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sábado, 15 de agosto de 2015

La pasión de la espada, cap. XVIII

La pasión de la espada, cap XVIII
       Por Selene Ruiz de Vivar
El musculoso y fornido Gary hizo una seña a Thomas para que se acercara, indicando silenciosamente que ya no había peligro. El noble montañés corrió hacia el lecho, acarició el rostro demacrado de su amado sin importarle nada -la idea de morir con él no se le hacía lejana, y su mente ya la había acariciado otras veces- y le tomó el pulso en busca de constantes vitales. Lo halló débil, pero no tanto como había esperado en un principio. Sentía que en su pecho se avivaba la llama de la esperanza, y sabía que no debía dejarla crecer, debía mantenerla pequeña, para que no le resultara a él también mortífera si se desvanecía de pronto, como podía pasar. No había visto a nadie sobrevivir a la enfermedad, pero había rumores que provenían de los que llevaban la comida a los aislados en cuarentena de que ya no mataba como antes y que cuando se contraía los síntomas eran más leves; y había gente que había sobrevivido a las cuarenta y ocho horas mortales y permanecía, aunque muy débil y afiebrada, en el gueto de los apestados.
          Tom se aprestó a los pies de la cama, dispuesto a actuar. La salvación para los dos dependía de que él fuera eficaz. Desechó de su mente cualquier idea de autocondescendencia y procuró no afligirse, sino tratar de desempeñarse como lo hiciera un médico. Había leído a Hipócrates y Galeno, la descripción de la peste azul le era familiar y sabía que la muerte se producía por deshidratación, por lo que intuía que, de la forma que fuera, tenía que rehidratar el cuerpo de Bill. Salió de nuevo a todo correr por el pasadizo y dio a Selvagia instrucciones claras de cómo tenía que disfrazarse de nuevo de muchacho y moverse por las sombras: también susurró al oído de Gary unas palabras y el fiel caballero marchó veloz a cumplir su cometido. Aprovechó su momentánea soledad para examinar a fondo a Bill: las profundas ojeras, los labios resecos, las manos agrietadas: los síntomas de la pérdida de agua galopante. Tomo la jarra de hidromiel y se la vertió en los labios poco a poco, con extrema delicadeza y sumo cuidado. Le dejaba descansar de tanto en tanto, acariciándole con suavidad los cabellos empapados de sudor.
Selvagia se deslizó en la cámara real por la puerta principal, escurridiza como un gato, portando un bulto envuelto en harapos. Gary apareció con varias tinajas y cántaros vacíos y a una seña de Tom ambos se esfumaron por la misma entrada secreta que había hecho desaparecer a Tom. Al poco el noble disponía de todo lo que necesitaba. Todo se realizaba en un eficiente silencio, sin palabras, como si aquellas tres personas se sintieran parte de un mecanismo que debía funcionar como un engranaje perfecto. El bulto que Selvagia había escondido resultó ser una alquitara robada de las bodegas, un aparato para destilar que Tom convirtió en improvisado gotero, colocando el alambique en  la comisura de los labios de Bill de modo que cayera de forma permanente el preciado líquido gota a gota, lo que le salvó la vida. Las tinajas llenas de agua pura se colocaron alrededor del lecho. La alquitara humectaba el ambiente; Tom rasgó las vestiduras de Bill ante la mirada asombrada de sus dos acompañantes, que silenciosos le dejaron hacer. Como siempre en circunstancias al límite, se confiaba a ciegas en quien se tenía al lado trabajando codo con codo. Se acercó al vestidor de Bill y tomó el alcohol de entre los útiles de aseo. Las friegas de alcohol eran entre los nobles a menudo la única práctica de higiene diaria (Bill era en eso la excepción, y también Tom, por su peculiar y excelente educación inspirada en los principios del baño termal diario del mundo romano). Luego, con las manos empapadas en alcohol, se acercó al fuego de la alquitara. El contacto provocó llamaradas, tan intensas como efímeras. Sus compañeros retrocedieron, momentáneamente espantados, pero a esas alturas la capacidad de asombro estaba ya muy mermada y aceptaban a ciegas cualquier cosa que viniera de Thomas. El hecho era que sus manos habían quedado desinfectadas, y sin rastro de quemaduras. Sus amigos siguieron en silencio. No había tiempo de preguntarse por qué ni de pensar en milagros. El joven empapó las manos de agua y se aplicó a humedecer el cuerpo entero del rey, al tiempo que Gary volvía a sus labores de vigilancia en la puerta y Selvagia se evaporaba como por ensalmo del lugar, probablemente para ocuparse de los caballos. La habitación se mantuvo húmeda, en el cuerpo de Bill no dejó de entrar líquido y se mantuvo mojado y enérgicamente masajeado por las palmas de Tom durante más horas de las que su fatigada memoria podía luego recordar. Dormía a ratos sentado en el suelo cabeceando brevemente hasta que volvía a ponerse alerta al poco rato, mirando hacia Bill ansioso. Innumerables veces le dio la vuelta, manteniéndolo siempre húmedo y procurando que no regurgitara lo que bebía. Se daba cuenta apenas de la sucesión de las horas, de la alternancia de luz y claridad con noche y oscuridad, mientras toda su atención estaba puesta en si Bill salía de ese estado de sopor que parecía preceder a los más funestos augurios. Por momentos daba la impresión de que el monarca estaba dormido, en otros se habría podido decir que nunca iba a reaccionar.

           La entrega de Thomas a su cometido fue total. Sus dos compañeros contemplaron con admiración cómo luchaba sin rendirse nunca, ni al agotamiento, ni al desánimo. Al amanecer del tercer día, William, por fin, abrió los ojos y pareció sonreír débilmente al verlo, pero Thomas no pudo darse cuenta de ello, porque había caído exhausto sobre el lecho, con los brazos extendidos en mudo abrazo .
El rey, en su estado de semivigilia al despertar de aquella especie de coma, al ver a Tom creyó que soñaba. El galló cantó innumerables veces, despertando a un soñoliento Gary que dormía en el suelo y que fue el primero en darse cuenta de la mejoría del soberano.
Zarandeó sin piedad con sus modales algo  toscos al profundamente dormido Tom, que se despertó sobresaltado y buscando su daga, de la que  no se separaba sino para ocuparse de Bill.
—¡Señor!¡Milord de Loitsche!¡El rey ha abierto los ojos!
Gary, alborozado, no se daba cuenta de que llamaba la atención de la guardia de los pasillos. Tom se acercó a la cara del monarca y sus rostros quedaron muy juntos, casi tocándose, perfectos en su identidad. Observó detenidamente que ya no presentaba la palidez macilenta del inicio de la enfermedad y que su respiración era tranquila y estable, sin estertores. No obstante, se notaba débil y sin fuerzas, y necesitado de cuidados y descanso. Pegó la frente a la suya sujetándole el cuello con las manos, procurando no llorar de la emoción.
   Gary se acercó al pasillo al oír un creciente murmullo. La noticia de la mejoría del rey estaba corriendo como la pólvora, y los nobles empezaban a salir de sus guaridas atribuyéndose todo tipo de proezas imaginarias en las que supuestamente habían intervenido para salvar la vida del monarca. El fiel caballero, otrora sirviente, barruntó el peligro que corría Tom en esos instantes: seguía siendo el presunto asesino frustrado de Bill, seguía exponiéndose a una caza del hombre donde no habría preguntas ni defensa, sólo una muerte segura, y probablemente lenta y dolorosa. Selvagia entraba en ese momento por el pasadizo. Gary tapó la puerta con su enorme corpulencia, y siseó su advertencia a un enardecido Thomas, que abrazaba sin cesar a su señor.
—Milord, debéis partir cuanto antes. Vuestra vida aquí no vale nada: si os encuentran no tendrán piedad. Ya tendréis tiempo de reivindicar vuestra inocencia….Os lo suplico, ¡Partid sin demora! ¡Tomad a Selvagia y huid sin dilación!
Por la mente de Thomas pasó la percepción del peligro como un rayo. Se apresuró a la salida tras dar un rápido beso en los labios a William; pero cuando ya estaban a las puertas del pasadizo, volvió sobre sus pasos hacia el escritorio y rebuscó sin descanso en los cajones del bargueño con empuñaduras de marfil donde se hallaban los más importantes documentos de estado. Cuando encontró lo que buscaba se lo guardó en el pecho y huyó.

Era el salvoconducto firmado por el rey William que autorizaba al barón de Loitsche a disponer del príncipe Henry y trasladarlo bajo su tutela y abrigo a su residencia de las montañas.

     (Continuará)