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sábado, 24 de octubre de 2015

La pasión de la espada, cap. XXV


La pasión de la espada, cap. XXV

por Selene Ruiz de Vivar

Los días pasaron con una lentitud exasperante para William, retenido en la fortaleza de la montaña sin noticias de su ejército y enredado en sus propias pasiones y deseos avasalladores y contradictorios. Su tiempo transcurría entre los días al lado de su hijo, intentando recuperar el tiempo perdido, y las noches ardientes con su amante, deseando apoderarse de sus horas y dejar rastros posesivos en su piel que le impidieran acercarse - o al menos no sin cubrirse de vergüenza- al lecho de su esposa. Su lujuria no se saciaba con nada, y el que estuviera teñida de culpa lo acicateaba aún más, como si se viera todas las noches en una singular batalla en la que recuperaba lo que le habían arrebatado para perderlo de nuevo a la mañana siguiente y así una y otra vez en una espiral de sufrimiento sin fin. Sentía que su amor se volvía más violento y sin control cada día que pasaba, alternando con momentos de rabia y odio que  amenazaban con aniquilarlo.

Cuando anunciaron  por fin la llegada de un emisario del exterior sintió que se liberaba, tanto si era portador de buenas noticias como si no, porque suponía por fin pasar a la acción, salir de aquel marasmo paralizante donde sus sentimientos desbordados se magnificaban hasta asfixiarlo.

Thomas, cuidadoso hasta el extremo de cada mínimo detalle, ordenó preparar su propia Sala de Audiencias como si fuera el Salón del Trono del soberano, reservándole el lugar principal, enviando así un mudo mensaje que no pasó desapercibido a nadie y mucho menos al propio rey, que sentía que la percepción de la lealtad de su amante se mezclaba arremolinándose con el resto de sentimientos que provocaban tumultos en su interior. El mensajero hizo una profunda reverencia, postrándose prácticamente a los pies de su señor.

—Majestad—el emisario comenzó su discurso sin levantar la cabeza—os traigo nuevas de vuestro ejército. Gary de Kuhdorf, vuestro Regente, ha llegado al frente de los refuerzos, para encontrarse que vuestro ejército ya no está formado en posición ofensiva contra las murallas de la fortaleza de Loitsche, Señor—agachó la cabeza aún más, temiendo las habituales reacciones de los poderosos a los portadores de  lo que parecían malas noticias.

William palideció repentinamente e hizo un gesto conminatorio con la cabeza para que el legado siguiera hablando. Thomas miró de reojo a su señor, compartiendo el más que justificado temor del emisario y dispuesto a actuar, por si fuera necesario contener al rey. La esposa del barón hizo su entrada en el peor de los momentos posibles y, aunque intentó que su presencia no fuera notada, su llegada, que siempre iba acompañada de toda la parafernalia de doncellas y niños, resultó extremadamente evidente y molesta para el rey. La joven se sonrojó hasta la raíz del cabello, sumamente avergonzada. El emisario levantó ligeramente la cabeza, dispuesto a aceptar los riesgos.

—Mi Señor—continuó, armándose de valor— Los ejércitos de Vuestra Majestad y Milord de Loitsche se han unido y están en estos momentos celebrando alrededor de las murallas. Hay fogatas con asados por todas partes y el vino también corre generosamente.

William, incapaz de creer lo que estaba oyendo, se levantó furioso con la mano en el pomo de la espada, dispuesto a acallar a aquel farsante. Thomas se interpuso, veloz como una flecha disparada en el aire. El emisario se creyó en la necesidad de justificarse, colocándose precavidamente detrás de la poderosa figura del barón.

—Mi Señor, no eran más que un puñado de caballeros hambrientos y desesperados que han respondido a la llamada acuciante del hambre…y aquí hay abundancia de todo y…

—¡Cállate, patán! —rugió William, con los ojos fuera de las órbitas.

El caballero volvió a postrarse rodilla en tierra, hablando esta vez muy deprisa.

—Señor, ¡no culpéis a vuestro pueblo de la alegría del reencuentro y la reconciliación! Desde que se conoció la noticia de que el barón os había salvado la vida no se habla de otra cosa en Suburbia. Todo el pueblo viene detrás, dispuesto a sumarse a las celebraciones, y a rendiros homenaje, a Vos y a vuestro leal hermano.

William se paralizó, atónito. La sorpresa le impidió articular palabra. En la puerta se produjo un ligero desorden.  Los alabarderos de Thomas cuchichearon y tras una protocolaria pausa hizo su entrada Gary de Kuhdorf, que también se deshizo en reverencias, colocando su imponente humanidad pesadamente a los pies de su señor.

—Gary..¿qué…? ¿qué haces aquí y por qué no estás al frente de los asuntos de Arcadia?

—Mi Señor y buen rey—Gary besó la mano de Will, emocionado—estamos aquí todos. Hemos hecho prisionero al chambelán. Lo hemos capturado cerca de aquí mientras huía como una liebre. Desde que nombrasteis Lord Protector al barón de Loitsche, intrigaba para deshacerse de él y parece que encabezaba una conspiración para hacerse con el trono. Sabemos que con ayuda de cómplices, entre los que se encuentra vuestra prima la condesa Sommerfeld, orquestó el intento de asesinato que pretendía hacer pasar por obra del Barón. Pero lo que en definitiva nos abrió los ojos fue que vuestro hermano os salvara la vida durante los momentos más penosos de vuestra enfermedad, incluso poniendo en riesgo la suya. Todo el que en Arcadia estaba en condiciones de caminar nos ha seguido y se dirigen hacia aquí para celebrarlo, Señor.

Desde el momento en que oyó que Thomas había estado a su lado durante los días que duró su enfermedad,William  dejó de escuchar el resto. Se dio cuenta de que no había soñado que su amado estaba allí a su lado como creía, y reparó también en lo necio que había sido al no pensar que era imposible que hubiera estado solo, ya que eso hubiera supuesto una muerte segura. Buscó a Thomas con la mirada. Sorprendentemente, Thomas no le devolvió el gesto. Advirtiendo la vacilación del rey, Gary se apresuró a aportar la evidencia.

—Majestad, puedo hablar de lo que yo mismo presencié con mis propios ojos, apostado ante vuestra puerta todo el tiempo que duró vuestra enfermedad mientras todo el mundo huía como gallinas cuando se abre el corral. Mi señor Thomas entró por un pasadizo secreto a vuestras habitaciones y no se apartó del lecho, y aplicó el remedio que os devolvió la salud. Además, esa mujer estaba también presente, y ayudó al barón a salvaros; no se podría haber logrado si ella no hubiera robado los alambiques de la bodega.

Un silencio sepulcral siguió a estas palabras. La servidumbre y caballeros de Thomas miraban al vacío, esperando la reacción del barón, anonadados al oír que Gary se había manifestado con una familiaridad inusitada al aludir a la que ahora era esposa de su señor y por tanto dama principal de la fortaleza como “esa mujer”. William por su parte intentaba asimilar el caudal de información que alteraba por completo el curso de su vida y la percepción de todo lo ocurrido,  entendiendo por fin una realidad que ahora cobraba su verdadera dimensión. Gary calló, incómodo ante tanto silencio.

—Sí—terció Selvagia con voz alta y clara— Yo estuve allí. Yo ayudé. Y tenéis mi palabra de que todo ocurrió tal como vuestro caballero lo dice.Y soy testigo de la devoción y el amor del barón hacia el rey.

William y Thomas por fin se miraron. William envainó la espada, que había tenido en todo momento en la mano. Por un momento pareció incapaz de decir nada, pero al punto recompuso su figura regia y el dominio de sí mismo.

—Nos os damos las gracias—dijo protocolariamente y empleando el tono mayestático de las grandes ocasiones. —Todos seréis recompensados por vuestras acciones y lealtad a su debido tiempo. Ahora tengo que ocuparme de mi pueblo. Príncipe, acompañadme.

Henry se desasió con delicadeza de la mano de Selvagia y corrió hacia su padre. William salió apresuradamente con su hijo tras haber cruzado una prolongada mirada con su hermano. Los alabarderos cruzaron las lanzas con un ruido metálico a su salida.
                                                                                 (Continuará)



lunes, 12 de octubre de 2015

Tom with a sword, hecho por la increíble Karina Basist


La pasión de la espada, cap. XXIV

La pasión de la espada, cap XXIV
Por Selene Ruiz de Vivar

El chambelán cabalgaba nervioso ante la vanguardia de la tropa, sujetando al caballo por el freno sin conseguirlo del todo. Le estaba costando trabajo hacerse con el control de la situación; malditos bastardos, no le perdonaban su fulgurante ascensión en la corte ni su pasado como ayuda de cámara y camarero del rey, que había sido su función original en  Arcadia. Envidiosos, pensó con rabia, los haría azotar hasta la extenuación si pudiera. La situación se había puesto peor desde que habían llegado mensajeros enviados por el pueblerino aquel que hacía las veces de regente, anunciando refuerzos. Puesto que ya habían llegado a su destino, eso significaba que habían salido poco después que ellos. ¿Qué estaría tramando aquel corpulento gañán? Se revolvió inquieto, sintiendo las ardientes escoceduras de la entrepierna como si le llegaran a los huesos.
Enardecido por la calentura, se decidió de forma temeraria a hacer un último esfuerzo. Aunque su voz atiplada no ayudaba, la alzó sobremanera para hacerse oír hasta la retaguardia, adoptando un aire de autoridad que en él resultaba una cómica pose. Estaba lejos de su zona de seguridad, de los pasillos donde se fraguaban en la oscuridad las intrigas de la corte, y todo en él resultaba falso e impostado como las plumas de su casco.
—¡Soldados reales! Los trabajos de zapa para socavar las vías de agua no han dado el resultado esperado. Debemos trepar por las murallas y arrojar  teas ardiendo. Aunque muchos morirán, ¡no queda otra solución sino sacrificarse por el rey!
Un silencio gélido siguió a aquella imprecación. El chambelán se rascó en la silla las pústulas de sus heridas. Nadie se movió, salvo el propio segundón del rey agitándose en su silla.
—¡Perros! ¿Acaso tenéis la intención de vivir eternamente?—bramó fuera de sí.

—Lo que proponéis, aparte de suicida, es sumamente peligroso para la propia familia real—replicó uno de los caballeros.

—¿Es que no os dais cuenta de que para el rey es preferible morir que seguir secuestrado por quien ha intentado asesinarlo? ¡A saber a qué tipo de torturas y suplicios lo estará sometiendo ahora mismo! ¡No quiero ni imaginármelo! —su pensamiento rabioso se dirigió, sin quererlo, al otro tipo de torturas, mucho más placenteras, que estaría recibiendo el rey en aquel momento en el mullido lecho de plumas del barón. Sin duda lo estaba torturando, sí,  haciendo todo lo posible por retrasar su placer para hacer que gozara aún más y más y más, hasta el paroxismo. Apretó las piernas y las heridas lo quemaron, acrecentando su rabia. Viendo su liderazgo hecho añicos, si es que alguna vez había siquiera existido, se resolvió por otra solución bastante menos airosa.

—¡Perros cobardes, ya que rehusáis el combate, yo mismo iré al rescate de nuestro soberano, que, no dudéis, os hará pagar por esto! En dos lunas colgaréis todos de las almenas—anunció como un ave de mal agüero.

Entre las filas se extendió un murmullo de desaprobación que parecía presagiar una algarada. Presa de la indignación y sintiéndose acuciado por el miedo, se dio la vuelta, y cabalgó en torno a la muralla circular, desapareciendo del ángulo de visión de los caballeros. Pero en cuanto estuvo seguro de que ya no les alcanzaba la vista, en lugar del heroico rescate, se dio a la más vergonzosa de las huidas. Ya se las arreglaría para explicar aquello. Hasta ahora la suerte no le había abandonado, y si seguía siendo su aliada, todo saldría según sus planes, a pesar de estos pequeños inconvenientes. Pronto sería el único dueño de Suburbia y entonces sonaría la hora de su venganza.

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Bill reposaba sobre el lecho, entregado a mil pensamientos sombríos. Ni siquiera su cuerpo saciado tras las interminables horas de amor con el barón lograba darle descanso a su conciencia. Y sobre todo, le atenazaba la duda, convirtiéndolo en otro Hamlet, torturando su mente y su corazón hasta extremos impensables. Él y Tom se deseaban, se deseaban desesperadamente, de eso no cabía ninguna duda: sabía que Tom no fingía, no podía fingir aquella forma apasionada de entregarse. Pero al mismo tiempo estaba con una mujer, una mujer que lo había ayudado a escapar después de una tentativa de asesinato que todos juraban haber visto, incluso se había vinculado a ella sancionando su unión y concibiendo un hijo. Bill echó mano a su daga, de la que nunca se separaba. Miró hacia su compañero. El hermoso cuerpo de proporciones griegas mostraba sus miembros laxos por el descanso después de la larga lucha amorosa en la que habían sido sucesivamente cazador y presa. Cuando el joven se despertó, tenía la daga del rey peligrosamente cerca, presionando su yugular.

—Barón—dijo el rey, aproximando su cuerpo de modo que prácticamente quedó encima, sin soltar la daga. Thomas se quedó muy quieto. El arma era extremadamente afilada y se encontraba a menos de un milímetro de seccionar su garganta: un pequeño movimiento en falso podía ser fatal.

—Estaba tratando de ponerme en vuestro lugar, y averiguar qué se siente cuando se está a punto de matar lo que se ama. ¿Es tal vez una especie de liberación, Excelencia?

La daga bajó, rasgando levemente la carne. Un hilillo rojo apareció en la suave piel tersa, enardeciendo en el soberano unos instintos primitivos, atávicos, que incluso para él mismo resultaban desconocidos. La daga siguió su camino, esta vez sin herir, cortando los hilos de las calzas y la propia tela. La virilidad del barón quedó al descubierto, para colmo despertándose incluso en aquel momento de extremo peligro. Bill miró hacia abajo, sorprendido y satisfecho, y luego a su amante a los ojos. El barón volteó el rostro, avergonzado. El rey volvió a maravillarse de que su amante aún tuviera la capacidad de sonrojarse en momentos así, a pesar de que ya habían llegado tan lejos. Arrojó la daga al suelo y el tintineo metálico de su caída rompió brevemente el silencio. William atrapó el cuello de su compañero y su lengua se estremeció en el momentáneo contacto con la sangre. Sintió que la suya se acumulaba en otro lugar de su cuerpo mucho más recóndito.

—He estado a punto de cercenaros el cuello, Milord, y ni siquiera habéis intentado huir. Vuestra fuerza y rapidez podrían haber detenido mi mano. ¿Tal vez en el fondo deseáis que os mate? ¿Os excita la idea, Señor?

Thomas no contestó. Simplemente era incapaz de articular palabra. Se llevó la mano a los labios, intentando acallar un gemido. El rey bajó hacia su intimidad y la atrapó con la boca. En ese momento el joven se mordió la mano con fuerza, hasta hacerla sangrar. El olor de la sangre remozada llegó hasta el rey, que soltó momentáneamente su presa, pero con sus sentidos de depredador excitados.

—Nunca debisteis dar a nadie lo que era solamente mío. —dijo con una voz ronca y con matices desconocidos, aunque a Thomas no le pasó por alto el despecho e incluso la saña con que se estaban pronunciando aquellas palabras.

—Poniendo al servicio de otros lo que solo puede pertenecerme a mí —añadió el rey con rabia, y esta vez como hablando para sí. Por su mente  pasó, rápida como una flecha en el viento, la idea de matarlo allí mismo, dejando un pesado rastro de conciencia culpable. Volvió a su labor sin delicadeza, lo que hizo que su compañero profiriera un grito de dolor. Poco a poco el monarca sustituyó su fiereza por suavidad, de tal modo que los jadeos no tardaron en llegar, al principio casi inaudibles, luego imparables. Cuando el estallido del orgasmo era inminente, lo sujetó con fuerza.

—Bill, no seas cruel. Déjame venirme —suplicó el joven, agarrando la mano que lo impedía y sintiendo que se ahogaba.

—No— replicó el rey, implacable, y lo tomó con fuerza, sin avisar. Las embestidas del monarca a su caballero eran tan fuertes que el dosel de la cama de madera labrada empezó a temblar.  Se prolongaron tanto que Tom perdió la noción del tiempo y pensó que iba a morir allí mismo, sofocado por el cuerpo de su amado en medio de vaharadas de placer. Las columnas talladas de fuerte roble se agitaban como si fueran simples juncos mecidos por el viento.

—Lleguemos juntos—balbució el rey a punto de proferir un alarido ante la llegada del clímax más intenso de su vida. Ambos gritaron al unísono antes de que Bill se desplomara sin fuerzas, después de haber sentido en cada centímetro de su cuerpo que el placer lo atravesaba como un rayo, dejando correr su esencia por completo en el cálido interior de su apasionado amante, que le arañaba con fiereza la espalda. La sangre, aquella sangre que compartían , hizo su aparición de nuevo aquella noche en la espalda del soberano, como si quisiera unirse con la que había brotado del cuello de su hermano, como si protestara por haber estado a punto de ser derramada.
                                  (Continuará)






domingo, 4 de octubre de 2015

La pasión de la espada, cap. XXIII

La pasión de la espada, cap. XXIII
Por Selene Ruiz de Vivar

William pasó el resto del día en los aposentos de su hijo, de donde había hecho salir a todas las doncellas que habitualmente lo atendían. Estaba sorprendido de que, contrariamente a lo que había esperado, no parecía haber ni la más mínima señal de insumisión por parte de los habitantes de la fortaleza, que efectivamente lo trataban con la reverencia y cortesía debidas a un huésped regio, como si hubiera llegado de visita y no al frente de un grupo de hombres armados. Le resultaba contradictorio con la, a la vista de los hechos, más que posible ambición de Thomas por el trono. Cerró los ojos, cansado. Las manitas del niño le rozaron inesperadamente. Acarició la cabeza, llena de rizos sedosos, y luego lo tomó en brazos. En sus manos estaba, pensó, la esperanza de Suburbia. El niño había vencido a duras penas la resistencia inicial y comenzaba a familiarizarse con él a paso lento. Era indudable que lo había esperado con ahínco; se diría que Thomas lo había incitado a recibirlo con los brazos abiertos y había mantenido su memoria viva en la mente de su pequeño. Echó un vistazo al lujo y comodidades de la habitación de su hijo, así como a la alegre zona de estudio donde aprendía las primeras letras, y observó también una pequeña sala de música donde reposaban un rabel y una flauta travesera. Sintió un vuelco en el corazón y un nudo en la garganta al recordar su propia infancia, muy similar,  al lado de Tom. Bueno, incluso se había encargado de que no le faltara un compañero de juegos, pensó amargamente. El recuerdo de que Tom tenía ahora una familia viró sus pensamientos a sombríos y remozó los deseos y sentimientos de despecho y venganza que habían quedado hasta entonces momentáneamente apartados con la contemplación del bienestar de su hijo. Con delicadeza lo llevó a su lecho, arropándolo. Tenía que encontrar la forma de salir de allí, pero la tierna edad de su vástago complicaba la posibilidad de una rápida huida. No le quedaba más remedio que actuar con astucia. Regresó a sus aposentos no bien el niño se hubo dormido, después de contemplarlo largo rato, secretamente orgulloso. Deambulaba libremente por las dependencias del castillo; si Tom había ordenado que lo siguieran, era desde luego a mucha distancia y con extremo sigilo: ni su oído de cacería ni su vista de pájaro habían logrado percibir nada extraño. Al llegar a sus aposentos, se sobresaltó al encontrarse de bruces a Tom, con los brazos cruzados y apoyado en uno de los ventanales. Giró la cabeza, deseando poder evitar mirarlo. Thomas se movió ligeramente.

—¿Encontráis todo a vuestro gusto, Sire? Si echáis en falta algo que os sea necesario, lo mandaré traer inmediatamente.
—No necesito nada—se apresuró a contestar William—devolvedme mi libertad o mi ejército derribará esta fortaleza y la reducirá a escombros.
—¿Estáis seguro de eso, Señor? Creo que subestimáis mis fuerzas y sobrestimáis las vuestras.
—Eso se tendría que ver en el campo de batalla y no reteniendo a un niño y chantajeando a su padre—contestó el rey, rojo de ira. Una de sus manos agarró los ropajes del noble a la altura del pecho, con ánimo de zarandearlo. Thomas se lo impidió, sujetándolo con fuerza por la muñeca.
—Podría haceros ver ahora mismo lo equivocado que estáis, William; y rodeado de traidores por todas partes.
 —Sí, ¡de traidores como vos! —bramó el rey, encolerizado—Como vos, mi amigo del alma, mi compañero, mi….¡mi hermano bastardo, que se ha saltado todas las leyes divinas y humanas llevado por su ambición!


Thomas enrojeció de golpe y agarró del brazo a Will; con un certero movimiento lo inmovilizó contra la pared, colocándolo de espaldas. Se sentía tan herido que habría podido aullar de dolor.

—Te equivocas, Will. Te equivocas en todo. No tenemos la culpa de los pecados de nuestros padres ni tenemos por qué cargarlos sobre nuestras espaldas. ¿Acaso esperabas que me arrancara los ojos como Edipo? Yo no sabía lo que era cuando fui tu amante y no lo supe hasta que fue demasiado tarde para dejarte marchar. ¡Dime!— Alzó la voz y luego la bajó al aproximarse a su oído, convirtiéndola en un susurro—tú, ¿qué habrías hecho?

William cerró los ojos, apretando con fuerza, y emitió una sorda queja que se transformó en sollozo. Thomas sintió que no podía soportarlo más. Con determinación e incluso cierta rudeza y rabia le soltó, sujetándole la cara con ambas manos. Posó su frente sobre la de él y sus labios quedaron muy juntos.

—Dime, Bill —repitió—¿qué habrías hecho tú?

Al no recibir respuesta sus ojos bajaron a los labios y sin dejar de tenerlo sujeto con las manos, su propia boca aprisionó la de su amante, saqueándola a conciencia. William intentó resistirse, sin éxito. Se sabía sin fuerzas frente a la energía de su adversario. Los músculos de hierro del barón lo aplastaban contra la pared. Se sintió sobremanera miserable. A todas las transgresiones a las que se habían avenido se sumaba ahora el adulterio, pues Tom estaba casado. Qué lo había llevado a ello era algo en lo que prefería no pensar. Tal vez no había sido sólo amor; sin duda se mezclaba el agradecimiento y el pago a los servicios prestados; al fin y al cabo ella era su cómplice en su ambiciosa estratagema por  alcanzar el trono.

Sonrojado por la excitación a su pesar producida por el beso y la ira nacida de sus oscuros pensamientos, levantó la mano y abofeteó a Tom en el rostro. El joven, desprevenido, se tambaleó y al recuperarse, herido más en su ego que en su mejilla, le devolvió la bofetada. Nunca nadie había osado ponerle la mano encima a Will de aquella manera. Se miraron fijamente. Thomas se distrajo por un breve momento en  la perfección de las facciones del rey, bello como un dios. En ese instante arrancado al tiempo, ambos se quedaron muy quietos, como si el deslizar de las horas se hubiera detenido. De pronto, sucedió lo inesperado. El soberano, el rey retenido con engaños junto a su heredero, el defensor a ultranza de su amenazado trono dispuesto a reducir a cenizas a todo Loitsche y destruir  lo que hubiera en varias leguas a la redonda, el fiero guerrero a la cabeza de su exiguo ejército, tomó con sus fuertes manos la cabeza de Tom y le devolvió el beso con tal pasión que su sorprendido contrincante flojeó al sentir la humedad del choque  en sus labios entreabiertos, que se abrieron aún más instintivamente, haciendo que la lengua profundizara al no encontrar impedimentos a su paso. Pronto, las respiraciones entrecortadas y jadeantes acompañaron a aquellos besos ardientes que bajaban al cuello acompañados de caricias ansiosas y apresuradas. Thomas tomó aire. La camisa desabrochada comenzaba a estar empapada en sudor y la pasión amorosa exigía su satisfacción con urgencia y sin dilaciones. Miró hacia el lecho y se le antojó insoportablemente lejano, aunque sólo estaba a unos pasos. Sin demasiados miramientos, le dio la vuelta.  El rey sorprendido giró el cuello, intentando encontrarse con sus ojos. Thomas le acarició suavemente con una mano mientras la otra lo sujetaba por la cadera.

—Eres totalmente mío—dijo sin vacilaciones. —Voy a poseerte.

El rey sintió que su cuerpo respondía a aquellas palabras arqueándose mientras sus manos y su cara se apoyaban contra el cristal de los ventanales, empañados por su aliento enardecido.
Will se sintió asustado por la intensidad de sus propios deseos hacia quien era un traidor, un villano y un enemigo. Con un murmullo de voz apenas audible, ya que el fino cristal aplastaba su cara, se dirigió a Tom.

—Yo…..igualmente…os destruiré.

Thomas, que sentía que su clímax iba a precipitarse si seguía oyendo la voz de su amante, le forzó a arquearse aún más, de una forma que no por ser delicada dejaba de ser imperiosa.
—Disculpad que no os escuche, Sire—dijo, sin detenerse ni contenerse, a medida que el crescendo de la pasión aumentaba el ritmo de los movimientos en perfecto acoplamiento— hay cosas más apremiantes que no pueden esperar.

            (Continuará)