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viernes, 23 de enero de 2015

La pasión de la espada, cap. VIII

La pasión de la espada, cap. VIII
Por Selene Ruiz de Vivar

         El joven noble se hallaba de espaldas inclinado sobre su escritorio, dedicado con ahínco a escribir un párrafo de su crónica sobre la historia de las baronías de las montañas, en la que volcaba toda su pasión y desasosiego, cuando el rey penetró en tromba en la estancia, que, tal como había imaginado, se encontraba abierta.  Thomas conocía el castillo a la perfección. A pesar del toque de queda y del decreto de aislamiento, nada habría podido impedir su huida a las montañas si así lo hubiera deseado. Will pensó por un segundo en todo lo que acarrearía que un noble como él se le enfrentara. Desde allí incluso podría haber iniciado una rebelión que habría puesto en jaque a la corona con su posición debilitada por la epidemia y la hambruna de la población diezmada que había dejado de cultivar las tierras. Su antiguo compañero de juegos conocía hasta el último pasadizo subterráneo que comunicaba el castillo con una salida al exterior; de niños los habían explorado juntos con la curiosidad y excitación de una emocionante aventura prohibida. Recordaba en especial uno que iba a parar a uno de los manantiales  que  discurrían por  los laterales del acantilado, un pasadizo estrecho que bajaba y bajaba por una oscuridad que parecía no tener fin hasta que la salida ofrecía a los ojos el espectáculo sin igual de una cascada transparente y cristalina que se podía observar desde una ribera y que después de la agonía y estrechez del túnel resultaba una explosión de luz tan fuerte que casi era imposible a los ojos adaptarse a ella y parecía devolver la fe en la vida, causando en la mente una impresión indeleble de alegría y renacimiento. El rey rememoró aquella experiencia de su infancia con fuerza mientras recuperaba el aliento después de su alocada carrera.

         Thomas se giró ligeramente. Era una noche de luna llena y la luz azulada se filtraba por las vidrieras de los ventanales proyectando una claridad envolvente y vagamente espectral. Tardó unos segundos en levantarse para realizar la reverencia ceremonial, segundos que Will aprovechó para dejar vagar su vista por la magnífica estampa que hacía la escribanía de plata sobre la madera de cedro, la pluma y el pergamino languideciendo sobre la mano, las venas azules de la muñeca…echó una rápida ojeada a  la base del cuello y la soberbia espalda de su amigo, como lo habría hecho un felino con su presa.
—Señor—Thomas se inclinó e inmediatamente recordó que era un prisionero, lo que le hizo volver la cara, ligeramente arrebolada por la humillación, y a continuación el cuerpo entero—¿a qué debo el placer de vuestra visita?¿Acaso es la última deferencia a nuestra antigua amistad antes de cargarme de cadenas y arrojarme a las mazmorras?
        El noble joven era incapaz de deponer su orgullo, vapuleado en las últimas jornadas por un sinfín de razones, y seguía temerariamente provocando al rey sin proponérselo. Giró la cabeza y miró a William directamente a los ojos. El soberano, tras las numerosas cavilaciones y la noche en vela, tenía unas sombras negras debajo de los suyos que aumentaban aún más si cabe su atractivo. La luz de la luna hacía que parecieran sutilmente dibujadas al modo de la pintura de ojos de las esclavas del África blanca, costumbre que había hecho furor en la corte y que habían adoptado las cortesanas, considerando que añadía intensidad y pasión a la mirada. Thomas se estremeció y desvió la vista de nuevo, sobrepasado por sus sensaciones. Will, decidido a no cometer más errores, optó por pasar por alto la osadía y cambiar de táctica.
      —Barón Thomas—replicó, ignorando la pregunta y dispuesto a ir al grano sin rodeos innecesarios— decidme, la noche pasada, ¿estabais molesto porque mi criado me hizo una felación?
 El rey sonrió, divertido, y dispuesto a apurar el juego hasta las últimas consecuencias.
El montañés enrojeció de pronto, sintiendo una mezcla de ira y celos, aderezados con una dosis no desdeñable de sorpresa por el hecho de que el rey lo hubiera mencionado sin ambages. Le dio la espalda totalmente, temiendo no ser capaz de controlarse.

                   -Majestad, si habéis venido a burlaros… —respondió, sintiéndose al borde de una explosión de tristeza agresiva y rabia.
        Will se acercó, deseando que en esta ocasión la situación no se le fuera de las manos. Anheló rodearle la cintura con sus brazos, pero no lo hizo. En cambio aplicó su aliento a su oído, peligrosamente cerca.
              —Por favor, Excelencia—hizo una pausa, que para los dos resultó interminable—responded.
Thomas se giró, volteando su hermoso cuerpo de forma que ambos quedaron frente a frente. Había algo entre los dos, una forma de medir las distancias, que recordaba a un combate de esgrima, con los dos contendientes dando todo de sí mismos para lograr la victoria. La lucha parecía tan igualada, que era imposible vislumbrar quién iba a resultar vencedor. De pronto el noble, en un movimiento totalmente inesperado en esta silenciosa batalla, se arrodilló delante de su señor.
              —Thomas—replicó el rey, ajeno a las intenciones de su compañero—no son necesarias reverencias así en este momen….ahhhh— se interrumpió bruscamente al notar que con manos sorprendentemente rápidas y diestras el noble desataba los cordones de sus calzas— ¿qué????
        Al ver lo que estaba a punto de hacer, Will trató de iniciar una protesta, pero la velocidad de su amigo le impidió exhibir cualquier capacidad de reacción. Thomas agarró con sus fuertes manos la joya de su señor en una maniobra que, a pesar de su fuerza, no estaba exenta de gentileza y delicadeza, y logró que su boca se apoderara de ella. Will intentó impedirlo, pero una vaharada de placer instantáneo hizo que echara por completo hacia atrás la cabeza, arqueando el cuello. Conocidos como placeres franceses y un punto decadentes, estas prácticas, habituales en la corte en los últimos tiempos, contra lo que pudiera parecer no habían sido gozadas por el rey en toda su magnitud, de modo que sintió que traspasaba una puerta a lo desconocido, a algo que al cabo resultaba ser mucho más placentero de lo que había imaginado. Aún intentó resistirse una última vez agarrando con las dos manos los cabellos de su amigo, que caían sueltos por su espalda, pero sólo logró, tal vez instintivamente, hacer los movimientos aún más rítmicos.  Sentía que su mente se nublaba para todo lo que no fuera un placer sin concesiones a medida que el clímax se acercaba. Los movimientos del violento orgasmo que le sobrevino hicieron que la lava caliente de su esencia salpicara los delicados rasgos de Thomas, y la luz de la luna filtrándose los hizo por un momento asemejarse a brillantes y efímeras perlas blancas. El corazón del rey siguió latiendo desbocado durante un tiempo que le pareció interminable, mientras intentaba sin éxito devolver la calma a sus pulmones sin aire, y los únicos ruidos en el silencio de la estancia eran los de su respiración entrecortada.

      —No permitáis que nadie más os haga esto. Sólo yo—La voz de Thomas le pareció en ese momento extraña, como si viniera de un punto extraordinariamente lejano. No obstante, su mensaje penetró en su cerebro con una claridad meridiana.
    El joven se había levantado, contemplando por un momento el rostro de su señor, aún arrebolado por el placer, y sobrecargado y con un punto de confusión se había girado y parecía mirar a través de los ventanales un lugar misterioso en la lejanía.  Cuando se sintió suficientemente seguro, Will se le acercó  y le abrazó por detrás con fuerza. Sus manos palparon con admiración los músculos de su pecho sobre la delicada camisa de seda.

          —Tom—era la primera vez que le llamaba así desde que eran niños y siguió un  silencio que quedó de pronto cargado de significado— entrégate a mí. Sé mío—Will, a la espera de respuesta, observó cómo se teñían intensamente de rubor las orejas de su compañero. Le vino a la mente que jamás, en toda su vida, ni en sus esporádicos encuentros con cortesanas y campesinas, había contemplado algo que le resultara tan encantador—.
      
     —Barón Trümper—insistió, esta vez ceremonioso—decid, ¿consentís?
       —Ya os lo dije, mi Señor—replicó Thomas—mi vida os pertenece.
     William le dio la vuelta al oír estas palabras. Se miraron como nunca lo habían hecho.
         —William…—el tono susurrante cargaba el ambiente de anticipación de tal manera que hacía que cualquier demora resultara ya intolerable.
          —No me llames William—dijo el rey—llámame como lo hacíamos de niños—continuó, mientras sin perder un segundo se apoderaba de su cuello—
          —Bill —susurró contra su boca, cerrando los ojos.
                           (continuará)



domingo, 11 de enero de 2015

La pasión de la espada, cap.VII

La pasión de la espada, cap VII
Por Selene Ruiz de Vivar
—Habéis perdido completamente el juicio, Thomas—el enojo del rey había cedido paso a una cólera fría, y su ceño amenazador no auguraba presagios nada halagüeños—Vuestra momentánea locura os impide ver con quién os estáis midiendo.
—Tal vez vos deberíais salvaguardar vuestra dignidad real con compañías más acordes a vuestro rango—el noble no sabía lo que decía, obnubilado por su ataque de celos—ayer fuisteis muy generoso concediendo vuestros favores  extremos—
 El tono doliente del joven no habría pasado desapercibido a William si ambos hombres no se hubieran visto enrocados el uno por el orgullo y  el otro por el despecho.
—Si os referís a Gary, mi leal servidor—dijo el rey, interpretando erróneamente los sentimientos de su amigo como reproche por haber ascendido en la escala social a un simple sirviente—él es tan bueno, o más, que cualquier otro; por eso lo elegí.
Al oír aquello Thomas sintió una ira incontenible. Tomó del brazo bruscamente a su amigo.
—¿Lo elegisteis? Al menos podíais disimular diciendo que no sabíais lo que hacíais…¡pero veo que ni siquiera os molestáis en que crea que actuábais presa de la insania!
La ofuscación de ambos se enredaba como una hiedra entre sus pensamientos, haciendo aún más enmarañada su confusión. Ninguno de los dos sabía de lo que estaba hablando el otro.
—¡Basta!— tronó el rey, desasiéndose bruscamente de las manos del noble que se habían cerrado como garras sobre sus brazos—está claro que no sabéis lo que decís. Por menos de esto podría hacer que os encerraran en la mazmorra y marcar con latigazos vuestra espalda desnuda hasta haceros perder el conocimiento.       
 Los dos jóvenes se miraron, uno con los ojos heridos, los del otro terriblemente fieros. Se produjo un largo silencio tras las últimas palabras. En la mente de William se abría paso débilmente la convicción de que el castigo al que acababa de hacer alusión, que habría debido amedrentar hasta al más recio, había dejado en el aire un componente indefinible que se encontraba peligrosamente cerca del desenfreno erótico. Se justificó mentalmente pensando que aún estaba afectado por los acontecimientos del día anterior.
—Nobles—silabeó el rey en un tono conminatorio y no exento de desprecio—siempre preocupados por todo lo que creéis que amenaza vuestro status. Supongo que os sentís humillado ¿no? Pensáis que me deleito en elevar a mis criados a la hidalguía e intento disminuir vuestro poder al no permitiros vuestras ventajosas y estratégicas uniones—el enojo hacía que las palabras parecieran salir entre los dientes, produciendo un ruido sibilante al ser proferidas, como el deslizar de una serpiente—Perded cuidado, casaréis con mi bendición con la dama de más alta alcurnia de la corte. Incluso…¡os concederé la mano de la condesa Sommerfeld! La decisión con Claster aún no ha sido hecha pública y puede deshacerse ahora mismo —.
Había un componente de venganza en las palabras del rey… incluso encontraba una cierta complacencia en pensar en lo desdichado que sería Thomas en su matrimonio con aquella descarada libertina. Al mismo tiempo, se encontró despreciándose a sí mismo por lo que consideró al punto  una ruindad. Sus sentimientos eran tan complejos que no atinaba a darles forma.
     — Retiraos a vuestros aposentos y no salgáis bajo ningún concepto de ellos sin una orden mía, so pena de vuestra vida—prosiguió el rey fríamente.
         —¿Soy prisionero vuestro entonces, Sire?
             Si queréis llamarlo así…—replicó el rey, gélido.
El joven no profirió palabra, y tras hacer una reverencia, se
retiró. Por los interminables pasillos del castillo, pensó sombríamente en que efectivamente se había convertido en su prisionero en más de un sentido... y se juró a sí mismo que William nunca lo sabría.

         El castillo, después de la larga noche de  placeres libertinos, parecía estar invadido por una especie de letargo. William pasó el día entero como un animal  enjaulado, dándole vueltas una y otra vez a la conversación que había tenido con Thomas y que había terminado de modo tan desafortunado. Había algo que no cuadraba en absoluto…
        

Mientras estuvo enfurecido por la insolencia y el atrevimiento de su amigo, se mantuvo en el convencimiento de que había actuado correctamente, pero con el transcurso de las horas fue consumido más y más por las dudas. Ni siquiera se había molestado en poner guardias a su puerta, ya que sabía que Thomas era un súbdito leal y acataría sus órdenes sin rechistar. Podría haber ordenado que se presentara en el tajo del verdugo al amanecer y lo habría hecho sin necesidad de que le ataran las manos y sin perder un ápice de su honor. Lo sabía perfectamente porque así era como los habían educado. El recuerdo de su formación común y de los años de la infancia y primera adolescencia volvió a su mente con fuerza, y se sintió conmovido. Recordó a su antiguo mentor, un hombre pequeño y sabio que les hablaba con voz engolada de las gestas del Imperio Romano. Le vino a la mente el recuerdo del día que les había hablado de las Saturnales, aquellas fiestas paganas del solsticio de invierno en las que se producía una inversión de roles sociales y los esclavos asumían la función de señores durante los días que rodeaban la entrada del Sol en Capricornio. Pensó, divertido, que la noche pasada había sido una Saturnal en toda regla. Pero ¿qué era lo que Thomas se había tomado tan mal? Todo lo que había ocurrido, aunque en su interior no lo aprobaba, tenía un tono (dentro del dramatismo del momento) ligeramente desenfadado, con el objetivo de liberarse por unas horas de la amenaza de desgracia que caía sobre sus cabezas como una espada de Damocles…le dio vueltas en su cerebro, sin encontrar respuesta. No le parecía lógico… ¿a qué venía aquella alusión a su cuerpo, a que debería haberlo cuidado de la entrada de extraños? Era por demás una observación, como mínimo, descabellada. Will no recordaba apenas los besos y caricias y no les otorgaba la importancia que habrían podido tener a ojos ajenos. El láudano que le había propinado el físico de la corte había tenido ese efecto en su mente. Hizo un gigantesco esfuerzo por buscar en los recovecos enmarañados de su memoria.

Después de horas y horas, el esfuerzo empezaba a dar sus frutos. Se vio a sí mismo dando el pescozón protocolario a un devoto Gary con su enorme espada, y recordó que se sentía muy débil para soportar semejante peso y que la había dejado caer al sentirse dominado por el cansancio. Gary seguía arrodillado a sus pies. ¿Podría ser eso lo que había visto Thomas? Recordaba haberlo tenido de frente, y que estaba por tanto en su ángulo visual cuando tuvo lugar la ceremonia. Sin la espada de por medio y en aquel contexto de desmanes y perdición, la imagen de él con Gary tan cerca y de rodillas podría haber dado lugar a interpretaciones grotescas. William se llevó las manos a la cabeza. ¿Era posible que Thomas simplemente estuviera sobrerreaccionando porque estaba sexualmente celoso? La idea se abrió paso en su mente con la fuerza de un torrente. Por fin veía con una claridad meridiana cómo se habían desarrollado los hechos. Se plegó sin resistirse más  a la fuerza devastadora de los sentimientos cuando tuvo la certeza, largamente postergada, de que eran mutuos.
—Cómo he podido estar tan ciego—se repitió mesándose los rubios cabellos, que caían desordenados sobre sus ojos después de tanta cavilación. Salió tal cual estaba de sus habitaciones sin atender al ruido de metales protocolario de los alabarderos apostados a su puerta. Corrió sin descanso  en dirección a los aposentos de Thomas.
(continuará)


sábado, 3 de enero de 2015

La pasión de la espada, cap VI

LA PASIÓN DE LA ESPADA CAP. VI
Por Selene Ruiz de Vivar
         Mientras estaba siendo besado, Will se sentía muy lejos de allí, como si estuviera entregando algo que no le perteneciera, a la par que  percibía con especial intensidad lo que estaba sucediendo a su alrededor como si captara las percepciones agudizadas hasta extremos imposibles. En circunstancias diferentes, sus sentidos habrían estado amortiguados para otros estímulos, concentrados en la pasión amorosa; pero en éstas, debido a la despersonalización que le había provocado la droga, vagaban por la estancia capturándolo todo de forma magnificada. Vio a su chambelán contra una pared recibiendo placer de una mujer sensiblemente más joven y no pudo evitar sentir - aunque fuera de una forma sumamente irracional- cierto desprecio por él cuando lo vio llegar al clímax. Sabía que sólo su desmedida ambición política le había impedido huir a las montañas con el resto de los nobles cuando llegó el cólera y por eso no confiaba en él para custodiar a Henry si el destino le hacía perecer antes de tiempo. Ésa era una de las razones,entre otras, por la que había redactado el codicilo en el que nombraba a Tom Protector del Reino. Malditos nobles, le parecían tan despreciables en su cobardía. Miró hacia sus pies y vio acurrucado en ellos cual enorme mastín al mejor amigo de su ayuda de cámara extinto, un joven entristecido que había dejado caer al suelo su enorme corpachón y que estaba siendo tratado de animar en vano por la esclava de origen nórdico. Le pareció más digno de respeto que su chambelán y todos sus nobles.
         —Gary—le llamó. El joven se levantó con toda la prestancia que su cuerpo le permitía, que era poca—Ven aquí—el muchacho se apresuró y dejó a un lado a la joven albina sin miramiento alguno—Arrodíllate—continuó el rey ante su sorprendido súbdito, que clavó las rodillas en tierra.
         Will desenvainó la espada ante el atónito joven y la colocó ceremonialmente sobre sus hombros de manera consecutiva.
—Gary de Kuhdorf—dijo el rey muy serio —¿juras honrar tu ley,  así como la fe de nuestros antepasados, a tu señor natural y a tu tierra, y no dudar en dar la vida por ellos?
—Sí, juro—dijo el joven con voz apenas audible, ya que aún no se había repuesto de la sorpresa. Siempre había seguido a su amo con la fidelidad de un lebrel, pero ni en sus mejores sueños se había figurado alcanzar tales honores.
         Si William hubiera levantado la vista en ese momento habría visto a Thomas incorporarse violentamente, arrojar lejos el laúd y abandonar furibundo la estancia. Pero se hallaba muy ocupado con la ceremonia y estaba concentrado en dar a su nuevo noble la pescozada y el espaldarazo protocolarios que le armaban caballero de la corte de Suburbia.



            Thomas procuró salir con paso calmado, pero cuando hubo abandonado el Salón del Trono echó a correr por los pasillos débilmente iluminados por la luz de las antorchas. Su rabia no osaba dirigirse contra su señor y se concentraba injustamente en el joven corpulento, al que dedicaba en su interior una retahíla de incoherentes expresiones tabernarias. El noble no daba crédito a sus ojos: había presenciado no sin asombro a su rey manoseado y besuqueado por las esclavas, y cortesanos sin escrúpulos habían accedido a su intimidad sin resistencia. Eso ya era bastante aterrador como para haber tenido como colofón el ver a aquel sirviente indigno aproximarse al rey, quien le entregaba lo más recóndito de su privacidad para encontrar un placer insano. Trató de apartar de su mente aquella figura arrodillada a la altura de la más preciada joya de su señor, sin conseguirlo. Su rabia no se amainaba, sino que muy al contrario iba en aumento y amenazaba no tener fin. Thomas había llegado ya a sus aposentos y se había tendido boca abajo en su lujoso y mullido lecho que en ese momento le parecía el potro de torturas de las mazmorras del castillo. Lo que había creído ver le martilleaba la conciencia sin piedad. No se explicaba cómo su magnífico, delicado, hermoso soberano había elegido a un compañero tan tosco, sin acertar a comprender que habría percibido a cualquier otro como igualmente inapropiado. En un arranque de soberbia, se percibió a sí mismo como una elección mucho más adecuada, parejamente bello y atlético, parejamente noble. Sabía desde hacía tiempo que su lealtad a William iba mucho más allá de lo que correspondía a su condición de noble unido por las leyes del vasallaje a su natural señor, pero creía ingenuamente que se trataba de una suerte de amor cortés tantas veces representado en las obras de épica caballeresca de sus autores de cabecera a los que tanto había leído y releído en sus noches en las montañas, al amparo del fuego de la chimenea. Tomó conciencia de pronto de algo que hasta ese momento no se había imaginado, el hecho de que su amor se movía en un terreno tan físico como el de sus yeguas en las caballerizas ante la presencia del semental. La imagen no ayudó para nada  a calmarlo sino que le produjo una erección dolorosa que trató de calmar con su mano. Luego golpeó los barrotes de madera noble de la cama y lloró de rabia durante lo que se le antojaron horas.

                                     William apreció que Thomas ya no se hallaba en el Salón y lo agradeció interiormente ya que temía verlo presa de las intenciones libidinosas de algunas de las cortesanas, sumamente expertas en las artes amatorias, que poblaban el enorme recinto. Subió las escaleras de su estrado y se dejó caer agotado. Cuando fue saliendo poco a poco de su sopor y abrió los ojos se dio cuenta de que se había quedado solo en el sillón del Trono. Todo el castillo parecía estar en calma. Sintió alivio de que aquella noche de excesos hubiera por fin acabado. Se dirigió con paso ya más seguro a sus aposentos y llamando a sus sirvientes con palmadas les ordenó preparar una tina de agua caliente. Completamente desnudo se sumergió en ella, sintiendo su cuerpo renacer. Cerró los ojos, abandonándose al deleite como un dios pagano.
Sentía que estaba viviendo un día más, lo que en aquellas circunstancias era todo un logro. Oyó cómo la antigua azafata de la reina hablaba en la puerta con alguien…afinó sus sentidos, que siempre estaban alerta.
—Excelencia, en estos momentos es imposible—Su Majestad está tomando un baño...— Will se enderezó ligeramente al oír la inconfundible voz áspera y varonil de Thomas—Es urgente, señora—el noble sonaba apremiante y autoritario.
—Dejadlo pasar— exclamó el rey, contento de ver a su amigo. Se levantó de espaldas, y el noble montañés no tuvo tiempo de desviar la vista, apreciando la extrema perfección de la parte trasera de su antiguo compañero de juegos. Se ruborizó intensamente recordando los acontecimientos de la noche pasada y sintiendo aflorar de nuevo todos los sentimientos que habían provocado en él. Las azafatas vistieron al joven Will un batín de terciopelo carmesí y se retiraron obsequiosas.
—Thomas—el rey extendió las manos, que quedaron suspendidas en el aire,  esperando inútilmente que su amigo se las estrechara. Demasiado sorprendido para reparar en la afrenta, fue interrumpido por el noble.
—Sire, solicito vuestro permiso para partir inmediatamente en busca del príncipe Henry—dijo Thomas tras realizar una corta reverencia protocolaria, tal vez demasiado protocolaria, y desde luego demasiado corta. El rey quedó boquiabierto. Esperaba la compañía de su más íntimo amigo y colaborador incansable de los últimos días, contaba con su ayuda para solventar aquella crisis, y desde luego no estaba dispuesto a dejarlo marchar.
—No lo tenéis—le respondió, tajante—sin duda olvidáis que habéis estado en contacto con la enfermedad y que sois un potencial vector de transmisión de las miasmas infecciosas—el rey pensó en su delicado hijo, un niño hermosísimo que parecía hecho de nieve y oro—. Además, os necesito a mi lado. Ayer mismo habéis podido comprobar —le miró de soslayo, incómodo—hasta qué punto la situación puede salirse de control.
El noble aceptó en su fuero interno a regañadientes que su señor tenía razón y a la par se enfureció por la mención de la noche pasada. Miró a su interlocutor, ofuscado y dolorido. El monarca seguía hablando, ensimismado—Henry está de momento a salvo y aislado convenientemente…me encargué personalmente de que la hacienda se autoabasteciera durante meses y no se permitiera la entrada bajo ningún concepto a extraños.
—Podríais haber hecho lo mismo con vuestro cuerpo—durante un larguísimo, interminable momento, ni el joven fue consciente de la temeridad de lo que acababa de decir ni el monarca plenamente consciente de lo que acababa de oír—.

         William se volvió hacia él,  completamente fuera de sí.

                                                                                             (Continuará)