LA PASIÓN DE LA ESPADA
POR SELENE
RUIZ DE VIVAR
El rey se
apresuraba en quitarse las pesadas ropas mientras Thomas entrecerraba los ojos,
muy excitado a su pesar. Deseaba hablar, destruir la barrera de silencio,
secretos y ocultaciones que sentía que se había levantado entre ellos, pero a
la vez necesitaba desesperadamente retener
a su amante a su lado; y sabía que no podrían seguir como si nada hubiera
pasado en el momento en que enfrentara cara a cara con él la tragedia que
azotaba sus vidas. Bill entretanto le había desvestido y se complacía en
contemplar su torso desnudo, de piel tersa y fragante, con músculos de hierro
por el constante ejercicio y la piel bronceada por las horas de trabajo al aire
libre. Una gruesa cadena de plata, herencia de su madre, enmarcaba el hermoso
cuello que William no dudó en acariciar y besar apasionadamente. Se alejó de
nuevo para poder contemplar en perspectiva aquella sólida belleza.
—Thomas—dijo,
convencido y enamorado—parecéis el rey sin corona de toda Suburbia.
El barón
asistió desprevenido a tamaña demostración de amor, admiración y deferencia. El
rey llevado de su pasión le consideraba sin duda su par hasta el extremo de
manifestarlo en voz alta sin reparos ni diques. Pareció en ese momento
despertar de un sueño. No iba a decir nada; no en ese momento que nada ni nadie
iba a arruinar, y de ello iba a encargarse sin dilación alguna. Seguramente la
maquinaria ciega de las ambiciones del chambelán ya se había puesto en marcha
inexorablemente para sellar sus destinos. Llegado el momento, lucharían con sus
humanas fuerzas. Triunfarían o sucumbirían, pero no sin haber luchado hasta las
últimas briznas de aliento que quedaran en sus pulmones. Tomó a Will
delicadamente del hombro, volviéndolo hacia sí.
—En este
momento somos tú y yo, Bill. Sólo tú y yo—dijo, con los ojos brillantes.
William le
miró sin decir nada, asintiendo. Se besaron, primero lento, luego con furia,
interminablemente. La boca del noble parecía querer devorar la de su hermoso
rey, que devolvía complacido cada ataque. La cámara pareció calentarse como una
caldera hirviendo. Thomas lo sujetó por las caderas y le obligó a sentarse
sobre el lecho, mientras el otro joven echaba la cabeza hacia atrás, jadeando y
sin aliento por los besos. Le arrancó la ropa que le quedaba puesta, sin
excesivos miramientos. Sus ojos ya
estaban en blanco cuando sintió la boca del barón sobre su virilidad doliente
por la violenta erección que lo acometía, luchando por liberarse. Las manos
viajaron prestas hacia los pezones, que se irguieron de forma inmediata al
contacto de aquellos sabios y calientes dedos. El rey pensó brevemente en ellas, en cómo
tomaban la pluma, la espada, o los espacios más recónditos de su intimidad con
igual seguridad y destreza, que parecían en él innatas. Las manos inquietas
acariciaban sin tregua el pecho y las axilas. Al cabo de pocos segundos, ya no
pudo pensar en nada que no fuera su propio placer: su propio placer bestial que
hacía que moviera de forma lasciva sus caderas para acoplarse a la magnífica,
aterciopelada boca de labios gruesos y suaves que acariciaban su durísima y
enrojecida joya sin dar tregua, con la firmeza de una sólida vaina y la
suavidad de la más delicada pluma. Sintió que eyaculaba sin poder detenerse en
aquella encantadora y húmeda prisión más atento a que su corazón no se le
saliera del pecho que a las reacciones de su compañero, egoísta por una vez,
embriagado por el placer. El joven noble avanzó desde su posición arrodillada
hasta quedar tendido sobre él, siempre delicado y gentil, atento de no
aplastarlo con su peso. William se sentía como poseído por una locura
afrodisiaca. Entendía por primera vez en su vida en cada encuentro amoroso el
significado de “entregarse”: de entregarse sin límites, de ceder el control.
Las incansables manos del barón le tomaron de los glúteos, haciendo que las dos
espadas en alto chocasen, lo que provocó que ambos sintieran la intensidad del placer en sus doloridos miembros que se
golpeaban como hierro y martillo en la forja. Thomas sintió que moriría si no
llegaba a la cumbre pronto. Dejando de lado su habitual suavidad, le separó las
piernas, sujetándolas con fuerza. Dirigió su brillante ariete a la entrada. La
violencia de la penetración, mucho más ruda que las anteriores, hizo que su
compañero gritara, al tiempo que era zarandeado sin piedad y de inmediato por
las fuertes embestidas. William estuvo a punto de exhalar una queja que salió
de su garganta convertida en jadeo. Sucumbía al placer sin demasiada
resistencia, encontrando en la inusual rudeza de su amante aún mayor delirio
erótico. Sintió que se aproximaba su segundo orgasmo cuando el vaivén se hizo
mucho más rápido. El barón llegó al éxtasis con un alarido que parecía provenir
de un atávico fondo de sí mismo, de un lugar desconocido de su interior donde
reposaban los instintos más oscuros. Vuelto a su ser, escondió su rostro en el cuello de su amado,
avergonzado de no haber contenido su brutalidad primigenia. William no reparó
en ello, ocupado como estaba en recuperar el aliento y el ritmo de su corazón,
en ese momento un caballo salvaje a punto de salírsele de las costillas, que
parecían querer romperse: tan violentos eran sus latidos. Los dos jóvenes
intentaron durante largo tiempo sin éxito serenarse de aquel intercambio
amoroso, cuya intensidad no había hecho sino sorprenderlos. Thomas abrazó a su
rey, y le besó el cuello en el mismo lugar en que su ardor de momentos pasados
había dejado la marca ligeramente enrojecida de su mordida.
—Ven conmigo
a las montañas, Bill. Recogeremos a Henry en el camino—dijo cuando hubo
recuperado el aliento, aún cuando sabía de antemano la respuesta; aún cuando
sabía que el monarca no abandonaría su puesto, ni a su gente, para buscar una
salvación egoísta con la que su conciencia de rey no habría podido convivir. Su
amante, por toda contestación, le devolvió el abrazo aún más fuerte y así
estuvieron entrelazados una eternidad hasta que la luz de la luna acarició sus
cuerpos brillantes y relucientes de sudor. El carro de la Osa iluminaba
débilmente el firmamento y la estrella Arturo se vislumbraba brillante desde
los ventanales, pareciendo proteger a los amantes. Tom reclinó su cabeza en el
regazo del rey, que acarició sus cabellos de seda, enamorado de su oscura suavidad.
—¿Te
gustaría que celebráramos una pequeña fiesta en el Salón del Trono, Thomas? En
el castillo se ha sufrido ya bastante…algo sencillo, para celebrar que estamos
vivos.
El
aristócrata ocultó entre las sombras su gesto de desagrado al recordar la
última fiesta improvisada que había acabado en aquella especie de orgía. Aunque
había servido para romper los últimos diques de su pasión oculta, no quería
acordarse de las caricias y besos que Bill había compartido con otros.
—Prefiero
estar solo contigo—contestó sin pensárselo dos veces—pero si lo deseas, sea.
La mañana que siguió a aquella noche, la
condesa Sommerfeld se dirigió con paso raudo a las caballerizas. Hastiada de
holgar con cortesanos y sirvientes, había echado el ojo a un joven palafrenero,
apenas un adolescente con aspecto de efebo griego, y se dirigía a buscarlo con
la excusa de salir de paseo matutino en su yegua gris. Pensaba divertirse un
poco y salir de la rutina robándole la inocencia a aquel tierno jovencito.
Notó que al verla acercarse, el joven se
puso tenso, lo que atribuyó errónea y vanidosamente a sus encantos.
—¡Vaya! Pero mira quién está aquí… mi
caballerizo preferido! Qué gran coincidencia, pues tengo ganas de cabalgar—dijo
la lasciva condesa, guiñando un ojo y acompañando sus palabras cargadas de
intención de una sonrisa picarona que puso a Selvagia los pelos de punta. Se
giró hacia las sombras, procurando que la claridad del alba no revelara que su
rostro sin barba y su delicados rasgos no eran precisamente los de un efebo.