Vistas de página en total

viernes, 26 de diciembre de 2014

La pasión de la espada, cap. IV


LA PASIÓN DE LA ESPADA,  CAP IV
Por Selene Ruiz de Vivar
—Si bien vos habéis venido a la corte por vuestras propias razones, Thomas—dijo el rey, que  no podía dejar de mostrarse incisivo al hacer alusión a ellas—el hecho es que estaba a punto de mandaros llamar—hizo una pausa, ya que iba a  tocar una cuestión en la que se jugaba no sólo el futuro de su dinastía, sino la razón de su vida—Sabéis que la peste está asolando Arcadia. El castillo de momento ha estado a salvo en su altozano del acantilado pero no sabemos por cuánto tiempo. —Tomó aire, pesaroso, y abordó el tema que le encogía el corazón—El príncipe—miró a los ojos a su interlocutor, dándole a entender que le hablaba como soberano, pero no pudo evitar añadir ”mi hijo Henry”  con voz algo quebrada y casi inaudible, ya que le dolía incluso nombrarlo en aquellas circunstancias.—Mi hijo Henry— repitió  el rey en voz más alta, reponiéndose con la presteza que era en él habitual—  está a dos jornadas de aquí, en una de las residencias de verano de la corona, acompañado de sus nodrizas. Es mi deseo que parta cuanto antes con vos a las montañas—añadió el rey conteniendo la respiración. De pronto se le antojaba insoportable alejarse de lo que más quería. Se sintió por primera vez en mucho tiempo hombre y padre antes que monarca. Como siempre consiguió dominarse, haciendo acopio de todo su valor, que no era menguado; pero fue realmente un esfuerzo sobrehumano.
                Thomas miró a su rey, a la par  asombrado por tan importantísimo encargo, y enternecido al vislumbrar su momento de debilidad. Se sintió abrumado por la responsabilidad y al mismo tiempo orgulloso de ser el depositario de su bien más preciado. No pudo evitar conmoverse pero sin que trascendieran a su rostro las emociones, con el valor de un soldado. Trató de encontrar las palabras adecuadas.
—Mi Señor, me hago responsable de defender la vida y la integridad de vuestro hijo el príncipe de Suburbia desde hoy y de entregar la mía propia en defensa de la suya si fuera necesario y sin dudarlo un momento. Desde que nací mi vida os pertenece—añadió—.
Los dos hombres sellaron aquella declaración con un apretón de manos, del que salieron agitados por muy distintas razones. Thomas pensó por una fracción de segundo en besar la mano  a su rey en señal de vasallaje, pero apartó  de su mente la idea a pesar de ser absolutamente protocolaria y conforme a los usos de la corte, barruntando que en aquel momento resultaba peligrosamente inadecuada.
—Respecto a lo que os ha traído a Arcadia, no dudéis de que como mi mejor amigo y aliado, gozaréis en el futuro de una unión ventajosa— William no podía evitar, al proferir estas palabras, la sensación de que llevaba toda la noche abordando temas dolorosos.
—Señor, no es mi deseo ahora comprometerme con nada que no sea el bienestar del Príncipe.
—Thomas…
                En lugar de terminar su frase el rey se levantó dando por terminada la velada, y todos los cortesanos hicieron lo mismo.
 
               Una vez en sus aposentos, sentado a su mesa repasó mentalmente los acontecimientos de la jornada. Abrió los cajones de la misma con una llave que traía cuidadosamente escondida en los pliegues de su jubón. Allí se encontraban los camafeos, retratos y líneas genealógicas  de diferentes damas de la nobleza, incluso princesas de sangre real que habían sido propuestas al propio rey para un segundo matrimonio, que hasta el momento había rechazado. Pensó en su obligación de ocuparse del enlace del barón en cuanto todo pasara. Se asfixió momentáneamente pensando que tal vez no saldría vivo de la epidemia, ya que no tenía la intención de abandonar la corte, pero prefirió obviar una posibilidad tan funesta. Echó un vistazo a los retratos, sin demasiado entusiasmo. Su rubia pariente del continente, la duquesa Nathalie, le pareció demasiado mayor para Thomas. Su hermana, demasiado joven. La princesa Verina, que había sido mencionada como candidata a ocupar la sede vacante de reina de Suburbia, le pareció totalmente inadecuada, tanto para él como para Thomas. Miró divertido el óleo de una rolliza pariente lejana que le enviaba soflamas incendiarias de amor enardecido y pensó en la travesura de endosársela a Thomas, pero inmediatamente desechó la idea por absurda. Había varias jóvenes  de estirpe intachable pero a todas les acabó encontrando algún defecto. Acabó por descartarlas una por una por razones tan peregrinas como su estatura  o el color de su pelo. Una le pareció bizca, obviando que él mismo bizqueaba de una manera casi imperceptible, lo que hacía la mirada de sus extraordinarios ojos (cuyo color variaba  según los reflejos de la luz entre el café, el ámbar y las aguas verdosas de un profundo lago) aún más cautivadora.  Finalmente se abría en su mente la idea extravagante de que deseaba al noble para sí mismo, para su compañía. Le pareció una idea harto egoísta. Se entregó con más ahínco si cabe a la tarea de buscarle una compañera, buscando la perfección, pero sin hallar a ninguna que cumpliera sus inalcanzables expectativas.
El rey de Suburbia iba a continuar con su exasperante labor cuando un sirviente entró atropelladamente y se arrodilló ante él.
—¿Cómo osáis…—comenzó el alabardero en la puerta pero William le hizo callar con un simple ademán.
—Señor…uno de vuestros palafreneros ha caído enfermo…
—¿Con los síntomas de la peste?—el rey se levantó de su estrado, súbitamente alarmado.
El lord chambelán llegaba apresuradamente por los pasillos del castillo que conducían a los aposentos del rey, débilmente iluminados por antorchas.

—Sire… la peste ha llegado hasta aquí ¡hay que poner a la corte en cuarentena!


Lo que en Suburbia se conocía con el nombre de  peste era una forma extremadamente maligna de cólera, enfermedad azul o morbo asiático, de la que los físicos de la corte sólo tenían noticia a través de los escritos de Hipócrates y Galeno, y contra la que no se podía hacer nada: todos los remedios se habían revelado insuficientes. La infección en su forma aguda conducía a un cuadro de deshidratación que llevaba a la muerte en apenas horas. El pánico de la población era terrible y deshacía cruelmente cualquier tipo de vínculo o solidaridad, hasta los que habían sido más estrechos :de amor, amistad y parentesco. William había contemplado con horror el miedo y la disolución de las relaciones más sagradas de sus súbditos en aras del instinto de supervivencia.
Por orden del rey, las puertas del castillo se cerraron a cal y canto y éste quedó completamente aislado, rodeado por su foso impenetrable. Una densa niebla cayó por la noche, recortándose la silueta del imponente edificio en el horizonte de un modo sombrío. En las laderas del altozano brillaba el fuego de las piras funerarias de los caídos en la ciudad, amontonados sin control. La población se entregó a comportamientos enloquecidos, danzas de la muerte por las inmundas calles de la ciudad, otrora elegantes y lujosas, que acababan en orgías desaforadas en un intento de atrapar la vida.
Por desgracia, en el castillo se iba a vivir el mismo tipo de locura, potenciada por el encierro y la desesperación. El miedo a la muerte trastornaba los ánimos y los de los habitantes del castillo no iban a ser una excepción. Su locura comenzaría a una velocidad de vértigo, la noche misma del encierro.

(Continuará)

3 comentarios:

  1. Tocas aquí unos nombres o mejor un nombre que ciertamente hermoso rey es inadecuada para el trono.
    ¡Ah William travieso! Deseando (¿y porqué no?) Al hermoso barón como su nuevo compañero de vida. Ten cuidado con lo que deseas dicen. .
    Ya sé lo que pasará con la peste y las consecuencias que esta dejando y nada más espero que tomen buen rumbo para nuestro monarca y barón.
    Besos mi Selene.

    ResponderEliminar
  2. Mi querida Ady, pues imagínate cuando han salido las pics de Nochevieja en Berlín, mi inspiración en la cuerda floja ya que yo soy muy visual, necesito interpretar las imágenes para crear una historia y claro, sale justo eso y...*cry*. Pero me he repuesto adecuadamente :D
    Besos, mi tesoro, se te agradece infinitamente.

    ResponderEliminar
  3. “Había varias jóvenes de estirpe intachable pero a todas les acabó encontrando algún defecto. Acabó por descartarlas una por una por razones tan peregrinas como su estatura o el color de su pelo.” Entre ellas seguro iba yo… XDDDD

    “William había contemplado con horror el miedo y la disolución de las relaciones más sagradas de sus súbditos en aras del instinto de supervivencia”; tan es así, que él mismo se privaba de la presencia de su hijo… No cabe duda de la enorme confianza que le inspiraba Thomas y de la lealtad de éste hacia el rey.

    Excelente narración Sele. Gracias!!!

    ResponderEliminar