Muérdago y abetos verdes
—Bill, ¿has
terminado? Vamos a tomar un café. Porque estoy cansado, ¿sabes?
—Qué flojo
eres, Tom. Te estresas a las primeras de cambio. Sólo hemos recorrido cinco o
seis tiendas y ya te estás quejando. Además en la joyería artesanal hemos
encargado la buena obra del día…
—Estoy
harto, Bill, y hastiado. He cedido a todos tus caprichos y cargado con todos
tus paquetes. Basta por hoy.
Bill
entendió que era el momento de ceder. Al fin y al cabo su hermano tenía toda la
razón. Como siempre, le había seguido fielmente, cargando con la cesta de la
compra en la papelería y mirando con parsimonia no exenta de desdén el papel
satinado y brillante que el propio Bill había elegido, excesivo como todo lo
suyo, mientras Tom se decantaba por uno mucho más sencillo de fondo rojo con
pequeños abetos verdes. Era toda una prueba de cariño haber aceptado
acompañarlo, y se sintió internamente reconfortado y agradecido por ello.
Pararon a tomar café brevemente y marcharon con rumbo a casa a prepararlo todo,
pues era víspera de Nochebuena, y Santa Claus haría su aparición sigilosa en
algún momento indeterminado de esa noche. Al entrar en casa, intentó besarlo
debajo del muérdago, pero Tom lo esquivó de forma hábil y algo bruscamente.
Bill sintió un alfilerazo en el corazón, pero no dijo nada. Su hermano desapareció
mientras él se ponía cómodo. Rodeado de sus perros, se dispuso a preparar los
regalos en sus envoltorios, algo que le encantaba desde niño. Tom bajó de
nuevo, rápidamente, y cuando se dio la vuelta para mirarlo, se le heló la
sonrisa en los labios, al verlo con la cazadora puesta y listo para salir, con un hermoso paquetito
envuelto en el papel rojo de abetos verdes en la mano.
—
¿Te
vas?—el mohín de su cara y su voz algo temblorosa delataban una desilusión que
odiaba sentir y no poder disimular.
—Voy a ver a
quien tú ya sabes y a darle su regalo. Volveré para la cena.
Bill volvió
la cara, al sentir que sus ojos se ponían húmedos. Aquella estúpida señal de
debilidad por su parte era absolutamente inconveniente. Su hermano un día de
estos iba a hartarse de su codependencia emocional y poner distancia entre
ellos, y él prefería cualquier cosa antes que eso.
—Ok, no te
preocupes, vuelve cuando quieras, no hay problema por el hecho de que pases la noche
fuera, con tal de que llegues mañana entero a la comida de Navidad—dijo
sonriendo de oreja a oreja, y le guiño el ojo desenfadadamente, disimulando sus
verdaderas sensaciones.
—Hasta
luego—contestó Tom, marchándose con rapidez y cerrando la puerta de golpe. Las
lágrimas luchaban por agolparse a los ojos de Bill, que parpadeó varias veces
para evitarlo. Los perros, olisqueando el drama, se le habían acercado
solícitos. Las luces del árbol parpadeaban incesantes, molestándole a
conciencia, aunque un momento antes las había encontrado deliciosamente
acogedoras. Subió a su habitación, decidido a meditar un rato a oscuras. No
sabía por qué, se encontraba tan deprimido que habría podido morirse. Maldito
Tom.
Se encontró
llorando de pronto a raudales en la oscuridad y encima sus sentidos le estaban
engañando pues le parecía aspirar su fragancia, como si él no se hubiera ido.
Sintió una sensación muy molesta de ahogo y forcejeó entre las sombras. Una
risa sarcástica y maligna sonaba in crescendo.
—¡Mierda,
Tom! ¿Eres imbécil? ¿Por dónde has entrado? ¿Te parece una broma graciosa
ponerme una almohada en la cara? ¡Has podido matarme del susto!
—Eres muy
tonto, Bill. Tienes el rímel todo corrido
—la voz de Tom sonaba tierna. Bill se
avergonzó terriblemente.
—¿Tú no te
habías ido?
—Qué
ingenuo. Sólo he dado una vuelta por el jardín. ¿De verdad creías que iba a
dejarte pasar la Nochebuena solo? Toma. Tu regalo—y extendió la mano con el
paquetito rojo y verde. Más vale que te guste.
Bill lo
abrió, temblando ligeramente. El brazalete con sus iniciales apareció ante sus
ojos. Ahora ya sabía quién era el misterioso benefactor de su proyecto de asilo
y refugio para perros. Se asió a él, como si la existencia del mundo dependiera
de ello.
—Baja a la
chimenea—dijo Tom susurrando, pero en su tono había un matiz imperioso.
—¿Por qué? Quedémonos
aquí en nuestra habitación.
—No te haré el amor si no estamos bajo el
muérdago.
Bill se
levantó como movido por un resorte. Tom pensó que nunca había visto a nadie
bajando tan rápido las escaleras.
—Santa
Claus—murmuró—me temo que esta noche vamos a esperarte despiertos.
