LA PASIÓN DE LA ESPADA, CAP. V
Por Selene Ruiz de Vivar
El palafrenero
murió aquella misma noche. Los aterrados habitantes del castillo hubieron de
habilitar una parte de las caballerizas
para recluir allí a todos los que habían estado en contacto con él,
incluyendo el ayuda de cámara del rey. En el patio se colocó la pira funeraria
del desdichado caballerizo. El resto se refugió en el atestado Salón del
Trono, antiguo testigo de bailes y
fiestas, que poco a poco iba perdiendo su lustre. Todo el mundo se afanaba en
trabajar incansablemente hasta que llegó un momento en que no había nada que
hacer, salvo esperar. Las muertes fueron sucediéndose con tal rapidez que los
sirvientes y criados no daban abasto a transportar cadáveres al patio de armas.
Además muchos se negaban siquiera a acercarse a los muertos.
Curiosamente
la enfermedad no parecía afectar tanto a los antiguos esclavos que habían
venido en los barcos para ser vendidos en Suburbia, barcos que habían sido
requisados por orden del rey y ante la imposibilidad de devolverlos a sus
lugares de origen, se había terminado por emancipar a todos ellos, librándolos
así de su penoso destino. Muchos habían quedado como sirvientes en el castillo
al no tener adónde ir. Su procedencia era variada: había negros, hindúes,
nórdicos y eslavos, y muchas mujeres entre ellos, reclutadas para ser vendidas
a los burdeles. Ellos se ocupaban de los cadáveres y estaban exhaustos por el
contacto diario con la muerte.
La tarde que murió su
ayuda de cámara, apenas un muchacho que llevaba dos años a su servicio y dormía
en la habitación contigua a su cámara, William lloró de rabia, y encendió él
mismo la pira. Vio las llamas levantarse hacia el cielo y se sintió
extremadamente impotente contra esta injusticia de la naturaleza. Fue
consciente de pronto de la insignificancia de la dignidad real y del dinero,
lujo y oropeles, así como del resto de las vanidades humanas, que se le
antojaron bagatelas. Llamó a Thomas a su lado.
El barón también
parecía inmune a la enfermedad. Había ayudado a transportar enfermos, les había
dado de comer con sus propias manos, y sin embargo no se contagiaba. William
contemplaba con admiración la humanidad de su amigo pero se encontraba
demasiado cansado para hacer lo mismo, para siquiera aproximarse. Le dolían las
manos por haber estado acarreando toda la tarde ramas y troncos para la pira.
Empezaba a escasear para calentar las chimeneas y era imposible calcular cuánto
durarían el agua y los víveres. Se sintió repentinamente mareado. Thomas se
acercó con su bello rostro contraído por la alarma.
—¿Os
encontráis mal, mi señor?—dijo acercándose lo más deprisa posible, pero a duras
penas le dio tiempo a sostener al rey, que se desplomaba.
—¡Llamad al
físico! —tronó el angustiado joven tomando en brazos a su rey y llevándolo a
toda prisa al castillo. Se sorprendió de lo liviano de su peso en un hombre de
tamaña altura y voló hacia el interior sin pensar en otra cosa que no fuera
salvarlo.
William se despertó en su lujoso lecho,
rodeado de cojines. Llevaba puesto sólo un pantalón y una ligera camisa de
dormir de batista y seda. El físico y dos sirvientas estaban a su lado. Echó de
menos a Thomas a quien recordaba a su lado poco antes de perder la conciencia,
y preguntó al médico por él con voz apagada.
—Perded cuidado, Sire. El barón ha estado todo
el tiempo a la cabecera de vuestra cama pero se ha visto obligado a bajar al
Salón del Trono. Cortesanos y sirvientes han entrado en pánico cuando se ha
corrido la voz de vuestro desmayo y se han congregado todos allí, armando un
gran tumulto. Su Excelencia ha tenido que poner orden. Al conocerse que lo
vuestro no era de cuidado se ha improvisado una especie de fiesta, dentro de lo
que las circunstancias lo permiten—el físico se interrumpió, circumspecto—.
Señor, no hagáis ademán de levantaros. Os he suministrado un fuerte opiáceo.
William hizo
caso omiso y se incorporó bruscamente, consiguiendo solamente que la cabeza le
diera vueltas. No se sentía plenamente despierto y le martilleaba la jaqueca,
produciéndole un dolor sordo, pero tenía
la firme intención de bajar. Las protestas del médico no sirvieron de nada. Se
quitó la liviana camisola de dormir y la arrojó a un lado. Salió de la
estancia, tambaleante. Al pasar por delante de la recámara de su antiguo
asistente sintió una indefinible sensación de angustia y una sensación de
escozor en los ojos. Se dio cuenta de
que su torso estaba desnudo y tomó su capa de armiño que su ayuda de cámara se
encargaba de vestirle como última prenda los días de audiencia y recepciones.
Bajó las nobles escaleras con toda la dignidad que su estado le permitía.
Comprobó que los músicos de la corte estaban tocando. Le pareció reconocer una
melodía de violines que recordaba haber oído cantar a las esclavas manumitidas,
en una antigua lengua que no lograba descifrar.
Al
entrar en el Salón, una sensación de irrealidad se apoderó de él. No se sentía
rey en ese momento, sino uno más entre esa humanidad doliente, deseando
sobrevivir a tanta destrucción, buscando todavía una vía de escape para huir
del horror. La corte se había vuelto libertina, de eso no cabía duda, pero
había razones poderosas, inconscientes, que la racionalidad no podía entender
ni abarcar. No quería juzgar, sólo dejarse llevar por la alegría momentánea de
estar vivo en ese preciso instante. Las cortesanas y las antiguas esclavas
ofrecían sus favores por doquier, sin los diques que el decoro hubiera impuesto
en otras circunstancias. William se aproximó a su trono pero no lo ocupó,
dedicado a vagar sin rumbo.
Su conciencia se hallaba tan obnubilada que
respondió al beso de bienvenida de una esclava de origen nórdico, de pelo casi
albino, mientras otra de color le acariciaba por detrás. Sus lenguas se
encontraron y juguetearon brevemente. William no quería pensar, sólo sentir:
sentir que estaba vivo, que la sangre caliente fluía por sus venas. Thomas lo
vio de lejos y soltó su espada, que ya no era necesaria, pues el tumulto había
cesado, dando paso a una vorágine de comportamientos inesperadamente erotizados,
vividos como liberadores, como
catárticos. Tomó el laúd de uno de los músicos y comenzó a tocarlo
furiosamente, sin querer mirar nada más ni involucrarse en aquella espiral de
búsqueda enfervorizada del placer.
William se sentó en su trono, mareado. Sus
sirvientes y cortesanos le rodearon sin distinguir raza ni sexo. Los besos se
sucedían sin excluir a nadie y todos buscaban complacer al rey, hombres y
mujeres dispuestos para el placer. William se besó con la antigua esclava negra
y con una cortesana cuyo rostro recordaba aunque su mente no lograba encontrar
su nombre.
Empezó a
confundirlas con otras mujeres con las que había aliviado su soledad,
lavanderas y campesinas. Un joven de pelo oscuro le acarició los hombros y
depositó pequeños besos en los lóbulos de sus orejas sin encontrar resistencia
por su parte. Sentía que su cara era zarandeada a uno y otro lado para obtener
besos y caricias consentidas o robadas sin saberse muy bien dónde estaba la
frontera. William se levantó como buscando a alguien. La atmósfera tenía un
tono extrañamente azulado, como de ambiente congelado. Sintió que su corazón
palpitaba más despacio, al borde del desplome. Varios de los presentes lo
ayudaron a sentarse otra vez y comenzó de nuevo el juego que no se sabía cómo
iba a acabar. Thomas ni siquiera miraba. Hacía rato que se había abstraído en
sacar acordes de aquel laúd que se llevaba su rabia, su saña, sus deseos de
marcharse de allí, de galopar sin descanso hasta llegar a las montañas.
El rey se
dejaba hacer, en ese estado sin nombre entre la vigilia y el sueño, sin participar
activamente del placer ni tampoco rechazarlo. Una mujer le asaltó la boca,
recorriendo sin descanso su interior con la lengua. William lo vivió como una
especie de saqueo. Mientras, un joven de raza indefinible desabrochaba los
cordones de sus calzas y jubón. El monarca suspiró y se rindió sin oponer
resistencia. El estado alterado de conciencia que le había producido la potente
droga le producía una sensación de fatalismo que no se sentía capaz de
remontar. Cerró los ojos mientras su boca de labios sensuales y carnosos era
atrapada de nuevo por alguien desconocido.
(Continuará)


