Aracne
por Selene Ruiz de Vivar
Miraba a través de un cristal el mundo virtual que se abría dentro,
identificándose, sintiendo una excitación como nunca antes, ni en sus mayores
momentos de gloria….él, que había conocido tantos. Hablaban constantemente de
su persona,(o mejor dicho, de su personaje), lo consideraban como a un dios,
como a un ser superior, atribuyéndole cualidades que no creía poseer,
perfecciones que no existían o eran trucadas…esperaban cada palabra o cada
aparición suya con una expectación casi religiosa, y cuando concedía
esporádicamente una leve visión de su imagen o una epifanía en toda regla, lo
celebraban entregándose a un festival de alegría y culto semiorgiástico como si
fuera un ritual de primavera, de renacimiento, y a fiestas con sabor a pagano
donde él o los dos se entregaban a todo tipo de placeres lujuriantes, entre
ellos o mezclados con ellas, en una celebración intensa de la vida. Era
alborozante e intoxicante contemplarlo: mejor que la más psicodélica de las
drogas.
Un buen
día de pronto sintió la tentación de entrar…sería sólo un momento y saldría tan
indemne como había entrado. Sería muy parecido a un juego de espejos. Además,
el anonimato lo protegería de todo. Lo que más le atraía era el sector que lo
consideraba la pareja de su hermano y le rendía culto a su amor, tal vez porque
era el más arriesgado y extremo y se exponía constantemente a que la jauría
pública lo hubiera podido despedazar
como apestado, (aunque esto nunca ocurría, porque en el mundo virtual el
extremo era el rey). Se sentía algo incómodo y a la vez fascinado con esa
fantasía sexual de sus fans. Las pocas veces que se habían visto obligados a
hacer alusiones en público, (lo que había sucedido de forma inevitable), habían
lanzado el anatema, pero luego se habían sentido tan mal que su hermano incluso
había vomitado al llegar a casa y a continuación se había encerrado en su habitación a llorar,
no por el hecho de tener que hablar de algo así, sino por haberse visto forzado
a negar y vender a unas fans entregadas y leales. No se le oía, pues era un
consumado experto en el llanto silencioso, pero la fortísima conexión entre
ellos hacía llegar a su mente, como si estuviera a un centímetro de su boca,
cada gemido ahogado. Al fin, qué
sencilla de manipular era la mente
humana…no por creerse muy racionales podían dejar de advertir que su
afectividad les hacía ver el mundo como un continuum mitológico…la pareja
divina, el amor excelso…hasta el sexo, y especialmente el sexo, podíamos decir,
era glorioso entre ellos para estas fervientes creyentes: un permanente Olimpo
de placeres divinos.
Cuando creyó que había llegado el momento, entró, con una sensación de
mariposas en el estómago… y vagamente tuvo la impresión, (que pasó enseguida
como si hubiera sido un retazo de sueño incomprensible), de estar lanzándose al
vacío. Su viaje fue a través de una de las muchas bitácoras que existían para
penetrar ese universo, todas ellas fácilmente accesibles. Lo que no sabía era
que una vez dentro le resultaría imposible salir y que ese lugar entre la
realidad y los sueños sería su morada para siempre. ¿Habría entrado igualmente
de haberlo sabido? En sus cuantiosas noches en blanco, con los ojos enrojecidos
después de llorar durante horas con la cabeza bajo la almohada, tuvo ocasión de
hacerse esta pregunta.
Se sentía
presa de un cierto azoramiento la primera vez que conversó con quien él
consideró una de aquellas sacerdotisas de su culto. Habló con altanería y un
punto de conmiseración con ella, sin siquiera molestarse en ponerse un alias.
Pero sin que lo advirtiera al principio, fue cayendo bajo el influjo de la
conmoción que le suponía cada contestación suave, amable y conciliadora. Si
aquello había pretendido ser una lucha de lobos disfrazados, a las primeras de
cambio el que parecía más débil ofreció sus partes más indefensas a la vista en
señal de sumisión. Él, engreído, disfrutó su aparente triunfo…no sabía hasta
que punto las seguridades en ese mundo eran engañosas, las arenas eran movedizas,
las plantas eran carnívoras y el corazón predador.
Al principio y de
forma prepotente le quitó toda esperanza de darse a conocer y no digamos de
tener un fugaz encuentro más allá del cristal, al que ni por asomo prestaba su
imagen ni su voz. Pero, sin darse cuenta, se fue enganchando más y más a la
imágenes manipuladas donde aparecía como fuente de inspiración constante…como
Narciso, se sentía enamorado de su propia belleza y de su capacidad para
inspirar, a veces majestuosamente, a aquellas mujeres de toda edad y condición,
que se autodenominaban reinas, princesas, hadas, animales mitológicos o seres
de leyenda. Empezó a sentir paulatinamente que aquello era más importante
incluso que su propio arte, que hasta entonces y desde su más tierna infancia
había sido el indiscutible sentido de su vida. Aquella sucesión infatigable de
creaciones artísticas, hechas de jirones de esperanza y de luz de seres
anónimos vestidos de sangre real…Se enganchó más y más a las historias
imaginarias que relataban, que para él desde siempre habían cobrado la
dimensión de reales, pero que ahora se sobredimensionaban hasta el punto de
convertirse muchas de ellas en verdaderas obsesiones. Si el personaje de turno
al que él daba su nombre, aspecto y encarnación no actuaba como él hubiera
actuado, le generaba un malhumor que duraba días y dejaba un rescoldo de
amargura en su corazón. Se sentía preso de una furia erótica cada vez que uno
de sus sosias lo hacía y se rebelaba lleno de rabia cuando lo convertían en
asesino, pistolero, en todas las variantes de la inmundicia humana que la mente
puede idear. Su contacto le tranquilizaba con su tono suave como el que doma a
un caballo encabritado y salvaje hablándole al oído. Estaba cayendo en una
trampa, pero él no lo sabía; todavía vivía la certidumbre equívoca de que era
libre, de que no estaba vinculado en aquel peligroso vaivén, que en cualquier
momento podía levantarse y abandonar la partida…
Pero sobre todo,
por encima de todo, se enganchó a su contacto hasta extremos desorbitados.
Hasta el punto de
desatender citas, entrevistas de trabajo y necesidades primarias por estar
atento al portal que los unía.
Por desgracia,
pronto se daría cuenta de que en el mundo virtual tampoco existen los cuentos
de hadas. No fue consciente de en qué momento las cosas empezaron a cambiar ni
recordaba con exactitud el segundo en el que al dulcísimo canto de las sirenas
le sustituyó el chillido agudo y penetrante de las arpías. Cuando quiso darse
cuenta - probablemente fue un
proceso gradual que él vivió como si fuera un instante, un abrir y cerrar de
ojos - dependía para todo de su hermoso contacto, que al propio tiempo se había
ido alejando de él, primero de manera displicente, después con firmeza no
exenta de conmiseración, finalmente con brusquedad y grosería. Su pena no tuvo
límites. Se arrojó aun más al mundo virtual, buscando consuelo; y lo encontró,
pero cada vez más y más encerrado en su propia trampa, porque no podía revelar
quién era: quería ser sincero y no podía, lo que le hacía sentirse sucio y
traidor, lanzándole aún más por la pendiente del desprecio hacia sí mismo.
Perdió todo deseo de crear, de componer, mientras sus fieles sacerdotisas
esperaban con una paciencia infinita que le hacía sentirse aún más culpable.
Pasaron meses y años y él siguió estancado en su agónica sequía creativa, y su
madurez física vino acompañada de un descuido de su imagen, antes impecable y
cuidadosamente estudiada. No le importaba nada. Buscaba a su alter ego sin
encontrarlo durante meses, en los que estaba muerto en vida. El frenesí de las
fiestas, el cariño de sus fieles, el cuaderno de canciones que había vuelto a
retomar y que contenía ahora algunas de sus composiciones más oscuras, no
bastaban a apagar una sed que parecía el suplicio de Tántalo. Pensó en alejarse
de todo, amar a una mujer, tener un hijo, pero nada de esto parecía llenarlo
como a cualquier ser humano le habría sucedido. Le llenaba de orgullo y al
mismo tiempo de desolación que su círculo de fieles ahora le querían por sí
mismo: a él, no a su personaje: sentía una ternura insondable por ellas, pero
sólo amaba a su primer contacto, aquél que se había marchado de su lado sin
decir adiós. Descubrió que, sencillamente, no podía vivir sin su presencia.
Decidió afrontarlo de una vez por todas. Quedaba un mínimo contacto residual de
los tiempos de concordia y felicidad: un punto de la red abandonado pero que
todavía podía transitarse. Haciendo acopio de una fuerza de voluntad
sobrehumana decidió tragarse su orgullo e intentarlo una última vez, pero dando
la cara y el alma. Le pidió con las palabras más sinceras que brotaron de sus
labios que se vieran de una vez a través de la red como paso previo a una
relación fuera de ella. Fue completamente serio y esperó sin acobardarse y
dominando el miedo que se había aposentado en la boca de su estómago… esperó
una respuesta durante semanas. Finalmente llegó…¡aceptaba! No daba esperanzas
de futuro pero no se negaba a que se vieran a través de una pantalla. Era un
paso de gigante. Estaba distante y su tono era frío pero al menos le hablaba.
Preparó cuidadosamente su puesta en escena como en el más importante de sus
conciertos. Se vistió y maquilló cuidadosamente y se ocupó de cada mínimo
detalle del background. Sabía que iba a dar una grandísima, inesperada
sorpresa, y quería hacerlo a lo grande. Además quería dar el paso más
importante de su vida pidiéndole que fuera su primera pareja oficial. Había
pensado en todas las posibles barreras y obstáculos; que fuera demasiado joven,
demasiado mayor, de un país muy lejano, de culturas diferentes, que fuera
hombre, mujer…nada, nada le importaba a su férrea voluntad con tal de que el
vínculo entre ellos se afianzara. La tarde del encuentro se sentó,
nerviosísimo, a la pantalla. Iba a dar lo mejor de él, de eso estaba seguro.
Puso la más bella de sus sonrisas: aquella que iluminaba el mundo. Y no era
impostada ni fingida; aunque deslucida por sus anhelos, era la más real que
había asomado a sus labios nunca. Esperó; se le cortaba la respiración.
Apareció la otra imagen en su pantalla. Por un momento creyó que el espejo de
la pared de su habitación le devolvía su imagen…pero no, ¡eso era físicamente
imposible! Hubo un segundo de vértigo en el que toda su vida se le subió a la
garganta como un vómito. Volvió a mirar, anonadado: la pantalla le devolvía la
cara de su hermano tan consternada y temblorosa como la suya. Se agarró en fase
de negación al hecho de que efectivamente fuera un espejo…por unos segundos,
hasta que ya no pudo negar la realidad. Un torrente de lágrimas le impedía ver
nada, pero intuía que la cara de su hermano reflejaba un dolor seco y duro, sin
fisuras. Supo que estaba condenado para siempre: su alegría y su pena, su sueño
y su pesadilla, caminaban a su lado todos los días, como si fueran su propia
sombra; y así sería hasta que sus ojos se cerraran definitivamente para este
mundo y para el otro.


.jpg)