LA PASIÓN DE LA ESPADA, cap XIII
POR SELENE RUIZ DE VIVAR
Thomas se
levantó del lecho donde se hallaba su señor, exhausto por las horas
ininterrumpidas de arrebato amoroso. Sorprendentemente, ni su cuerpo ni su
mente lograban un merecido descanso, y habría seguido la mañana entera tratando
de encontrar en el cuerpo del agotado rey las respuestas a sus innumerables
preguntas. Se pasó la mano por su armónico rostro de proporciones griegas,
ahora contraído por un rictus de remordimiento. Sentía que estaba amando contra
todas las leyes divinas y humanas, bordeando la frontera del abismo usando una
descomunal fuerza, titánica, para luchar si hiciera falta contra todo y contra
todos, y a la par un sufrimiento que amenazaba el límite de lo superable. La
insoportable paradoja de que su amor fuera su daño le atenazaba el cerebro, que
parecía estar a punto de romperse. Tembló,
atisbando por primera vez la amenaza de la locura. El recuerdo de las
enseñanzas de su mentor volvió, como muchas veces en momentos clave de su
existencia. Recordó la más siniestra de las máximas y consignas de los
clásicos, pronunciada por aquel hombre de prolongada influencia en sus vidas
con voz dramática y engolada: quod deus
perdere vult, prius dementat: a quien los dioses quieren destruir, primero
lo vuelven loco...en un alarde de autocontrol y fuerza decidió, a lo largo de un interminable y decisivo momento, que su única opción era resistir, anteponiendo
su amor por encima de todo; pero tendría que ser a un alto precio, siendo extremadamente
prudente, y arriesgándose a que sus actos fueran malinterpretados; y decidió
también que merecía la pena luchar, y no rendirse.
Salió a los
largos pasillos de piedra luego de haber posado largamente su mirada sobre su
hermoso amante, que dormía con un sueño inquieto, poblado probablemente de
pesadillas que esperaba no fueran tan lóbregas como las suyas. La vida en el
castillo tenía que seguir y alguien debía ocuparse de dirigirla con mano
férrea. William necesitaba todo el apoyo que él fuera capaz de darle. En
aquellas circunstancias extremas de destrucción y muerte, el vivir momento a
momento era la única salvación.
De pronto en
uno de los recodos lo detuvo una mano que parecía salir de la nada: Thomas
habría jurado haberla visto brotar de la misma piedra. El rostro arrugado y siniestro
del chambelán apareció ante él con una sonrisa que, si pretendía ser amable,
estaba desde luego muy lejos de lograrlo. Las sombras del oscuro pasillo, al
que no llegaba la claridad del día, daban a aquel cortesano de abigarrados
ropajes un aspecto tenebroso.
—Hermoso
Thomas—dijo aquel hombre sin apartar la mano—veo que no os detenéis ante nada.
No se puede negar que sois un hombre ambicioso—el siniestro chambelán rió entre
dientes, acentuando la sensación de asco y desprecio que había comenzado a
nacer en Tom desde el momento en que lo había reconocido. El hombre seguía
hablando, y de sus labios salía un aliento fétido que hizo que Tom volviera la
cabeza, al borde de sentirse enfermo.
—¿Sabéis qué
encuentro admirable en vos? La ascendencia que habéis logrado en el rey en tan
corto espacio de tiempo. Sin duda sois hombre de recursos —se aproximó más
todavía, tomando a Tom del mentón, gesto que fue rechazado con violencia—yo
tampoco soy ajeno a los placeres de Sodoma, y un hermoso joven como vos…quizás…
podría hacer que quisiera poner el mundo a sus pies. No tengo la lozanía de
Will pero tal vez lo supere en maestría—Tom controló momentáneamente el deseo
de romper la mandíbula de aquel traidor e impedirle que siguiera hablando—y soy
el único que puede ofreceros el trono en bandeja. Pensadlo, Excelencia. Sabéis
dónde encontrarme—y después de haber pronunciado aquellas palabras desapareció
entre las sombras igual de misteriosamente que había venido.
Tom se apoyó
contra los muros de piedra, buscando que su frescura amortiguara el calor que
la vergüenza había encendido en su rostro. No pensó en él sino en Will,
atenazado y rodeado por presencias tan viles, lidiando en solitario todos
aquellos años. Reconoció con admiración su habilidad para atraerse la adhesión
de su pueblo con su comportamiento de gobernante generoso y eficaz, que hacía
repercutir los beneficios de los impuestos que gravaban las mercancías que
llegaban a puerto en elevar el bienestar de la población con un sinnúmero de
medidas. Era sin duda el secreto de su supervivencia en el trono. Sintió que su
lealtad se volvía inquebrantable y ya no se debía a su educación sino a su
admiración genuina por él y por su labor como estadista; y unido a su condición
de hombre enamorado, sentía que aquella lealtad se elevaba de manera
exponencial. Corrió hacia el patio de armas, sintiendo que se debía a él, que
tenía que tomar decisiones, que muchas no serían fáciles, y que acarrearían un
gran dolor para los dos, pero que sería necesario arriesgarse.
Cruzando el
patio, se dirigió a las caballerizas, presto a examinar sus cabalgaduras,
considerando que podía necesitarlas. Las encontró cuidadas, cepilladas sus
crines, su pelaje brillante y aparentemente bien alimentadas, así como los
establos limpios. Se volvió hacia un mozuelo que reconoció como una sombra que
parecía seguirlo a todas partes.
—¡Eh, chico!
Ven aquí.
El que
parecía un muchacho se aproximó, renuente. Al acercarse Tom, observador por
naturaleza, detectó unos rasgos delicados y una andadura bamboleante no muy varonil.
—¡Qué
demonios! ¿eres una chica?—dijo, apartándole el pelo de la cara manchada de lo
que parecía betún y supuso era la grasa que se usaba para mantener las
herraduras de los caballos. La joven se arrodilló ante él, súbitamente
asustada.
—Por favor, Excelencia, ¡no me delatéis! Los sirvientes del
chambelán me han puesto al cargo de los caballos por mi diligencia, y estoy
dedicada a ello desde que murió el caballerizo. Estoy feliz de poder encargarme
de ellos… ¡son mejores que los humanos!
Tom no pudo sino asentir para sus adentros, sonriendo
levemente. No pudo evitar seguir preguntando
—¿Quién eres y por qué me sigues a todas partes?
—Mis padres han muerto por el cólera—contestó la joven sencillamente—con
apenas dos días de diferencia—sus ojos oscuros se oscurecieron aún más—eran
pequeños terratenientes de la llanura que habían venido a la corte a pedir
audiencia al rey para solicitar ayuda por la hambruna que ha seguido a la
aparición de la epidemia. Estoy sola en el mundo—dijo tristemente—y dispuesta a
dar mi vida por vos, y por el rey William.
Tom sintió compasión por aquella joven y se sintió conmovido
por su lealtad, tan escasa en aquellos tiempos. Se alegró de que sobreviviera
lejos de los excesos del interior de palacio, sin corromperse de intrigas y
devaneos cortesanos.
—¿Cómo te llamas?
—Selvagia—contestó la joven, sonriendo por primera vez, y su
hilera de dientes blanquísimos brilló en su cara embadurnada.
(continuará)