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martes, 31 de marzo de 2015

La pasión de la espada, cap XIII

LA PASIÓN DE LA ESPADA, cap XIII
 POR SELENE RUIZ DE VIVAR
Thomas se levantó del lecho donde se hallaba su señor, exhausto por las horas ininterrumpidas de arrebato amoroso. Sorprendentemente, ni su cuerpo ni su mente lograban un merecido descanso, y habría seguido la mañana entera tratando de encontrar en el cuerpo del agotado rey las respuestas a sus innumerables preguntas. Se pasó la mano por su armónico rostro de proporciones griegas, ahora contraído por un rictus de remordimiento. Sentía que estaba amando contra todas las leyes divinas y humanas, bordeando la frontera del abismo usando una descomunal fuerza, titánica, para luchar si hiciera falta contra todo y contra todos, y a la par un sufrimiento que amenazaba el límite de lo superable. La insoportable paradoja de que su amor fuera su daño le atenazaba el cerebro, que parecía estar a punto de romperse.  Tembló, atisbando por primera vez la amenaza de la locura. El recuerdo de las enseñanzas de su mentor volvió, como muchas veces en momentos clave de su existencia. Recordó la más siniestra de las máximas y consignas de los clásicos, pronunciada por aquel hombre de prolongada influencia en sus vidas con voz dramática y engolada: quod deus perdere vult, prius dementat: a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco...en un alarde de autocontrol y fuerza decidió, a lo largo de un interminable y decisivo momento, que su única opción era resistir, anteponiendo su amor por encima de todo; pero tendría que ser a un alto precio, siendo extremadamente prudente, y arriesgándose a que sus actos fueran malinterpretados; y decidió también que merecía la pena luchar, y no rendirse.

Salió a los largos pasillos de piedra luego de haber posado largamente su mirada sobre su hermoso amante, que dormía con un sueño inquieto, poblado probablemente de pesadillas que esperaba no fueran tan lóbregas como las suyas. La vida en el castillo tenía que seguir y alguien debía ocuparse de dirigirla con mano férrea. William necesitaba todo el apoyo que él fuera capaz de darle. En aquellas circunstancias extremas de destrucción y muerte, el vivir momento a momento era la única salvación.

De pronto en uno de los recodos lo detuvo una mano que parecía salir de la nada: Thomas habría jurado haberla visto brotar de la misma piedra. El rostro arrugado y siniestro del chambelán apareció ante él con una sonrisa que, si pretendía ser amable, estaba desde luego muy lejos de lograrlo. Las sombras del oscuro pasillo, al que no llegaba la claridad del día, daban a aquel cortesano de abigarrados ropajes un aspecto tenebroso.
—Hermoso Thomas—dijo aquel hombre sin apartar la mano—veo que no os detenéis ante nada. No se puede negar que sois un hombre ambicioso—el siniestro chambelán rió entre dientes, acentuando la sensación de asco y desprecio que había comenzado a nacer en Tom desde el momento en que lo había reconocido. El hombre seguía hablando, y de sus labios salía un aliento fétido que hizo que Tom volviera la cabeza, al borde de sentirse enfermo.
—¿Sabéis qué encuentro admirable en vos? La ascendencia que habéis logrado en el rey en tan corto espacio de tiempo. Sin duda sois hombre de recursos —se aproximó más todavía, tomando a Tom del mentón, gesto que fue rechazado con violencia—yo tampoco soy ajeno a los placeres de Sodoma, y un hermoso joven como vos…quizás… podría hacer que quisiera poner el mundo a sus pies. No tengo la lozanía de Will pero tal vez lo supere en maestría—Tom controló momentáneamente el deseo de romper la mandíbula de aquel traidor e impedirle que siguiera hablando—y soy el único que puede ofreceros el trono en bandeja. Pensadlo, Excelencia. Sabéis dónde encontrarme—y después de haber pronunciado aquellas palabras desapareció entre las sombras igual de misteriosamente que había venido.
Tom se apoyó contra los muros de piedra, buscando que su frescura amortiguara el calor que la vergüenza había encendido en su rostro. No pensó en él sino en Will, atenazado y rodeado por presencias tan viles, lidiando en solitario todos aquellos años. Reconoció con admiración su habilidad para atraerse la adhesión de su pueblo con su comportamiento de gobernante generoso y eficaz, que hacía repercutir los beneficios de los impuestos que gravaban las mercancías que llegaban a puerto en elevar el bienestar de la población con un sinnúmero de medidas. Era sin duda el secreto de su supervivencia en el trono. Sintió que su lealtad se volvía inquebrantable y ya no se debía a su educación sino a su admiración genuina por él y por su labor como estadista; y unido a su condición de hombre enamorado, sentía que aquella lealtad se elevaba de manera exponencial. Corrió hacia el patio de armas, sintiendo que se debía a él, que tenía que tomar decisiones, que muchas no serían fáciles, y que acarrearían un gran dolor para los dos, pero que sería necesario arriesgarse.

Cruzando el patio, se dirigió a las caballerizas, presto a examinar sus cabalgaduras, considerando que podía necesitarlas. Las encontró cuidadas, cepilladas sus crines, su pelaje brillante y aparentemente bien alimentadas, así como los establos limpios. Se volvió hacia un mozuelo que reconoció como una sombra que parecía seguirlo a todas partes.
—¡Eh, chico! Ven aquí.
El que parecía un muchacho se aproximó, renuente. Al acercarse Tom, observador por naturaleza, detectó unos rasgos delicados y una andadura bamboleante no muy varonil.
—¡Qué demonios! ¿eres una chica?—dijo, apartándole el pelo de la cara manchada de lo que parecía betún y supuso era la grasa que se usaba para mantener las herraduras de los caballos. La joven se arrodilló ante él, súbitamente asustada.
—Por favor, Excelencia, ¡no me delatéis! Los sirvientes del chambelán me han puesto al cargo de los caballos por mi diligencia, y estoy dedicada a ello desde que murió el caballerizo. Estoy feliz de poder encargarme de ellos… ¡son mejores que los humanos!

Tom no pudo sino asentir para sus adentros, sonriendo levemente. No pudo evitar seguir preguntando
—¿Quién eres y por qué me sigues a todas partes?
—Mis padres han muerto por el cólera—contestó la joven sencillamente—con apenas dos días de diferencia—sus ojos oscuros se oscurecieron aún más—eran pequeños terratenientes de la llanura que habían venido a la corte a pedir audiencia al rey para solicitar ayuda por la hambruna que ha seguido a la aparición de la epidemia. Estoy sola en el mundo—dijo tristemente—y dispuesta a dar mi vida por vos, y por el rey William.

Tom sintió compasión por aquella joven y se sintió conmovido por su lealtad, tan escasa en aquellos tiempos. Se alegró de que sobreviviera lejos de los excesos del interior de palacio, sin corromperse de intrigas y devaneos cortesanos.

—¿Cómo te llamas?
—Selvagia—contestó la joven, sonriendo por primera vez, y su hilera de dientes blanquísimos brilló en su cara embadurnada.
(continuará)



lunes, 16 de marzo de 2015

La pasión de la espada, cap XII

 LA PASIÓN DE LA ESPADA

                               POR SELENE RUIZ DE VIVAR

Los ropajes del rey yacían esparcidos por el suelo mientras Thomas acariciaba la parte posterior del cuello del monarca con sus poderosas manos de guerrero, hechas para la lucha pero también para el amor, con movimientos circulares que hacían despertar hasta la última de las terminaciones nerviosas de su cuerpo. El rey, después de haber anhelado durante los largos días de la desaparición del barón su presencia más que nada en el mundo, estaba totalmente entregado, confiado y desprotegido como nunca, totalmente en manos de su amante. Thomas cerró los ojos para no ver la entrega reflejada en su rostro, para que la lucha que se trababa en su interior no resultara aún más enconada y destructiva. Besó sus labios, y el hecho de que se acoplaran perfectamente no le pareció como antes placentero y milagroso, al recordarle la magnitud de su mal y el daño que estaba a punto de hacerse a sí mismo, y también a su amado. Lo que antes había sido fuente incesante de goce era ahora doloroso y tenía matices dañinos en los que no quería pensar, pero que volvían a su mente una y otra vez. Bill se aferró a él, profundizando el beso. Las lenguas se enredaron, ardientes como llamas del infierno. Tom se estremeció, espantado. Estaba aún más excitado que la vez anterior cuando por fin se había consumado su pasión y no sabía si era porque su compañero se ofrecía de forma tan evidente, si se debía a que esta vez él llevaría las riendas o, lo que era más grave, si la culpa servía de acicate a su pasión. Con el peso de su cuerpo lo empujó sobre la cama, y una vez que lo hubo tumbado se incorporó para desvestirse apresuradamente. En la lujosa cámara sólo se oía el ruido metálico de sus hebillas al descorrerse y de las armas que llevaba ceñidas al caer. La mirada de Bill se volvió brillante al contemplar la desnudez de su compañero. Thomas se apresuró a apagar las velas de los candelabros.
—¿Por qué haces eso, Tom? Quiero verte. Eres tan…tan hermoso—el rey impidió con un gesto que apagara las últimas.
Tom respondió cubriéndole la boca con las manos.
—Calla—respondió—no sabes lo que dices.
–Sí —continuaba diciendo el rey, enardecido—tu cuerpo es perfecto…quiero besar cada recodo de tu piel, cada músculo, hasta que no quede un solo rincón de tu cuerpo por el que mi boca, mi lengua, mis manos no hayan pasado— y, ni corto ni perezoso, se aplicó a poner en práctica lo que había dicho.
La pasión le daba al monarca una seguridad de movimientos y una maestría en cada uno de ellos de tal magnitud, que Thomas no pudo evitar sucumbir a sus efectos. Los besos en su cuello, los dedos en su espalda, las piernas enredándose… era un crescendo de sensaciones a las que no había manera humana de resistirse. Pero en él luchaba algo oscuro, algo que quería buscar problemas, y encontrarlos, para evitar enfrentar la negrura que habitaba su corazón.
–Mmm…besas tan bien. ¿Has traído a muchas mujeres a este lecho? —lo miró fijamente, atenazado por los celos una vez más, al pensar que alguien lo hubiera tocado antes de él— ¿u hombres?
—Tom, por favor. ¿Cómo puedes preguntar eso? Claro que no. —apartó la mirada, súbitamente contrariado—eres la única persona que he amado de verdad y la única que ha ocupado este lecho; mi esposa tenía sus propias habitaciones—contestó, sintiéndose extremadamente molesto de tener que dar aquellas explicaciones—he tenido encuentros furtivos con lavanderas, campesinas, sirvientas, con unas cómicas de la legua, y alguna que otra rufiana; pero no he llegado a derramarme con ninguna de ellas, pensando en el bien de la corona y en lo problemático que sería traer al mundo un bastardo.
Tom lo miró, atónito, sintiendo que no podía creer lo que estaba oyendo. Una alusión directa a la bastardía, tan abierta como inesperada. Sintió un molesto escalofrío recorrerle la espalda. Miró a los ojos al rey, buscando alguna huella de doble intención, algún rastro de hipocresía o crueldad solapada, un rescoldo de maldad; pero sólo encontró una mirada limpia y cargada de una inocencia algo insólita en un hombre hecho y derecho y además acostumbrado a las intrigas como William. Trató de apartar de su mente la imagen de Bill enredado con alguna juglaresa o con la rufiana aludida al encontrarlo demasiado hilarante, pero finalmente tuvo que dejar escapar una carcajada impaciente que le nacía en la garganta. Bill aguardó algo mortificado a que su compañero acabara de reír, sin poder evitar admirar los matices cristalinos de la risa de su amante, que parecía no querer acabarse nunca. Pacientemente esperó hasta que por fin las risas pararon.
—Celebro que lo encuentres divertido—el tono del rey era incisivo, y sus ojos lo miraban con suspicacia.
Thomas se puso serio de pronto, y una vez más en aquella extraña noche su humor volvió a cambiar a tonalidades sombrías. Will se encontraba confuso ante los sucesivos cambios de humor de su amante y le abrazó de nuevo impulsivamente.
—Tom ¿qué tienes? no hay nadie en este mundo por quien debas sentir celos. Tú eres el único para mí, y así será, hasta el último de mis días.
—Está bien, Bill. Quiero olvidar. Hazme olvidar—dijo, abrazándolo de pronto. En su interior se alegraba de que Bill no supiera qué era lo que realmente quería olvidar, e intentó borrar de su mente lo que pasaría por su cabeza si algún día llegaba a enterarse, y qué pasaría si supiera que había subido a su lecho siendo plenamente consciente de la naturaleza de su vínculo, y aún más: la posibilidad mucho más siniestra de que el propio Bill lo hubiera buscado sabiéndolo todo.
Sintió de pronto que una rabia sorda le nacía en las entrañas; una especie de ira que no lograba sofocar, por estar en la cumbre tan solitarios, siendo piezas de un tablero de ajedrez en los juegos de poder, reunidos, separados, al acecho, quizás algún día lanzados el uno en contra del otro. Le rumoraba en las sienes el rugido de la sangre compartida, dolorosamente, como un escarnio. Tomó a su amante bruscamente de los hombros, y le dio la vuelta, lo que le evitaba mirarlo a los ojos. Bajó por su espalda con la lengua, dejando un rastro brillante. El cuerpo del rey estaba ligeramente humectado por el aceite oloroso que las antiguas esclavas extendían por toda su longitud cada vez que se dedicaba a juegos de palestra, y que luego se retiraba con una estrígilis al modo de los antiguos griegos. En los pliegues de su cuerpo el aroma del aceite resultaba delicioso. Tom se extasió brevemente ante aquel placer sibarita, prácticamente desconocido en las montañas. Su lengua lo saboreó brevemente y luego se desplazó por lugares más ocultos. Sus hábiles dedos no tardaron en seguirla, abriendo el camino. William se arqueó, receptivo y anhelante. Parecía muy bien dispuesto a cumplir su promesa. Thomas no se reconocía: nunca había sentido aquel anhelo de poseer, de dominar, como aquella noche. Sintiendo una mezcla de pasión y deseo de dominio, con un grito exultante entró, profanando su interior de una sola embestida, honda y certera. Tuvo que quedarse quieto un momento debido al ramalazo de dolor que percibió en su compañero, moviéndose levemente para hacer que se acostumbrase a ser tomado. A la par, con su mano derecha acariciaba a su señor por delante, produciéndole espasmos que hacían la penetración más profunda. La mano izquierda sujetaba las caderas con un gesto delicado pero firme de dominación. La boca besaba el cuello y las sienes sin descanso. Cuando empezó a moverse, el dolor y el placer fueron tan fuertes para Bill que se derramó violentamente. Fue la primera vez de las muchas en esa larga noche.
   Tom lo amó incensantemente, tratando de que la complacencia morbosa en su dolor no se le enredara dulcemente, tratando de no enamorarse de su propia culpa.

   (continuará)

domingo, 8 de marzo de 2015

La pasión de la espada, cap. XI

LA PASIÓN DE LA ESPADA
Por Selene Ruiz de Vivar

Los dos hombres seguían hablando despreocupadamente, ajenos al cataclismo que sus palabras acababan de producir en su inadvertido oyente. Tom creía morir a cada inesperada revelación; sentía que se caía a jirones. Una lágrima rebelde se posó brevemente sobre su párpado. Su ceño estaba fruncido al punto de sentir dolor. Apretó los nudillos al borde de hacerlos sangrar y siguió escuchando, controlando a duras penas el impulso de salir corriendo, ensillar su cabalgadura a toda prisa y huir a los refugios más recónditos de las montañas, donde nadie pudiera encontrarlo nunca.

—¿Os habéis fijado en cómo se parecen? Son como dos gotas de agua, el uno el vivo retrato del otro.
             —Sí, no hace falta ser muy observador para darse cuenta. Jörg llegaba a confundirlos cuando jugaban de niños en las antesalas de sus aposentos del castillo. La reina era la única en distinguir muy bien a su propio hijo.
            —¡Por la cuenta que le tenía! 
Ambos hombres rieron. Tom los despreció interiormente. Sentía náuseas pero a la vez debía, necesitaba llegar al fondo de aquella sima-que se le antojaba infernal- con todas sus consecuencias.
—Supongo que el astuto William lo ha atraído a su órbita para tener controladas las baronías del Norte, que son estratégicas para la seguridad de Suburbia. Todo muy inconveniente para las aspiraciones de Milord.Aunque con la desbandada hacia los fortines montañeses de muchos de los nobles de la corte, tendrá allí ojos y oídos puestos por todas partes.
—No lo dudéis. Milord es muy ambicioso. Y lleva mucho tiempo esperando su momento; incluso se arriesga como nosotros a morir en esta ratonera.

Tom juzgó que había escuchado lo suficiente. Se inclinó, con su flexible cuerpo casi reptando sigilosamente sobre la paja mojada del suelo del establo. Abrió la portezuela sin hacer apenas ruido y corrió todo el pasillo que separaba ambas filas de establos. Los relinchos de las caballerías contribuyeron a hacer que su salida pasara desapercibida. Una vez al aire libre, respiró hondamente y se sujetó la frente con las manos.
Ardía, no sabía si de fiebre o de ofuscación; se daba cuenta de que necesitaba tiempo para que su corazón encabritado le diera un respiro. Trató de aplicar serenidad a su mente, pero no lograba sacudirse el velo de negrura que atenazaba su otrora luminoso semblante. Un momento sentía que su corazón palpitaba sin control y al momento siguiente le parecía que iba a pararse, colocándolo al borde del colapso. Pensamientos desordenados y siniestros se apoderaron de él, incluyendo un inconfesable deseo de bajar al pueblo y hacerse contagiar deliberadamente el cólera en cualquiera de las tascas o burdeles donde la muerte se había enseñoreado a conciencia de prácticamente todos sus moradores.

En un abrir y cerrar de ojos su vida había dado un vuelco tan inesperado, tan desgarrador, que se le hacía inconcebible asimilarlo y mucho menos aceptarlo. Gordon no era su padre; eso significaba que su madre, paradigma de bondad y belleza, había cometido un adulterio del que él era la consecuencia; el hombre que acababa de convertirse en su amante era su hermano, ¡su hermano! Se estremeció ante la sola mención del tabú ancestral. Pensó no sin espanto en cuántas veces había contemplado el  rostro de Will como algo  sumamente conocido, repitiéndose que era consecuencia de su amistad de la infancia el que se le hiciera tan familiar, sin percatarse de que era su propia efigie reflejada como en un espejo. Recordó cómo encajaban sus cuerpos, sus labios, estremeciéndose vivamente.

Sintió con todo el dolor de su corazón que necesitaba desaparecer de sus vidas, de la de Will por razones obvias, pero también de la de su sobrino (la súbita idea de parentesco con Henry le enternecía y abrumaba a la vez); y  pensó acto seguido que debía quedarse para protegerlos, pero haciéndose a un lado. Barruntó que los atroces dolores del potro de torturas eran nimios en comparación con lo que él estaba sintiendo en ese momento en el que planeaba ser una sombra en la vida de quien más amaba, sin poder acercarse nunca lo suficiente, contemplando tal vez cómo se rehacía, cómo entablaba nuevos rumbos. Lanzó un puñetazo al aire, rabioso como nunca lo había estado.
Su mente era una maraña en la que se mezclaban el amor, el dolor, el rencor y las dudas. Sentía que estaba a punto de volverse loco.


William se paseaba por la estancia, inquieto. Se cumplía la noche del tercer día de no ver a Thomas por ningún lado. Ni sirvientes ni cortesanos sabían darle recado de dónde pudiera hallarse el barón, como si se lo hubiera tragado la tierra. Una sombra de tristeza se apoderó del armonioso rostro del rey, que miraba por los ventanales con sus hermosos ojos, de los que había desaparecido el antiguo brillo, entrecerrados. La búsqueda incesante de su compañero, acompañada de una pena y desesperación cada vez mayores al no encontrarlo, empezaban a hacer mella en él, y unas pronunciadas ojeras acusaban la fatiga y el cansancio.
Se había hecho todo tipo de reproches y autoacusaciones, desde el hecho de que Tom hubiera reflexionado y dado marcha atrás ante la complejidad de su relación, como que la enfermedad lo hubiera sorprendido en un lugar retraído y apartado donde no dieran con él y muriera sin cuidados, lo que lo horrorizaba hasta el límite de no haber podido conciliar el sueño ninguna de las noches de su ausencia. Golpes, accidentes, caídas, una inesperada huida…todo eso y más pasaba una y otra vez por su mente sin descanso. Se dejó caer sobre su mullido lecho, apartando los cortinajes; las sábanas de holanda ofrecieron a sus mejillas, que se sentían ardientes y enrojecidas por las lágrimas, una inesperada frescura. Will deseó frenéticamente, más que nada en el mundo, ser abrazado y besado por su amante.
Era más doloroso aún al sentirse rodeado de sus objetos y pertenencias, que había hecho traer de la habitación de Thomas a su propia cámara la tarde del mismo día en que habían estado felices y haciendo planes para lo venidero. La mudanza que se prometía tan feliz había terminado con esta especie de abandono. Empezaba a entender las soluciones desesperadas que tomaban a veces los amantes despechados, recordando las historias legendarias que Tom y él devoraban en su primera adolescencia, Dido y Eneas, Tristán e Isolda, Ariadna abandonada por Teseo en una playa. Le parecía oír el rumor del mar cuando comenzó a quedarse dormido., con un sueño inquieto y poblado de pesadillas.                   
Tom entró sigilosamente. Los ventanales habían quedado entreabiertos y las cortinas se movían delicadamente con la brisa. Los cerró, lamentando que William no tomara más precauciones con el aire infestado. Luego se dirigió al lecho y se sentó procurando no hacer ruido al lado de donde William yacía acostado, observándolo atentamente, con una mirada cargada de amor, aunque su propio sentimiento le diera pesar y lo inundara de tristeza.
Contempló las profundas ojeras y las huellas de llanto reciente del rey, enterneciéndose. Había entrado con la intención de despedirse secretamente sin despertarlo siquiera, pero ahora que lo tenía tan cerca sentía que sus fuerzas flaqueaban hasta quedar reducidas a nada. No se sintió capaz de luchar contra sí mismo más de lo que ya lo había hecho. William se movía en sueños, como si estuviera atrapado en ellos. Tom besó su frente, y a continuación sus labios, suavemente. Bill se despertó dando un pequeño grito. Al ver a Thomas, su rostro pareció transformarse.

—¡Tom!!!! —por un breve momento creyó estar soñando— ¡Por fin!-  exclamó abrazándose a él desesperado— ¿Dónde demonios te habías metido? ¡He llegado a pensar que habías muerto!— mientras decía estas palabras golpeaba brevemente con los puños el pecho de sus amado, llevado por la mezcla de enfado y alivio. Tom se levantó, aparentando un control que estaba lejos de sentir. Se sintió de pronto mortalmente cansado de su propio deseo de huir, y al dejar de luchar, notó que recuperaba las fuerzas.
Bill apreció el cambio sutil y se incorporó ligeramente, apoyado sobre sus codos, con la mitad de su cuerpo girado hacia donde se encontraba Tom de pie. Su piel blanca brilló un momento.
—Estoy feliz de verte, amor mío—dijo sonriendo, ajeno a todo. Tom advirtió que el camino que se disponía a emprender era mucho más difícil de lo que había imaginado en un principio.
—¿No vas a decirme dónde has estado y por qué habías desaparecido?—estaba diciendo William , a quien la súbita aparición de sus amado había llenado de euforia.
—No digas nada. No quiero que digas nada—respondió Thomas, cortante y hermético—he venido a tomar lo que es mío.
El rey le miró detenidamente, intentando vislumbrar qué era lo que había cambiado en él.
—Thomas… —protestó débilmente.
—Voy a poseerte—la voz de Tom tenía una matiz demandante tan intenso que Will no lo reconoció— Desnúdate—le requirió, mirándolo fijamente— Majestad.
William lo miró atónito, y a continuación comenzó a desprenderse de sus  lujosas prendas, obedeciendo por primera vez en su vida.
         (Continuará)