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sábado, 26 de diciembre de 2015

Muérdago y abetos verdes, viñeta de Navidad :D



Muérdago y abetos verdes

—Bill, ¿has terminado? Vamos a tomar un café. Porque estoy cansado, ¿sabes?
—Qué flojo eres, Tom. Te estresas a las primeras de cambio. Sólo hemos recorrido cinco o seis tiendas y ya te estás quejando. Además en la joyería artesanal hemos encargado la buena obra del día…
—Estoy harto, Bill, y hastiado. He cedido a todos tus caprichos y cargado con todos tus paquetes. Basta por hoy.
Bill entendió que era el momento de ceder. Al fin y al cabo su hermano tenía toda la razón. Como siempre, le había seguido fielmente, cargando con la cesta de la compra en la papelería y mirando con parsimonia no exenta de desdén el papel satinado y brillante que el propio Bill había elegido, excesivo como todo lo suyo, mientras Tom se decantaba por uno mucho más sencillo de fondo rojo con pequeños abetos verdes. Era toda una prueba de cariño haber aceptado acompañarlo, y se sintió internamente reconfortado y agradecido por ello. Pararon a tomar café brevemente y marcharon con rumbo a casa a prepararlo todo, pues era víspera de Nochebuena, y Santa Claus haría su aparición sigilosa en algún momento indeterminado de esa noche. Al entrar en casa, intentó besarlo debajo del muérdago, pero Tom lo esquivó de forma hábil y algo bruscamente. Bill sintió un alfilerazo en el corazón, pero no dijo nada. Su hermano desapareció mientras él se ponía cómodo. Rodeado de sus perros, se dispuso a preparar los regalos en sus envoltorios, algo que le encantaba desde niño. Tom bajó de nuevo, rápidamente, y cuando se dio la vuelta para mirarlo, se le heló la sonrisa en los labios, al verlo con la cazadora puesta y  listo para salir, con un hermoso paquetito envuelto en el papel rojo de abetos verdes en la mano.
—   ¿Te vas?—el mohín de su cara y su voz algo temblorosa delataban una desilusión que odiaba sentir y no poder disimular.
—Voy a ver a quien tú ya sabes y a darle su regalo. Volveré para la cena.
Bill volvió la cara, al sentir que sus ojos se ponían húmedos. Aquella estúpida señal de debilidad por su parte era absolutamente inconveniente. Su hermano un día de estos iba a hartarse de su codependencia emocional y poner distancia entre ellos, y él prefería cualquier cosa antes que eso.
—Ok, no te preocupes, vuelve cuando quieras, no hay problema por el hecho de que pases la noche fuera, con tal de que llegues mañana entero a la comida de Navidad—dijo sonriendo de oreja a oreja, y le guiño el ojo desenfadadamente, disimulando sus verdaderas sensaciones.
—Hasta luego—contestó Tom, marchándose con rapidez y cerrando la puerta de golpe. Las lágrimas luchaban por agolparse a los ojos de Bill, que parpadeó varias veces para evitarlo. Los perros, olisqueando el drama, se le habían acercado solícitos. Las luces del árbol parpadeaban incesantes, molestándole a conciencia, aunque un momento antes las había encontrado deliciosamente acogedoras. Subió a su habitación, decidido a meditar un rato a oscuras. No sabía por qué, se encontraba tan deprimido que habría podido morirse. Maldito Tom.
Se encontró llorando de pronto a raudales en la oscuridad y encima sus sentidos le estaban engañando pues le parecía aspirar su fragancia, como si él no se hubiera ido. Sintió una sensación muy molesta de ahogo y forcejeó entre las sombras. Una risa sarcástica y maligna sonaba in crescendo.
—¡Mierda, Tom! ¿Eres imbécil? ¿Por dónde has entrado? ¿Te parece una broma graciosa ponerme una almohada en la cara? ¡Has podido matarme del susto!
—Eres muy tonto, Bill. Tienes el rímel todo corrido
 —la voz de Tom sonaba tierna. Bill se avergonzó terriblemente.
—¿Tú no te habías ido?
—Qué ingenuo. Sólo he dado una vuelta por el jardín. ¿De verdad creías que iba a dejarte pasar la Nochebuena solo? Toma. Tu regalo—y extendió la mano con el paquetito rojo y verde. Más vale que te guste.
Bill lo abrió, temblando ligeramente. El brazalete con sus iniciales apareció ante sus ojos. Ahora ya sabía quién era el misterioso benefactor de su proyecto de asilo y refugio para perros. Se asió a él, como si la existencia del mundo dependiera de ello.
—Baja a la chimenea—dijo Tom susurrando, pero en su tono había un matiz imperioso.
—¿Por qué? Quedémonos aquí en nuestra habitación.
—No  te haré el amor si no estamos bajo el muérdago.
Bill se levantó como movido por un resorte. Tom pensó que nunca había visto a nadie bajando tan rápido las escaleras.

—Santa Claus—murmuró—me temo que esta noche vamos a esperarte despiertos.