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domingo, 30 de noviembre de 2014

Aracne (Oneshot)

Aracne

por Selene Ruiz de Vivar

                         Miraba a través de un cristal el mundo virtual que se abría dentro, identificándose, sintiendo una excitación como nunca antes, ni en sus mayores momentos de gloria….él, que había conocido tantos. Hablaban constantemente de su persona,(o mejor dicho, de su personaje), lo consideraban como a un dios, como a un ser superior, atribuyéndole cualidades que no creía poseer, perfecciones que no existían o eran trucadas…esperaban cada palabra o cada aparición suya con una expectación casi religiosa, y cuando concedía esporádicamente una leve visión de su imagen o una epifanía en toda regla, lo celebraban entregándose a un festival de alegría y culto semiorgiástico como si fuera un ritual de primavera, de renacimiento, y a fiestas con sabor a pagano donde él o los dos se entregaban a todo tipo de placeres lujuriantes, entre ellos o mezclados con ellas, en una celebración intensa de la vida. Era alborozante e intoxicante contemplarlo: mejor que la más psicodélica de las drogas.

     Un buen día de pronto sintió la tentación de entrar…sería sólo un momento y saldría tan indemne como había entrado. Sería muy parecido a un juego de espejos. Además, el anonimato lo protegería de todo. Lo que más le atraía era el sector que lo consideraba la pareja de su hermano y le rendía culto a su amor, tal vez porque era el más arriesgado y extremo y se exponía constantemente a que la jauría pública lo hubiera podido  despedazar como apestado, (aunque esto nunca ocurría, porque en el mundo virtual el extremo era el rey). Se sentía algo incómodo y a la vez fascinado con esa fantasía sexual de sus fans. Las pocas veces que se habían visto obligados a hacer alusiones en público, (lo que había sucedido de forma inevitable), habían lanzado el anatema, pero luego se habían sentido tan mal que su hermano incluso había vomitado al llegar a casa y a continuación  se había encerrado en su habitación a llorar, no por el hecho de tener que hablar de algo así, sino por haberse visto forzado a negar y vender a unas fans entregadas y leales. No se le oía, pues era un consumado experto en el llanto silencioso, pero la fortísima conexión entre ellos hacía llegar a su mente, como si estuviera a un centímetro de su boca, cada gemido ahogado.       Al fin, qué sencilla de manipular  era la mente humana…no por creerse muy racionales podían dejar de advertir que su afectividad les hacía ver el mundo como un continuum mitológico…la pareja divina, el amor excelso…hasta el sexo, y especialmente el sexo, podíamos decir, era glorioso entre ellos para estas fervientes creyentes: un permanente Olimpo de placeres divinos.

                    Cuando creyó que había llegado el momento, entró, con una sensación de mariposas en el estómago… y vagamente tuvo la impresión, (que pasó enseguida como si hubiera sido un retazo de sueño incomprensible), de estar lanzándose al vacío. Su viaje fue a través de una de las muchas bitácoras que existían para penetrar ese universo, todas ellas fácilmente accesibles. Lo que no sabía era que una vez dentro le resultaría imposible salir y que ese lugar entre la realidad y los sueños sería su morada para siempre. ¿Habría entrado igualmente de haberlo sabido? En sus cuantiosas noches en blanco, con los ojos enrojecidos después de llorar durante horas con la cabeza bajo la almohada, tuvo ocasión de hacerse esta pregunta.


        Se sentía presa de un cierto azoramiento la primera vez que conversó con quien él consideró una de aquellas sacerdotisas de su culto. Habló con altanería y un punto de conmiseración con ella, sin siquiera molestarse en ponerse un alias. Pero sin que lo advirtiera al principio, fue cayendo bajo el influjo de la conmoción que le suponía cada contestación suave, amable y conciliadora. Si aquello había pretendido ser una lucha de lobos disfrazados, a las primeras de cambio el que parecía más débil ofreció sus partes más indefensas a la vista en señal de sumisión. Él, engreído, disfrutó su aparente triunfo…no sabía hasta que punto las seguridades en ese mundo eran engañosas, las arenas eran movedizas, las plantas eran carnívoras y el corazón predador.
      
    Al principio y de forma prepotente le quitó toda esperanza de darse a conocer y no digamos de tener un fugaz encuentro más allá del cristal, al que ni por asomo prestaba su imagen ni su voz. Pero, sin darse cuenta, se fue enganchando más y más a la imágenes manipuladas donde aparecía como fuente de inspiración constante…como Narciso, se sentía enamorado de su propia belleza y de su capacidad para inspirar, a veces majestuosamente, a aquellas mujeres de toda edad y condición, que se autodenominaban reinas, princesas, hadas, animales mitológicos o seres de leyenda. Empezó a sentir paulatinamente que aquello era más importante incluso que su propio arte, que hasta entonces y desde su más tierna infancia había sido el indiscutible sentido de su vida. Aquella sucesión infatigable de creaciones artísticas, hechas de jirones de esperanza y de luz de seres anónimos vestidos de sangre real…Se enganchó más y más a las historias imaginarias que relataban, que para él desde siempre habían cobrado la dimensión de reales, pero que ahora se sobredimensionaban hasta el punto de convertirse muchas de ellas en verdaderas obsesiones. Si el personaje de turno al que él daba su nombre, aspecto y encarnación no actuaba como él hubiera actuado, le generaba un malhumor que duraba días y dejaba un rescoldo de amargura en su corazón. Se sentía preso de una furia erótica cada vez que uno de sus sosias lo hacía y se rebelaba lleno de rabia cuando lo convertían en asesino, pistolero, en todas las variantes de la inmundicia humana que la mente puede idear. Su contacto le tranquilizaba con su tono suave como el que doma a un caballo encabritado y salvaje hablándole al oído. Estaba cayendo en una trampa, pero él no lo sabía; todavía vivía la certidumbre equívoca de que era libre, de que no estaba vinculado en aquel peligroso vaivén, que en cualquier momento podía levantarse y abandonar la partida…

     Pero sobre todo, por encima de todo, se enganchó a su contacto hasta extremos desorbitados.

     Hasta el punto de desatender citas, entrevistas de trabajo y necesidades primarias por estar atento al portal que los unía.

    Por desgracia, pronto se daría cuenta de que en el mundo virtual tampoco existen los cuentos de hadas. No fue consciente de en qué momento las cosas empezaron a cambiar ni recordaba con exactitud el segundo en el que al dulcísimo canto de las sirenas le sustituyó el chillido agudo y penetrante de las arpías. Cuando quiso darse cuenta            - probablemente fue un proceso gradual que él vivió como si fuera un instante, un abrir y cerrar de ojos - dependía para todo de su hermoso contacto, que al propio tiempo se había ido alejando de él, primero de manera displicente, después con firmeza no exenta de conmiseración, finalmente con brusquedad y grosería. Su pena no tuvo límites. Se arrojó aun más al mundo virtual, buscando consuelo; y lo encontró, pero cada vez más y más encerrado en su propia trampa, porque no podía revelar quién era: quería ser sincero y no podía, lo que le hacía sentirse sucio y traidor, lanzándole aún más por la pendiente del desprecio hacia sí mismo. Perdió todo deseo de crear, de componer, mientras sus fieles sacerdotisas esperaban con una paciencia infinita que le hacía sentirse aún más culpable. Pasaron meses y años y él siguió  estancado en su agónica sequía creativa, y su madurez física vino acompañada de un descuido de su imagen, antes impecable y cuidadosamente estudiada. No le importaba nada. Buscaba a su alter ego sin encontrarlo durante meses, en los que estaba muerto en vida. El frenesí de las fiestas, el cariño de sus fieles, el cuaderno de canciones que había vuelto a retomar y que contenía ahora algunas de sus composiciones más oscuras, no bastaban a apagar una sed que parecía el suplicio de Tántalo. Pensó en alejarse de todo, amar a una mujer, tener un hijo, pero nada de esto parecía llenarlo como a cualquier ser humano le habría sucedido. Le llenaba de orgullo y al mismo tiempo de desolación que su círculo de fieles ahora le querían por sí mismo: a él, no a su personaje: sentía una ternura insondable por ellas, pero sólo amaba a su primer contacto, aquél que se había marchado de su lado sin decir adiós. Descubrió que, sencillamente, no podía vivir sin su presencia. Decidió afrontarlo de una vez por todas. Quedaba un mínimo contacto residual de los tiempos de concordia y felicidad: un punto de la red abandonado pero que todavía podía transitarse. Haciendo acopio de una fuerza de voluntad sobrehumana decidió tragarse su orgullo e intentarlo una última vez, pero dando la cara y el alma. Le pidió con las palabras más sinceras que brotaron de sus labios que se vieran de una vez a través de la red como paso previo a una relación fuera de ella. Fue completamente serio y esperó sin acobardarse y dominando el miedo que se había aposentado en la boca de su estómago… esperó una respuesta durante semanas. Finalmente llegó…¡aceptaba! No daba esperanzas de futuro pero no se negaba a que se vieran a través de una pantalla. Era un paso de gigante. Estaba distante y su tono era frío pero al menos le hablaba. Preparó cuidadosamente su puesta en escena como en el más importante de sus conciertos. Se vistió y maquilló cuidadosamente y se ocupó de cada mínimo detalle del background. Sabía que iba a dar una grandísima, inesperada sorpresa, y quería hacerlo a lo grande. Además quería dar el paso más importante de su vida pidiéndole que fuera su primera pareja oficial. Había pensado en todas las posibles barreras y obstáculos; que fuera demasiado joven, demasiado mayor, de un país muy lejano, de culturas diferentes, que fuera hombre, mujer…nada, nada le importaba a su férrea voluntad con tal de que el vínculo entre ellos se afianzara. La tarde del encuentro se sentó, nerviosísimo, a la pantalla. Iba a dar lo mejor de él, de eso estaba seguro. Puso la más bella de sus sonrisas: aquella que iluminaba el mundo. Y no era impostada ni fingida; aunque deslucida por sus anhelos, era la más real que había asomado a sus labios nunca. Esperó; se le cortaba la respiración. Apareció la otra imagen en su pantalla. Por un momento creyó que el espejo de la pared de su habitación le devolvía su imagen…pero no, ¡eso era físicamente imposible! Hubo un segundo de vértigo en el que toda su vida se le subió a la garganta como un vómito. Volvió a mirar, anonadado: la pantalla le devolvía la cara de su hermano tan consternada y temblorosa como la suya. Se agarró en fase de negación al hecho de que efectivamente fuera un espejo…por unos segundos, hasta que ya no pudo negar la realidad. Un torrente de lágrimas le impedía ver nada, pero intuía que la cara de su hermano reflejaba un dolor seco y duro, sin fisuras. Supo que estaba condenado para siempre: su alegría y su pena, su sueño y su pesadilla, caminaban a su lado todos los días, como si fueran su propia sombra; y así sería hasta que sus ojos se cerraran definitivamente para este mundo y para el otro.



Totally caught (Oneshot)





                                             TOTALLY CAUGHT   

                                              por Selene Ruiz de Vivar

                         

                                                                          Nobis cum semel occideret brevis lux…



                 Estaban en París, buscando localizaciones para el videoclip de lo que iba a lanzarse como su primer single. Apuró su vodka solo, sonriendo para sus adentros. El alcohol corría por sus venas, desinhibiéndolo y haciendo que se sintiera libre. No era tan malo, después de todo. Al fin y al cabo, todo acababa en esta vida; y precisamente ésa era su belleza, el carácter efímero y  pasajero de muchos de los acontecimientos de la existencia que en su momento fueron vividos y percibidos como de desmesurada importancia. Se habían hecho mayores y ya no habría tenido ningún  sentido seguir viviendo reconcentrados sobre sí mismos: en eso consistía ¿no? el secreto de la perpetuación de las especies: uno abandonaba a su propia familia, la seguridad del nido, y volaba a cortejar y aparearse con hembras a cielo abierto mientras alrededor estallaba la primavera…
  

       La seguridad del nido…recordó con un punto de nostalgia cómo eran: dos personas idénticas viviendo dentro de su propio sueño, arrojados a la vorágine de la fama, nadando entre tiburones, rodeados por la locura desenfrenada de sus jovencísimas fans. Recordó el concierto multitudinario que había tenido lugar a poca distancia de donde se encontraba en ese mismo momento, los momentos de emoción y gloria, lo orgullosos que se habían sentido, cómo la adrenalina corría por sus venas como la más potente y tóxica de las sustancias prohibidas cuando volvieron al hotel; y cómo al dirigirse a sus habitaciones contiguas le había agarrado por el brazo y empujado al interior de la suya, cómo apenas había dado un puntapié a la puerta para cerrarla y ya le agarraba de la cabeza apoderándose de sus labios húmedos como una fruta fresca…sintiendo la excitación de su propia dominación que le redoblaba las fuerzas como una auténtica voluntad de poder.
     Cuando se había dado cuenta de sus sentimientos se había apoderado de él una sensación de pánico de la que sólo se sentía libre en el escenario. Lo que en un contexto ordinario se habría vivido con culpa y vergüenza, escondido como un inaccesible secreto, salía de golpe a la luz y era armoniosa e intensamente coreado por miles de voces suaves que le hacían el efecto de cantos de sirenas y le inoculaban una sensación de euforia que derribaba hasta la última de sus defensas, prejuicios y barreras. Su amor emanaba como una fuerza del Universo y él se sentía vivo y sobre todo, se sentía él. De esta sensación (siempre acompañada del inevitable miedo a la pérdida), salieron las más bellas de sus composiciones.
   
      En su cerebro se posó el recuerdo de la gloria de aquel cuerpo bello y desnudo. Casi sin transición apartó como pudo esos pensamientos de su cabeza, sonrojándose avergonzado. Se forzó a  pensar en otra cosa. Vinieron en su ayuda recuerdos de otra estancia en París en la que desde el balcón de aquel  mismo hotel había enseñado a un diseñador extremadamente famoso de su país la explanada testigo de su antiguo y multitudinario éxito. Quinientas mil personas habían coreado allí su nombre y aquel pedante se empeñaba toda la noche en ningunearlo sacando a paseo su título de Licenciado en Psicología por Braunschweig y preguntando insistentemente por su currículo académico hasta forzarlo a reconocer que sólo había tenido tiempo de graduarse en la secundaria. Insufrible tipo; no callaba, su logorrea no tenía fin. Haciendo gala de su vena más masoquista, se había avenido a compartir con él un cigarro que había hecho arder a sus fans más aferradas. Su mente le traicionó haciendo que recordara lo solo que se había sentido en París sin su alter ego.
      Volvió a pensar de nuevo en el presente y en cómo las cosas estaban bien como estaban. Sí. Ahora eran adultos. Ya no había aquella imperiosa necesidad de cuidado, de protección del uno al otro. Esa necesidad física de verse, de estar cerca, de tocarse, siquiera fuera levísimamente, de quedarse prendido el uno del otro. Como adolescentes había sido bello, como hombres barbados habría sido otra cosa, con un punto incluso incómodo. Se revolvió en su silla, evocando aquella necesidad que había llegado a hacerle sentir enfermo y cansado, y, exorcizando sus demonios interiores, intentó olvidarse de lo adictiva que había sido para él.

       Pensó que él también debía, en este sentido, resolver su vida. Se contempló en las paredes forradas de espejo de la sala, sólo un momento. Su masculina belleza, el perfil perfecto, los ojos dominadores. No tendría ningún problema, como nunca lo había tenido. Cualquiera se sentiría privilegiado a su lado. Sus veinticinco años le habían esculpido magníficamente, convirtiéndolo en un ejemplar de hombre joven maduro y deseable. Desde su emplazamiento en el salón tenía acceso a unas vistas espléndidas de la ciudad a vista de pájaro.  Se sentía, hasta cierto punto, contento; incluso pletórico.



    Al girarse ligeramente, pudo apreciar cómo su hermano subía de la mano de aquella mujer. Intentó sonreír. Ella estaba muy arreglada y maquillada y él estaba, estaba… ¿cómo estaba? Su mente no logró precisar la palabra, simplemente porque no le respondía. En su lugar, era su estómago el que había tomado el mando. Le había dado un vuelco que en un primer momento no logró asimilar: le resultó incomprensible. Sentía ganas de levantarse, de expulsar todo el vodka que ahora le provocaba una molestia ardiente.
       
        Reconoció la sensación al poco tiempo porque era la misma, la misma de siempre; no cambiaba nada, y no tuvo más remedio que reconocerlo ante sí mismo. A pesar del alcohol, de los esfuerzos de autoconvencimiento, de los discursos de la perpetuación de la especie y el instinto de supervivencia…su estómago, su corazón, se negaban a seguir a su mente y sus pensamientos, y seguían dando un vuelco cada vez que veía a su hermano. La hermosa ciudad, la ciudad del amor, le regalaba una hermosa neblina azulada, mezclada con un olor a jazmín que parecía invitarle a disfrutar de la belleza y el placer. Le resultó tan irónico que estuvo a punto de escapársele una perversa carcajada que reprimió haciendo acopio de todas sus fuerzas. Su humor de pronto se desplomó.


        Se giró de nuevo tristemente y encendió un cigarrillo. Inspiró y exhaló fuertemente el aire de sus pulmones. Las volutas de humo se perdieron en la inmensidad del cielo de París mientras oía las risas ahogadas y los besos que aquella mujer le robaba a su reflejo.
    
         
 

       

La pasión de la espada, Cap. I.

Esta historia está por completo inspirada en el video de la canción de Tokio Hotel "Love who loves you back". Desde el primer momento en que lo vi me evocó a un rey paseando por una corte corrupta o en crisis y luchando por sobrevivir en ella. No hay en ella nada que no sea de mi cosecha, es producto total de mi imaginación y sólo un divertimento; no tiene pretensiones literarias ni de ningún otro tipo. Los nombres están prestados de la vida real de los protagonistas y ahí se acaban los parecidos. Quiero dedicársela a Adriana, Archange, Haru y Lia que impulsaron a mi naturaleza indolente a escribir. Es algo que sólo hago si alguien me lo pide, así que puede que esta historia  no tenga una vida muy larga ;). Como sea,  hoy por hoy yo la dejo fluir :D
        Advertencias: slash, AU, twincest no relacionado





  La pasión de la espada



Por Selene Ruiz de Vivar

“Yo, William, Rey de la isla de Suburbia  por la gracia de los antiguos dioses, defensor de la antigua religión, en cuyo seno deseo vivir y morir, declaro ante el Notario Real mi decisión de que si se produjera mi deceso en la batalla o los dioses decidieran llamarme a ocupar mi lugar a su lado en las Islas Afortunadas, sea regente durante la menor edad de mi hijo Henry Fitzroy nuestro muy estimado y amado barón Trümper, fiel  compañero y defensor en el combate, que ha de saber regir los destinos del reino como yo mismo, y cuando llegue el momento, entregar el cetro a mi amado hijo. Es asimismo mi deseo que todos los deberes, derechos y prerrogativas de mi real condición pasen a él como Protector y Regente del Reino de Suburbia así como que se le entregue el honor y la responsabilidad de cuidar de mi amado pueblo…”

Sumamente complicado—suspiró—evitar la palabra maldita…
Cierto—replicó el lord chambelán—peste, Sire, es una palabra que nadie desea oír en la Corte.
 Ha sido la mejor decisión mi proyecto de enviar a mi heredero a las montañas—el rey casi hablaba para sus adentros—no puedo  imaginarme perderlo también a él.


                    Los hermosos ojos del rey se entristecieron y apuntó una lágrima que quedó suspendida por un momento como una fugaz joya transparente.



              La pacífica, casi bucólica vida de la isla de Suburbia se había visto ensombrecida  por la llegada de una mortífera enfermedad  transmitida por los barcos que llegaban a puerto cargados de provisiones pero también de ámbar del Báltico y piedras preciosas. William no podía dejar de lamentarse de que su reino, que gracias a sus riquezas naturales había sido durante siglos autosuficiente, hubiera alcanzado un nivel de prosperidad nunca conocido antes, que había apuntado ya en vida de su padre, el rey Jörg, pero había alcanzado su culminación en su propio reinado. Este hecho le habría debido hacerse sentir orgulloso, pero en su interior lo lamentaba profundamente, pues su inteligente  y acertada gestión de los asuntos del reino había abierto las puertas a la necesidad cada vez mayor de lujo y ostentación de sus súbditos, había atraído a codiciosos de toda índole y le había obligado a reforzar las fronteras naturales de la isla con defensas hasta entonces innecesarias por los escarceos y la piratería del resto de las islas del archipiélago a las que la bonanza económica de Suburbia había llamado la atención. Hasta entonces había sido una isla menor; su mismo nombre hacía referencia a su relativa poca importancia para el resto de las islas y el continente. El rey William, apodado cariñosamente Will the Handsome por sus súbditos, que lo idolatraban, sentía con amargura en su corazón que sus buenas intenciones y su inteligencia estuvieran dando estos frutos. Su fugaz matrimonio concertado con una princesa del continente, a la que su buen corazón había permitido amar tiernamente aunque sin excesiva pasión, había dado como fruto lo que más amaba en el mundo, su hijo Henry. Por desgracia la reina había muerto poco después de dar a luz, dejándolo en la más completa desolación, pero espoleado por tener a una criatura a quien cuidar, a quien dar todo su amor. En el lecho de muerte  le había prometido a su hermosa Margaret, cuya palidez ya indicaba que la Parca estaba a punto de cortar el hilo invisible de la existencia, que cuidaría de su hijo hasta el final, empeñando su vida si fuera necesario. Cuando llegó la peste Henry tenía tres años y su mayor diversión era jugar con su cariñoso perro, (un cachorro de bulldog inglés que lo seguía a todas partes) y con su espada de madera, con la que gustaba de emular las hazañas de su padre en los torneos. William era un consumado espadachín y un guerrero famoso por su fiereza, pero también un poeta, un rey con alma de trovador. Su madre, la reina Charlotte, había traído a Suburbia el refinamiento del continente y había sido la encargada de proporcionar a William una esmerada educación que incluía el francés, la música- el joven tocaba el arpa y el clavicémbalo- y la lectura de los más exquisitos poetas del mundo. Para que su vástago no se sintiese solo había llamado a la corte a los hijos de los levantiscos barones de las montañas. La brillante Charlotte pretendía también, y de hecho consiguió, afianzar así la futura lealtad de los herederos de las baronías para con su hijo Will. Los barones eran famosos por ser díscolos y salvajes, pero en Arcadia, la capital de Suburbia, sus hijos se habían contagiado de las maneras cortesanas sin descuidar sus obligaciones guerreras. El más destacado de todos era Thomas Nicholas Trümper, el descendiente del más poderoso barón, el sanguinario Gordon Trümper, antiguo rival de Jörg. Thomas había sido el mejor amigo de la infancia de Will, el más avezado en esgrima-dominaba a la perfección el sable, el florete y la espada- y también un consumado maestro que tocaba a la perfección el clavicordio, el laúd y la viola da gamba, en la que era un verdadero virtuoso. William se había sorprendido más de una vez a sí mismo escuchando boquiabierto aquellas melodías que parecían provenir  de los propios ángeles  mientras miraba sin pestañear el instrumento entre las piernas abiertas de su íntimo amigo, sin poderse creer que manos humanas pudieran arrancar esos acordes.
 La vida había transcurrido demasiado deprisa y de paso había ensimismado en sus obligaciones a William, que había contraído matrimonio muy joven y se había visto obligado a asumir las tareas de gobierno siendo apenas un adolescente tras la temprana muerte de sus padres, a los que siempre recordaba como modelos a seguir, además de tener la íntima certeza de que no había logrado en su breve y fugaz matrimonio la armonía de cuerpo y alma que había envidiado en ellos y deseado para sí mismo: tener a su lado a alguien que le ayudara a llevar el peso de la corona -a veces una verdadera espada de Damocles sobre su cabeza- a la par que fuera compañía para su alma y fuego en su lecho. Will se daba, (aun a despecho de su juventud), por desistido del amor, ese regalo de los dioses.
                                                                                                                        (To be continued)