TOTALLY CAUGHT
por Selene Ruiz de Vivar
Nobis cum semel occideret brevis lux…
Estaban en París, buscando localizaciones
para el videoclip de lo que iba a lanzarse como su primer single. Apuró su
vodka solo, sonriendo para sus adentros. El alcohol corría por sus venas,
desinhibiéndolo y haciendo que se sintiera libre. No era tan malo, después de
todo. Al fin y al cabo, todo acababa en esta vida; y precisamente ésa era su
belleza, el carácter efímero y pasajero
de muchos de los acontecimientos de la existencia que en su momento fueron
vividos y percibidos como de desmesurada importancia. Se habían hecho mayores y
ya no habría tenido ningún sentido
seguir viviendo reconcentrados sobre sí mismos: en eso consistía ¿no? el
secreto de la perpetuación de las especies: uno abandonaba a su propia familia,
la seguridad del nido, y volaba a cortejar y aparearse con hembras a cielo
abierto mientras alrededor estallaba la primavera…
La seguridad
del nido…recordó con un punto de nostalgia cómo eran: dos personas idénticas
viviendo dentro de su propio sueño, arrojados a la vorágine de la fama, nadando
entre tiburones, rodeados por la locura desenfrenada de sus jovencísimas fans.
Recordó el concierto multitudinario que había tenido lugar a poca distancia de
donde se encontraba en ese mismo momento, los momentos de emoción y gloria, lo
orgullosos que se habían sentido, cómo la adrenalina corría por sus venas como
la más potente y tóxica de las sustancias prohibidas cuando volvieron al hotel;
y cómo al dirigirse a sus habitaciones contiguas le había agarrado por el brazo
y empujado al interior de la suya, cómo apenas había dado un puntapié a la
puerta para cerrarla y ya le agarraba de la cabeza apoderándose de sus labios
húmedos como una fruta fresca…sintiendo la excitación de su propia dominación
que le redoblaba las fuerzas como una auténtica voluntad de poder.
Cuando se había
dado cuenta de sus sentimientos se había apoderado de él una sensación de
pánico de la que sólo se sentía libre en el escenario. Lo que en un contexto
ordinario se habría vivido con culpa y vergüenza, escondido como un inaccesible
secreto, salía de golpe a la luz y era armoniosa e intensamente coreado por
miles de voces suaves que le hacían el efecto de cantos de sirenas y le
inoculaban una sensación de euforia que derribaba hasta la última de sus
defensas, prejuicios y barreras. Su amor emanaba como una fuerza del Universo y
él se sentía vivo y sobre todo, se sentía él. De esta sensación (siempre
acompañada del inevitable miedo a la pérdida), salieron las más bellas de sus
composiciones.
En su cerebro se
posó el recuerdo de la gloria de aquel cuerpo bello y desnudo. Casi sin
transición apartó como pudo esos pensamientos de su cabeza, sonrojándose
avergonzado. Se forzó a pensar en otra
cosa. Vinieron en su ayuda recuerdos de otra estancia en París en la que desde
el balcón de aquel mismo hotel había
enseñado a un diseñador extremadamente famoso de su país la explanada testigo
de su antiguo y multitudinario éxito. Quinientas mil personas habían coreado
allí su nombre y aquel pedante se empeñaba toda la noche en ningunearlo sacando
a paseo su título de Licenciado en Psicología por Braunschweig y preguntando
insistentemente por su currículo académico hasta forzarlo a reconocer que sólo
había tenido tiempo de graduarse en la secundaria. Insufrible tipo; no callaba,
su logorrea no tenía fin. Haciendo gala de su vena más masoquista, se había
avenido a compartir con él un cigarro que había hecho arder a sus fans más
aferradas. Su mente le traicionó haciendo que recordara lo solo que se había
sentido en París sin su alter ego.
Volvió a pensar de nuevo en el presente y en
cómo las cosas estaban bien como estaban. Sí. Ahora eran adultos. Ya no había
aquella imperiosa necesidad de cuidado, de protección del uno al otro. Esa
necesidad física de verse, de estar cerca, de tocarse, siquiera fuera
levísimamente, de quedarse prendido el uno del otro. Como adolescentes había
sido bello, como hombres barbados habría sido otra cosa, con un punto incluso
incómodo. Se revolvió en su silla, evocando aquella necesidad que había llegado
a hacerle sentir enfermo y cansado, y, exorcizando sus demonios interiores,
intentó olvidarse de lo adictiva que había sido para él.
Pensó que él
también debía, en este sentido, resolver su vida. Se contempló en las paredes forradas
de espejo de la sala, sólo un momento. Su masculina belleza, el perfil
perfecto, los ojos dominadores. No tendría ningún problema, como nunca lo había
tenido. Cualquiera se sentiría privilegiado a su lado. Sus veinticinco años le
habían esculpido magníficamente, convirtiéndolo en un ejemplar de hombre joven
maduro y deseable. Desde su emplazamiento en el salón tenía acceso a unas
vistas espléndidas de la ciudad a vista de pájaro. Se sentía, hasta cierto punto, contento;
incluso pletórico.
Al girarse
ligeramente, pudo apreciar cómo su hermano subía de la mano de aquella mujer.
Intentó sonreír. Ella estaba muy arreglada y maquillada y él estaba, estaba… ¿cómo
estaba? Su mente no logró precisar la palabra, simplemente porque no le
respondía. En su lugar, era su estómago el que había tomado el mando. Le había
dado un vuelco que en un primer momento no logró asimilar: le resultó
incomprensible. Sentía ganas de levantarse, de expulsar todo el vodka que ahora
le provocaba una molestia ardiente.
Reconoció la
sensación al poco tiempo porque era la misma, la misma de siempre; no cambiaba
nada, y no tuvo más remedio que reconocerlo ante sí mismo. A pesar del alcohol,
de los esfuerzos de autoconvencimiento, de los discursos de la perpetuación de
la especie y el instinto de supervivencia…su estómago, su corazón, se negaban a
seguir a su mente y sus pensamientos, y seguían dando un vuelco cada vez que
veía a su hermano. La hermosa ciudad, la ciudad del amor, le regalaba una
hermosa neblina azulada, mezclada con un olor a jazmín que parecía invitarle a
disfrutar de la belleza y el placer. Le resultó tan irónico que estuvo a punto
de escapársele una perversa carcajada que reprimió haciendo acopio de todas sus
fuerzas. Su humor de pronto se desplomó.
Se giró de
nuevo tristemente y encendió un cigarrillo. Inspiró y exhaló fuertemente el
aire de sus pulmones. Las volutas de humo se perdieron en la inmensidad del
cielo de París mientras oía las risas ahogadas y los besos que aquella mujer le
robaba a su reflejo.
Oh! por dios! que bello y a la vez triste relato "Es mejor haber amado y perdido, que nunca haber amado"... esa frase tan conocida, se ajusta a tu escrito? Creo que si y siempre una pérdida es angustiante, dolorosa sobretodo si se ha amado por tanto tiempo y tan intensamente... :'( :'( :'(
ResponderEliminarHola Kätzchen querida!!!! hasta hoy no había visto este hermoso comentario, para mí muy valioso!!!! síiiiiii se ajusta esa frase de Tennyson muy bien a esta historia, como un guante. La pérdida siempre nos acompaña, hasta el último día de nuestra vida. ¿Qué podemos hacer? Disfrutemos el momento, aferrarnos a los momentos de felicidad y buen humor. Un besooo, eres una lectora fantástica ♥
Eliminar