La pasión de la espada, cap. XXV
por Selene Ruiz de Vivar
por Selene Ruiz de Vivar
Los días pasaron con una lentitud exasperante para
William, retenido en la fortaleza de la montaña sin noticias de su ejército y
enredado en sus propias pasiones y deseos avasalladores y contradictorios. Su tiempo
transcurría entre los días al lado de su hijo, intentando recuperar el tiempo
perdido, y las noches ardientes con su amante, deseando apoderarse de sus horas
y dejar rastros posesivos en su piel que le impidieran acercarse - o al menos
no sin cubrirse de vergüenza- al lecho de su esposa. Su lujuria no se saciaba
con nada, y el que estuviera teñida de culpa lo acicateaba aún más, como si se
viera todas las noches en una singular batalla en la que recuperaba lo que le
habían arrebatado para perderlo de nuevo a la mañana siguiente y así una y otra
vez en una espiral de sufrimiento sin fin. Sentía que su amor se volvía más
violento y sin control cada día que pasaba, alternando con momentos de rabia y
odio que amenazaban con aniquilarlo.
Cuando anunciaron por fin la llegada de un emisario del exterior
sintió que se liberaba, tanto si era portador de buenas noticias como si no,
porque suponía por fin pasar a la acción, salir de aquel marasmo paralizante
donde sus sentimientos desbordados se magnificaban hasta asfixiarlo.
Thomas, cuidadoso hasta el extremo de cada mínimo
detalle, ordenó preparar su propia Sala de Audiencias como si fuera el Salón
del Trono del soberano, reservándole el lugar principal, enviando así un mudo
mensaje que no pasó desapercibido a nadie y mucho menos al propio rey, que
sentía que la percepción de la lealtad de su amante se mezclaba arremolinándose
con el resto de sentimientos que provocaban tumultos en su interior. El
mensajero hizo una profunda reverencia, postrándose prácticamente a los pies de
su señor.
—Majestad—el emisario comenzó su discurso sin
levantar la cabeza—os traigo nuevas de vuestro ejército. Gary de Kuhdorf,
vuestro Regente, ha llegado al frente de los refuerzos, para encontrarse que
vuestro ejército ya no está formado en posición ofensiva contra las murallas de
la fortaleza de Loitsche, Señor—agachó la cabeza aún más, temiendo las
habituales reacciones de los poderosos a los portadores de lo que parecían malas noticias.
William palideció repentinamente e hizo un gesto
conminatorio con la cabeza para que el legado siguiera hablando. Thomas miró de
reojo a su señor, compartiendo el más que justificado temor del emisario y
dispuesto a actuar, por si fuera necesario contener al rey. La esposa del barón
hizo su entrada en el peor de los momentos posibles y, aunque intentó que su
presencia no fuera notada, su llegada, que siempre iba acompañada de toda la
parafernalia de doncellas y niños, resultó extremadamente evidente y molesta
para el rey. La joven se sonrojó hasta la raíz del cabello, sumamente
avergonzada. El emisario levantó ligeramente la cabeza, dispuesto a aceptar los
riesgos.
—Mi Señor—continuó, armándose de valor— Los
ejércitos de Vuestra Majestad y Milord de Loitsche se han unido y están en
estos momentos celebrando alrededor de las murallas. Hay fogatas con asados por
todas partes y el vino también corre generosamente.
William, incapaz de creer lo que estaba oyendo, se
levantó furioso con la mano en el pomo de la espada, dispuesto a acallar a
aquel farsante. Thomas se interpuso, veloz como una flecha disparada en el
aire. El emisario se creyó en la necesidad de justificarse, colocándose
precavidamente detrás de la poderosa figura del barón.
—Mi Señor, no eran más que un puñado de caballeros
hambrientos y desesperados que han respondido a la llamada acuciante del hambre…y
aquí hay abundancia de todo y…
—¡Cállate, patán! —rugió William, con los ojos fuera
de las órbitas.
El caballero volvió a postrarse rodilla en tierra,
hablando esta vez muy deprisa.
—Señor, ¡no culpéis a vuestro pueblo de la alegría
del reencuentro y la reconciliación! Desde que se conoció la noticia de que el
barón os había salvado la vida no se habla de otra cosa en Suburbia. Todo el
pueblo viene detrás, dispuesto a sumarse a las celebraciones, y a rendiros
homenaje, a Vos y a vuestro leal hermano.
William se paralizó, atónito. La sorpresa le impidió
articular palabra. En la puerta se produjo un ligero desorden. Los alabarderos de Thomas cuchichearon y tras
una protocolaria pausa hizo su entrada Gary de Kuhdorf, que también se deshizo
en reverencias, colocando su imponente humanidad pesadamente a los pies de su
señor.
—Gary..¿qué…? ¿qué haces aquí y por qué no estás al
frente de los asuntos de Arcadia?
—Mi Señor y buen rey—Gary besó la mano de Will, emocionado—estamos
aquí todos. Hemos hecho prisionero al chambelán. Lo hemos capturado cerca de aquí
mientras huía como una liebre. Desde que nombrasteis Lord Protector al barón de
Loitsche, intrigaba para deshacerse de él y parece que encabezaba una conspiración
para hacerse con el trono. Sabemos que con ayuda de cómplices, entre los que se
encuentra vuestra prima la condesa Sommerfeld, orquestó el intento de asesinato
que pretendía hacer pasar por obra del Barón. Pero lo que en definitiva nos
abrió los ojos fue que vuestro hermano os salvara la vida durante los momentos
más penosos de vuestra enfermedad, incluso poniendo en riesgo la suya. Todo el
que en Arcadia estaba en condiciones de caminar nos ha seguido y se dirigen
hacia aquí para celebrarlo, Señor.
Desde el momento en que oyó que Thomas había estado a su lado durante los días que duró su enfermedad,William dejó de escuchar
el resto. Se dio cuenta de que no había soñado que su amado estaba allí a su
lado como creía, y reparó también en lo necio que había sido al no
pensar que era imposible que hubiera estado solo, ya que eso hubiera supuesto
una muerte segura. Buscó a Thomas con la mirada. Sorprendentemente, Thomas no
le devolvió el gesto. Advirtiendo la vacilación del rey, Gary se apresuró a
aportar la evidencia.
—Majestad, puedo hablar de lo que yo mismo presencié
con mis propios ojos, apostado ante vuestra puerta todo el tiempo que duró
vuestra enfermedad mientras todo el mundo huía como gallinas cuando se abre el
corral. Mi señor Thomas entró por un pasadizo secreto a vuestras habitaciones y
no se apartó del lecho, y aplicó el remedio que os devolvió la salud. Además,
esa mujer estaba también presente, y ayudó al barón a salvaros; no se podría
haber logrado si ella no hubiera robado los alambiques de la bodega.
Un silencio sepulcral siguió a estas palabras. La
servidumbre y caballeros de Thomas miraban al vacío, esperando la reacción del barón, anonadados al oír que Gary se había manifestado con una familiaridad
inusitada al aludir a la que ahora era esposa de su señor y por tanto dama
principal de la fortaleza como “esa mujer”. William por su parte intentaba
asimilar el caudal de información que alteraba por completo el curso de su vida
y la percepción de todo lo ocurrido, entendiendo por fin una realidad que ahora
cobraba su verdadera dimensión. Gary calló, incómodo ante tanto silencio.
—Sí—terció Selvagia con voz alta y clara— Yo estuve
allí. Yo ayudé. Y tenéis mi palabra de que todo ocurrió tal como vuestro
caballero lo dice.Y soy testigo de la devoción y el amor del barón hacia el
rey.
William y Thomas por fin se miraron. William envainó
la espada, que había tenido en todo momento en la mano. Por un momento pareció
incapaz de decir nada, pero al punto recompuso su figura regia y el dominio de
sí mismo.
—Nos os damos las gracias—dijo protocolariamente y
empleando el tono mayestático de las grandes ocasiones. —Todos seréis
recompensados por vuestras acciones y lealtad a su debido tiempo. Ahora tengo
que ocuparme de mi pueblo. Príncipe, acompañadme.
Henry se desasió con delicadeza de la mano de
Selvagia y corrió hacia su padre. William salió apresuradamente con su hijo
tras haber cruzado una prolongada mirada con su hermano. Los alabarderos
cruzaron las lanzas con un ruido metálico a su salida.
(Continuará)
