—¿Qué tenemos hoy, Georgie?
Tom Trümper se
paseaba por su elegante despacho, recorriendo con la mirada la pila de legajos
que se acumulaba sobre su mesa. Era una pena el retraso que llevaba la justicia
en este país con la digitalización de los documentos, pensó, enfrascándose a
continuación en la respuesta de su ayudante. Georg Listing le sonrió,
guiñándole un ojo y añadiendo entre dientes “no me llames así, cabrón”. Ambos
eran hermosos ejemplares masculinos y antiguos compañeros de cacerías amorosas
y entre ellos se daba ese tono de camaradería que podía rozar lo tabernario, a
veces a modo de descanso en medio de la
vorágine del mundo en el que se movían, que era a menudo extraordinariamente
complicado.
—Prepárate. Necesitarás de toda esa masa gris tan bien
entrenada. Este caso va a necesitar de todas tus energías. Pero antes de que se
me olvide: tu novia Valeria ha llamado ya tres veces.
—Ella no es mi novia; nos estamos conociendo.
Valeria Sommerfeld, la hija del Decano, había puesto a Tom
en su punto de mira desde hacía meses. Tom todavía estaba asentándose en una
profesión que en este momento requería de toda su energía. Hijo de alemán y
española, había despuntado como estudiante desde muy niño, logrando al acabar a
secundaria una beca para cursar el Bachillerato Internacional en Gales, tras
superar unas pruebas académicas, psicotécnicas y entrevistas para poner a
prueba su compromiso con el esfuerzo, habilidades sociales y resistencia a la
frustración muy fuertes, y a partir de ahí todo había ido en progresión
ascendente. El juez con la carrera más
brillante y prometedora, número uno de su promoción, recién llegado a la
carrera judicial después de haber cursado Derecho Internacional en Londres ,
era además una de las figuras sociales emergentes de la Costa del Sol,
manteniendo a propósito un perfil bajo para no caer en las garras de la cada
vez más canallesca prensa rosa, por lo que todos sus romances habían
transcurrido en la más absoluta discreción, siendo todos sus perfiles en las
redes privados. Toda su actitud en ese campo denotaba una absoluta protección
de la privacidad y una vida privada blindada a los ojos del exterior.
La relación con Valeria, a la que todos llamaban Ria, no era
una excepción y estaba siendo llevada por los mismos cauces de sensatez que
presidían toda su vida.
—Cuéntame.
—Mejor siéntate. La cosa va para largo.
Tom tomó asiento en el sillón frente a su elegante mesa de despacho y su ayudante
hizo lo propio enfrente, haciendo ademán de abrir un grueso cartapacio.
—Se trata de un caso sumamente complicado. Es una demanda de
custodia única de un nasciturus. Pero…no te lo pierdas. No es lo único raro del
caso—Georg levantó los ojos del legajo para
fijarlos en lo de su amigo—El demandante es Gustavo Scafermo, una mafioso
italiano con conexiones familiares en
Hamburgo naturalizado aquí por residencia, seguramente de forma irregular, y
afincado en la costa hace tiempo, con múltiples contactos delictivos, entre
ellos con la mafia rusa—miró a su amigo, atisbando su preocupación—el hecho es
que Gustavo, de 27 años, ha interpuesto
previamente demanda de divorcio contra su esposa Linda, de 45, y reclama la
custodia de su hijo por nacer, alegando que Linda no es la madre biológica ni
genética, sino que se trata de una maternidad subrogada, contratada en Los
Ángeles con toda legalidad.
Tom se pasó la mano por los ojos. Alguna vez tenía que
llegar una cosa así, que pusiera a prueba toda sus destrezas legales y su
desempeño judicial, pero no esperaba que fuera tan pronto: pensaba que después
de lo duro que había sido llegar, las circunstancias le darían un respiro. Pero
incluso así sintió un subidón de adrenalina y un deseo de enfrentarse al caso
con todas sus consecuencias.
—Las complicaciones no acaban aquí, Tom—prosiguió Georg, con
un deje levemente sádico que irritó a Tom y le hizo moverse de la silla
ligeramente, de manera casi imperceptible.— Alega también que su matrimonio es
nulo de pleno derecho ya que Linda es la
hija mayor de su padre, un delincuente de Hamburgo llamado Ian Schäfer
,huido a Italia en los 80 cuando lo buscaba la Interpol, y que italianizó su
nombre para pasar desapercibido cuando se asoció a la mafia siciliana—Georg
hablaba de un tirón y la acumulación de datos ponía el semblante de Tom cada
vez más sombrío. — Como su hijo es resultado de matrimonio incestuoso, al ser
Linda la madre legal, pide que sea registrado como es norma jurídica sólo a
nombre de uno de los progenitores, evidentemente el suyo, borrando a Linda del
mapa.
Tom sintió lo injusto de la situación y se le encendió esa
chispa en el cerebro que le había llevado precisamente a elegir la judicatura
como profesión: su deseo de mantener a raya la injusticia de este mundo. Su
parte idealista era férreamente controlada por su parte cerebral, que en aquel
momento trabajaba de forma feroz, intentando dar cuerpo a la fundamentación de
su futura sentencia, aunque fuera en esbozo.
Se preguntó qué tipo de hombre era capaz de casarse con su
hermana y luego de crear una ilusión de familia, privarle de todo lo
proyectado, y qué abogado podía ser tan abyecto como para interponer una
demanda así.
Georg pareció leer sus pensamientos.
—Si crees que esto es todo, espera a conocer a su abogado.
Es alemán. Su cara de ángel derretiría al más fiero de los hombres. Es el tipo
de persona que sabe cómo hacerte caer a sus pies; y como abogado es lo más
despiadado que hay.
Tom percibió que su instinto de lucha sembrado desde el
principio de la conversación germinaba, crecía, amenazaba con invadirlo todo.
El reto era demasiado fuerte y él estaba listo para afrontarlo.
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Después de estudiar durante horas el expediente hasta sus
aspectos más minúsculos, decidió que era hora de dejarlo. Se había enrocado en
un par de conceptos jurídicos complejos y no veía clara la solución. Miró su
Rolex y se dio cuenta de que aún le quedaba hora y media para acudir a su
gimnasio habitual que se encontraba relativamente cerca de los Juzgados. Cogió
las llaves de su Escalade y salió presuroso; en el maletero llevaba su bolsa
deportiva y tenía tiempo de cambiarse en el baño.
Recorrió todos los aparatos y corrió más de media hora en la
cinta; finalmente acabó su circuito como tenía por costumbre en la piscina,
rematando varios largos. Su cuerpo entrando y saliendo del agua atraía todas
las miradas. Inconsciente de ello a menudo, vagamente orgulloso o
indiferente de las miradas de admiración
que despertaba dependiendo de su humor, permanecía ajeno, ya que no había
logrado del todo sacarse el extraño caso de la cabeza. Normalmente el deporte
lo relajaba, le hacía sentirse bien, pero esta vez no había tenido en él el
efecto habitual. Pensativo y concentrado en sus cosas, se dirigió al jacuzzi.
Gotas de agua brillantes resbalaban por su magnífico cuerpo, tonificado a golpe
de gimnasio pero glorioso por genética, con una espalda majestuosa y un torso
hecho para ser acariciado. Entró en la zona termal reservada a abonados,
envuelto su poderoso cuello en la toalla negra y totalmente distraído, olvidó
incluso dejar en el perchero las gafas de buceo, colocadas todavía sobre su
gorro de baño. Entró de una poderosa zancada de sus largas piernas en el
jacuzzi sin ser consciente de que estaba ocupado. Normalmente a esas horas el
gimnasio estaba casi vacío y no esperaba
encontrar compañía . Cuando cruzó los ojos con su eventual compañero se quedó
petrificado, para a continuación sentir que una corriente nerviosa le cruzaba
la espalda. En principio no supo si era hombre o mujer hasta que pasaron unos
segundos decisivos. Lo que sí sabía es que era la persona más bella que había
visto en su vida. Unos cabellos negros, mojados de la manera más atractiva que
se le hubiera antojado nunca, caían sueltos sobre una espalda blanca,
contraviniendo las normas del lugar de llevar gorro en el jacuzzi. Los ojos
eran estrellas, literalmente estrellas oscuras, destellantes, hipnotizantes.
Tenían esa forma almendrada que tanto gusta a pintores y fotógrafos y estaban
clavados en él, paralizándole como si fueran los ojos de Medusa. Los labios se
curvaban en una sonrisa burlona, y, a la par, enigmática. Aquella boca
provocaba el deseo de tocarla con los dedos, de abrirla primero con delicadeza, luego con furia si
hiciera falta, para ser atacada, para devorarla por completo.
Tom, normalmente tan mesurado, se desconoció a sí mismo.
¿Cómo podía tener unos deseos tan descontrolados por un completo desconocido,
para colmo hombre, en un espacio de tiempo mínimo, que podían ser segundos,
minutos, (no lo sabía porque había perdido por completo la noción del tiempo).
Avergonzado, apartó la vista. Pero en su mente se siguió dibujando aquel rostro
de perfecciones divinas, de proporciones áureas. En su vida se había sentido
tan conmocionado. Temiendo perturbar a su compañero, que entretanto se había
girado a accionar de nuevo el mecanismo del jacuzzi, salió, mostrando todo el
esplendor de su cuerpo al levantarse, pero con el rostro totalmente girado por
la vergüenza, y acalorado.
Su compañero no le
quitó la vista de encima mientras se levantaba, un poco demasiado rápido, y
siguió sintiendo el rayo constante de sus ojos mientras se dirigía a la ducha
fría antes de entrar a la sauna. El agua helada tuvo un efecto calmante sobre
sus músculos y sobre su cara enrojecida, y también sobre otras partes de su cuerpo
que habían hecho amago de alzarse en triunfo. Tom pensó, azorado, si el otro
joven se habría dado cuenta de algo. Se quitó el gorro y las gafas y su cabello
salió de su prisión en tromba. Lo puso bajo el chorro, mojándolo a conciencia y
apartándoselo de la cara. Salió, aparentemente más tranquilo. Un rato en la
sauna lo relajaría del todo. Los ojos semicerrados por las gotas que caían de
su frente y cabello mojados le impidieron ver que entraban a la vez él y otra
persona. Tomaron a la vez el pomo de la puerta. La mano de Tom se electrizó en
aquel primer contacto con su misterioso acompañante de hacía un momento.
—
Ach,
Entschuldigung.—dijo el joven y Tom oyó por primera vez aquella voz
aterciopelada , que le resultada insoportablemente atrayente. —Pasa tú primero.
Tom entró deseando que aquel golpe de calor
disimulara su cara congestionada de nuevo y su propio calor interior.
(Continuará)


