bendición con la dama de más alta alcurnia de la
corte. Incluso…¡os concederé la mano de la condesa Sommerfeld! La decisión con
Claster aún no ha sido hecha pública y puede deshacerse ahora mismo —.
Había un componente de venganza en
las palabras del rey… incluso encontraba una cierta complacencia en pensar en
lo desdichado que sería Thomas en su matrimonio con aquella descarada
libertina. Al mismo tiempo, se encontró despreciándose a sí mismo por lo que consideró al punto una ruindad. Sus sentimientos eran tan complejos que no atinaba a darles forma.
— Retiraos
a vuestros aposentos y no salgáis bajo ningún concepto de ellos sin una orden
mía, so pena de vuestra vida—prosiguió el rey fríamente.
—¿Soy prisionero vuestro entonces, Sire?
Si
queréis llamarlo así…—replicó el rey, gélido.
El joven no profirió
palabra, y tras hacer una reverencia, se
retiró. Por los interminables pasillos del castillo, pensó
sombríamente en que efectivamente se había convertido en su prisionero en más
de un sentido... y se juró a sí mismo que William nunca lo sabría.
El castillo, después de la larga noche de placeres libertinos, parecía estar invadido
por una especie de letargo. William pasó el día entero como un animal enjaulado, dándole vueltas una y otra vez a
la conversación que había tenido con Thomas y que había terminado de modo tan desafortunado. Había algo que no cuadraba en absoluto…
Mientras estuvo enfurecido por la
insolencia y el atrevimiento de su amigo, se mantuvo en el convencimiento de
que había actuado correctamente, pero con el transcurso de las horas fue
consumido más y más por las dudas. Ni siquiera se había molestado en poner
guardias a su puerta, ya que sabía que Thomas era un súbdito leal y acataría
sus órdenes sin rechistar. Podría haber ordenado que se presentara en el tajo
del verdugo al amanecer y lo habría hecho sin necesidad de que le ataran las
manos y sin perder un ápice de su honor. Lo sabía perfectamente porque así era
como los habían educado. El recuerdo de su formación común y de los años de la
infancia y primera adolescencia volvió a su mente con fuerza, y se sintió
conmovido. Recordó a su antiguo mentor, un hombre pequeño y sabio que les
hablaba con voz engolada de las gestas del Imperio Romano. Le vino a la mente
el recuerdo del día que les había hablado de las Saturnales, aquellas fiestas
paganas del solsticio de invierno en las que se producía una inversión de roles
sociales y los esclavos asumían la función de señores durante los días que
rodeaban la entrada del Sol en Capricornio. Pensó, divertido, que la noche
pasada había sido una Saturnal en toda regla. Pero ¿qué era lo que Thomas se
había tomado tan mal? Todo lo que había ocurrido, aunque en su interior no lo
aprobaba, tenía un tono (dentro del dramatismo del momento) ligeramente
desenfadado, con el objetivo de liberarse por unas horas de la amenaza de
desgracia que caía sobre sus cabezas como una espada de Damocles…le dio vueltas
en su cerebro, sin encontrar respuesta. No le parecía lógico… ¿a qué venía
aquella alusión a su cuerpo, a que debería haberlo cuidado de la entrada de
extraños? Era por demás una observación, como mínimo, descabellada. Will no
recordaba apenas los besos y caricias y no les otorgaba la importancia que
habrían podido tener a ojos ajenos. El láudano que le había propinado el físico
de la corte había tenido ese efecto en su mente. Hizo un gigantesco esfuerzo
por buscar en los recovecos enmarañados de su memoria.
Después de horas y horas, el esfuerzo
empezaba a dar sus frutos. Se vio a sí mismo dando el pescozón protocolario a un
devoto Gary con su enorme espada, y recordó que se sentía muy débil para
soportar semejante peso y que la había dejado caer al sentirse dominado por el
cansancio. Gary seguía arrodillado a sus pies. ¿Podría ser eso lo que había
visto Thomas? Recordaba haberlo tenido de frente, y que estaba por tanto en su
ángulo visual cuando tuvo lugar la ceremonia. Sin la espada de por medio y en
aquel contexto de desmanes y perdición, la imagen de él con Gary tan cerca y de
rodillas podría haber dado lugar a interpretaciones grotescas. William se llevó
las manos a la cabeza. ¿Era posible que Thomas simplemente estuviera sobrerreaccionando porque estaba sexualmente celoso? La idea se abrió paso en
su mente con la fuerza de un torrente. Por fin veía con una claridad meridiana
cómo se habían desarrollado los hechos. Se plegó sin resistirse más a la fuerza devastadora de los sentimientos
cuando tuvo la certeza, largamente postergada, de que eran mutuos.
—Cómo he podido estar tan ciego—se
repitió mesándose los rubios cabellos, que caían desordenados sobre sus ojos
después de tanta cavilación. Salió tal cual estaba de sus habitaciones sin
atender al ruido de metales protocolario de los alabarderos apostados a su
puerta. Corrió sin descanso en dirección
a los aposentos de Thomas.
(continuará)
sábado, 3 de enero de 2015
La pasión de la espada, cap VI
LA PASIÓN DE LA ESPADA CAP. VI
Por Selene Ruiz de Vivar
Mientras estaba siendo besado, Will se sentía muy lejos de allí, como si estuviera entregando algo que no le
perteneciera, a la par que percibía con
especial intensidad lo que estaba sucediendo a su alrededor como si captara las percepciones agudizadas hasta extremos imposibles. En
circunstancias diferentes, sus sentidos habrían estado amortiguados para otros
estímulos, concentrados en la pasión amorosa; pero en éstas, debido a la
despersonalización que le había provocado la droga, vagaban por la estancia
capturándolo todo de forma magnificada. Vio a su chambelán contra una pared
recibiendo placer de una mujer sensiblemente más joven y no pudo evitar sentir - aunque fuera de una forma sumamente irracional- cierto desprecio por él cuando
lo vio llegar al clímax. Sabía que sólo su desmedida ambición política le había
impedido huir a las montañas con el resto de los nobles cuando llegó el cólera
y por eso no confiaba en él para custodiar a Henry si el destino le hacía perecer
antes de tiempo. Ésa era una de las razones,entre otras, por la que había redactado el codicilo en el que nombraba a Tom Protector
del Reino. Malditos nobles, le parecían tan despreciables en su cobardía. Miró
hacia sus pies y vio acurrucado en ellos cual enorme mastín al mejor amigo de
su ayuda de cámara extinto, un joven entristecido que había dejado caer al
suelo su enorme corpachón y que estaba siendo tratado de animar en vano por la
esclava de origen nórdico. Le pareció más digno de respeto que su chambelán y
todos sus nobles.
—Gary—le llamó. El joven se
levantó con toda la prestancia que su cuerpo le permitía, que era poca—Ven aquí—el
muchacho se apresuró y dejó a un lado a la joven albina sin miramiento
alguno—Arrodíllate—continuó el rey ante su sorprendido súbdito, que clavó las
rodillas en tierra.
Will desenvainó la espada ante
el atónito joven y la colocó ceremonialmente sobre sus hombros de manera
consecutiva.
—Gary de Kuhdorf—dijo
el rey muy serio —¿juras honrar tu ley, así como la fe de nuestros antepasados, a tu
señor natural y a tu tierra, y no dudar en dar la vida por ellos?
—Sí, juro—dijo el joven
con voz apenas audible, ya que aún no se había repuesto de la sorpresa. Siempre
había seguido a su amo con la fidelidad de un lebrel, pero ni en sus mejores
sueños se había figurado alcanzar tales honores.
Si William hubiera levantado la
vista en ese momento habría visto a Thomas incorporarse violentamente, arrojar
lejos el laúd y abandonar furibundo la estancia. Pero se hallaba muy ocupado
con la ceremonia y estaba concentrado en dar a su nuevo noble la pescozada y el
espaldarazo protocolarios que le armaban caballero de la corte de Suburbia.
Thomas procuró salir con paso
calmado, pero cuando hubo abandonado el Salón del Trono echó a correr por los
pasillos débilmente iluminados por la luz de las antorchas. Su rabia no osaba
dirigirse contra su señor y se concentraba injustamente en el joven corpulento,
al que dedicaba en su interior una retahíla de incoherentes expresiones
tabernarias. El noble no daba crédito a sus ojos: había presenciado no sin
asombro a su rey manoseado y besuqueado por las esclavas, y cortesanos sin
escrúpulos habían accedido a su intimidad sin resistencia. Eso ya era bastante aterrador como para haber
tenido como colofón el ver a aquel sirviente indigno aproximarse al rey, quien le
entregaba lo más recóndito de su privacidad para encontrar un placer insano.
Trató de apartar de su mente aquella figura arrodillada a la altura de la más preciada
joya de su señor, sin conseguirlo. Su rabia no se amainaba, sino que muy al
contrario iba en aumento y amenazaba no tener fin. Thomas había llegado ya a
sus aposentos y se había tendido boca abajo en su lujoso y mullido lecho que en
ese momento le parecía el potro de torturas de las mazmorras del castillo. Lo
que había creído ver le martilleaba la conciencia sin piedad. No se explicaba
cómo su magnífico, delicado, hermoso soberano había elegido a un compañero tan
tosco, sin acertar a comprender que habría percibido a cualquier otro como
igualmente inapropiado. En un arranque de soberbia, se percibió a sí mismo como
una elección mucho más adecuada, parejamente bello y atlético, parejamente
noble. Sabía desde hacía tiempo que su lealtad a William iba mucho más allá de
lo que correspondía a su condición de noble unido por las leyes del vasallaje a
su natural señor, pero creía ingenuamente que se trataba de una suerte de amor
cortés tantas veces representado en las obras de épica caballeresca de sus
autores de cabecera a los que tanto había leído y releído en sus noches en las montañas, al amparo del fuego de la chimenea. Tomó conciencia de
pronto de algo que hasta ese momento no se había imaginado, el hecho de que su
amor se movía en un terreno tan físico como el de sus yeguas en las
caballerizas ante la presencia del semental. La imagen no ayudó para nada a calmarlo sino que le produjo una erección dolorosa
que trató de calmar con su mano. Luego golpeó los barrotes de madera noble de
la cama y lloró de rabia durante lo que se le antojaron horas.
William apreció que
Thomas ya no se hallaba en el Salón y lo agradeció interiormente ya que temía
verlo presa de las intenciones libidinosas de algunas de las cortesanas,
sumamente expertas en las artes amatorias, que poblaban el enorme recinto.
Subió las escaleras de su estrado y se dejó caer agotado. Cuando fue saliendo
poco a poco de su sopor y abrió los ojos se dio cuenta de que se había quedado
solo en el sillón del Trono. Todo el castillo parecía estar en calma. Sintió
alivio de que aquella noche de excesos hubiera por fin acabado. Se dirigió con
paso ya más seguro a sus aposentos y llamando a sus sirvientes con palmadas les
ordenó preparar una tina de agua caliente. Completamente desnudo se sumergió en
ella, sintiendo su cuerpo renacer. Cerró los ojos, abandonándose al deleite
como un dios pagano.
Sentía que estaba
viviendo un día más, lo que en aquellas circunstancias era todo un logro. Oyó
cómo la antigua azafata de la reina hablaba en la puerta con alguien…afinó sus
sentidos, que siempre estaban alerta.
—Excelencia, en estos
momentos es imposible—Su Majestad está tomando un baño...— Will se enderezó
ligeramente al oír la inconfundible voz áspera y varonil de Thomas—Es urgente,
señora—el noble sonaba apremiante y autoritario.
—Dejadlo pasar— exclamó
el rey, contento de ver a su amigo. Se levantó de espaldas, y el noble montañés
no tuvo tiempo de desviar la vista, apreciando la extrema perfección de la parte trasera de su antiguo compañero de juegos. Se ruborizó intensamente
recordando los acontecimientos de la noche pasada y sintiendo aflorar de nuevo
todos los sentimientos que habían provocado en él. Las azafatas vistieron al joven Will un
batín de terciopelo carmesí y se retiraron obsequiosas.
—Thomas—el rey extendió
las manos, que quedaron suspendidas en el aire,
esperando inútilmente que su amigo se las estrechara. Demasiado
sorprendido para reparar en la afrenta, fue interrumpido por el noble.
—Sire, solicito vuestro
permiso para partir inmediatamente en busca del príncipe Henry—dijo Thomas tras
realizar una corta reverencia protocolaria, tal vez demasiado protocolaria, y
desde luego demasiado corta. El rey quedó boquiabierto. Esperaba la compañía de
su más íntimo amigo y colaborador incansable de los últimos días, contaba con
su ayuda para solventar aquella crisis, y desde luego no estaba dispuesto a
dejarlo marchar.
—No lo tenéis—le
respondió, tajante—sin duda olvidáis que habéis estado en contacto con la
enfermedad y que sois un potencial vector de transmisión de las miasmas
infecciosas—el rey pensó en su delicado hijo, un niño hermosísimo que parecía
hecho de nieve y oro—. Además, os necesito a mi lado. Ayer mismo habéis podido
comprobar —le miró de soslayo, incómodo—hasta qué punto la situación puede
salirse de control.
El noble aceptó en su
fuero interno a regañadientes que su señor tenía razón y a la par se enfureció
por la mención de la noche pasada. Miró a su interlocutor, ofuscado y dolorido.
El monarca seguía hablando, ensimismado—Henry está de momento a salvo y aislado
convenientemente…me encargué personalmente de que la hacienda se
autoabasteciera durante meses y no se permitiera la entrada bajo ningún
concepto a extraños.
—Podríais haber hecho
lo mismo con vuestro cuerpo—durante un larguísimo, interminable momento, ni el
joven fue consciente de la temeridad de lo que acababa de decir ni el monarca
plenamente consciente de lo que acababa de oír—.
William se volvió hacia él, completamente fuera de sí.
(Continuará)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


