La pasión de
la espada, cap XVIII
Por Selene Ruiz de Vivar
El musculoso
y fornido Gary hizo una seña a Thomas para que se acercara, indicando
silenciosamente que ya no había peligro. El noble montañés corrió hacia el
lecho, acarició el rostro demacrado de su amado sin importarle nada -la idea de
morir con él no se le hacía lejana, y su mente ya la había acariciado otras
veces- y le tomó el pulso en busca de constantes vitales. Lo halló débil, pero
no tanto como había esperado en un principio. Sentía que en su pecho se avivaba
la llama de la esperanza, y sabía que no debía dejarla crecer, debía mantenerla
pequeña, para que no le resultara a él también mortífera si se desvanecía de
pronto, como podía pasar. No había visto a nadie sobrevivir a la enfermedad,
pero había rumores que provenían de los que llevaban la comida a los aislados
en cuarentena de que ya no mataba como antes y que cuando se contraía los
síntomas eran más leves; y había gente que había sobrevivido a las cuarenta y
ocho horas mortales y permanecía, aunque muy débil y afiebrada, en el gueto de
los apestados.
Tom se aprestó a los pies de la cama,
dispuesto a actuar. La salvación para los dos dependía de que él fuera eficaz.
Desechó de su mente cualquier idea de autocondescendencia y procuró no
afligirse, sino tratar de desempeñarse como lo hiciera un médico. Había leído a
Hipócrates y Galeno, la descripción de la peste azul le era familiar y sabía
que la muerte se producía por deshidratación, por lo que intuía que, de la
forma que fuera, tenía que rehidratar el cuerpo de Bill. Salió de nuevo a todo
correr por el pasadizo y dio a Selvagia instrucciones claras de cómo tenía que
disfrazarse de nuevo de muchacho y moverse por las sombras: también susurró al
oído de Gary unas palabras y el fiel caballero marchó veloz a cumplir su
cometido. Aprovechó su momentánea soledad para examinar a fondo a Bill: las
profundas ojeras, los labios resecos, las manos agrietadas: los síntomas de la
pérdida de agua galopante. Tomo la jarra de hidromiel y se la vertió en los
labios poco a poco, con extrema delicadeza y sumo cuidado. Le dejaba descansar
de tanto en tanto, acariciándole con suavidad los cabellos empapados de sudor.
Selvagia se
deslizó en la cámara real por la puerta principal, escurridiza como un gato,
portando un bulto envuelto en harapos. Gary apareció con varias tinajas y
cántaros vacíos y a una seña de Tom ambos se esfumaron por la misma entrada
secreta que había hecho desaparecer a Tom. Al poco el noble disponía de todo lo
que necesitaba. Todo se realizaba en un eficiente silencio, sin palabras, como
si aquellas tres personas se sintieran parte de un mecanismo que debía
funcionar como un engranaje perfecto. El bulto que Selvagia había escondido
resultó ser una alquitara robada de las bodegas, un aparato para destilar que Tom
convirtió en improvisado gotero, colocando el alambique en la comisura de los labios de Bill de modo que
cayera de forma permanente el preciado líquido gota a gota, lo que le salvó la
vida. Las tinajas llenas de agua pura se colocaron alrededor del lecho. La
alquitara humectaba el ambiente; Tom rasgó las vestiduras de Bill ante la
mirada asombrada de sus dos acompañantes, que silenciosos le dejaron hacer.
Como siempre en circunstancias al límite, se confiaba a ciegas en quien se
tenía al lado trabajando codo con codo. Se acercó al vestidor de Bill y tomó el
alcohol de entre los útiles de aseo. Las friegas de alcohol eran entre los
nobles a menudo la única práctica de higiene diaria (Bill era en eso la
excepción, y también Tom, por su peculiar y excelente educación inspirada en
los principios del baño termal diario del mundo romano). Luego, con las manos
empapadas en alcohol, se acercó al fuego de la alquitara. El contacto provocó
llamaradas, tan intensas como efímeras. Sus compañeros retrocedieron,
momentáneamente espantados, pero a esas alturas la capacidad de asombro estaba
ya muy mermada y aceptaban a ciegas cualquier cosa que viniera de Thomas. El
hecho era que sus manos habían quedado desinfectadas, y sin rastro de
quemaduras. Sus amigos siguieron en silencio. No había tiempo de preguntarse
por qué ni de pensar en milagros. El joven empapó las manos de agua y se aplicó
a humedecer el cuerpo entero del rey, al tiempo que Gary volvía a sus labores
de vigilancia en la puerta y Selvagia se evaporaba como por ensalmo del lugar,
probablemente para ocuparse de los caballos. La habitación se mantuvo húmeda,
en el cuerpo de Bill no dejó de entrar líquido y se mantuvo mojado y enérgicamente
masajeado por las palmas de Tom durante más horas de las que su fatigada
memoria podía luego recordar. Dormía a ratos sentado en el suelo cabeceando
brevemente hasta que volvía a ponerse alerta al poco rato, mirando hacia Bill
ansioso. Innumerables veces le dio la vuelta, manteniéndolo siempre húmedo y
procurando que no regurgitara lo que bebía. Se daba cuenta apenas de la
sucesión de las horas, de la alternancia de luz y claridad con noche y
oscuridad, mientras toda su atención estaba puesta en si Bill salía de ese
estado de sopor que parecía preceder a los más funestos augurios. Por momentos
daba la impresión de que el monarca estaba dormido, en otros se habría podido decir
que nunca iba a reaccionar.
La entrega de Thomas a su cometido
fue total. Sus dos compañeros contemplaron con admiración cómo luchaba sin
rendirse nunca, ni al agotamiento, ni al desánimo. Al amanecer del tercer día,
William, por fin, abrió los ojos y pareció sonreír débilmente al verlo, pero
Thomas no pudo darse cuenta de ello, porque había caído exhausto sobre el
lecho, con los brazos extendidos en mudo abrazo .
El rey, en
su estado de semivigilia al despertar de aquella especie de coma, al ver a Tom
creyó que soñaba. El galló cantó innumerables veces, despertando a un
soñoliento Gary que dormía en el suelo y que fue el primero en darse cuenta de
la mejoría del soberano.
Zarandeó sin
piedad con sus modales algo toscos al
profundamente dormido Tom, que se despertó sobresaltado y buscando su daga, de
la que no se separaba sino para ocuparse
de Bill.
—¡Señor!¡Milord
de Loitsche!¡El rey ha abierto los ojos!
Gary, alborozado,
no se daba cuenta de que llamaba la atención de la guardia de los pasillos. Tom
se acercó a la cara del monarca y sus rostros quedaron muy juntos, casi
tocándose, perfectos en su identidad. Observó detenidamente que ya no
presentaba la palidez macilenta del inicio de la enfermedad y que su
respiración era tranquila y estable, sin estertores. No obstante, se notaba
débil y sin fuerzas, y necesitado de cuidados y descanso. Pegó la frente a la
suya sujetándole el cuello con las manos, procurando no llorar de la emoción.
Gary se acercó al pasillo al oír un
creciente murmullo. La noticia de la mejoría del rey estaba corriendo como la
pólvora, y los nobles empezaban a salir de sus guaridas atribuyéndose todo tipo
de proezas imaginarias en las que supuestamente habían intervenido para salvar
la vida del monarca. El fiel caballero, otrora sirviente, barruntó el peligro
que corría Tom en esos instantes: seguía siendo el presunto asesino frustrado
de Bill, seguía exponiéndose a una caza del hombre donde no habría preguntas ni
defensa, sólo una muerte segura, y probablemente lenta y dolorosa. Selvagia
entraba en ese momento por el pasadizo. Gary tapó la puerta con su enorme
corpulencia, y siseó su advertencia a un enardecido Thomas, que abrazaba sin
cesar a su señor.
—Milord,
debéis partir cuanto antes. Vuestra vida aquí no vale nada: si os encuentran no
tendrán piedad. Ya tendréis tiempo de reivindicar vuestra inocencia….Os lo
suplico, ¡Partid sin demora! ¡Tomad a Selvagia y huid sin dilación!
Por la mente
de Thomas pasó la percepción del peligro como un rayo. Se apresuró a la salida
tras dar un rápido beso en los labios a William; pero cuando ya estaban a las
puertas del pasadizo, volvió sobre sus pasos hacia el escritorio y
rebuscó sin descanso en los cajones del bargueño con empuñaduras de marfil donde se hallaban los más importantes documentos de estado. Cuando encontró lo que buscaba se lo guardó
en el pecho y huyó.
Era el
salvoconducto firmado por el rey William que autorizaba al barón de Loitsche a
disponer del príncipe Henry y trasladarlo bajo su tutela y abrigo a su
residencia de las montañas.
(Continuará)