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sábado, 25 de julio de 2015

La pasión de la espada, cap XVII

La pasión de la espada, cap. XVII
Por Selene Ruiz de Vivar
Lo cierto era que ni Tom ni Selvagia habían ido muy lejos. Expertísimo conocedor de los alrededores del castillo por haber pasado su niñez en él, Thomas supo hacerse desaparecer como por ensalmo y de manera casi mágica de sus perseguidores simplemente dando la vuelta al foso hacia la zona de los acantilados e introduciéndose por un desfiladero que parecía infranqueable para un hombre solo, cuanto más para dos cabalgaduras. Se trataba de un caprichoso trampantojo de la naturaleza y había que estar muy familiarizado con las condiciones estratégicas e historia secreta del castillo para poder acceder a él; y tratándose de un bastión habitado sobre todo por servidumbre y una gran masa de refugiados, nobles y no tan nobles que se habían acogido a su amparo huyendo de la peste, resultaba prácticamente desconocido para la gran mayoría. Tom agarró fuertemente de las bridas la yegua de Selvagia, en realidad de la condesa, más por temor a que el noble animal se encabritara por el miedo e hiciera un extraño que porque su amazona no fuera a atreverse a seguirle por aquel aparentemente imposible camino: Thomas estaba seguro de que la joven le habría seguido hasta el mismo infierno si hubiera sido necesario.  
Después de la pesadilla que habían supuesto los sucesos en el patio de armas, la muchacha no pudo sino maravillarse del espectáculo que se abrió ante sus ojos, que se humedecieron sin que ella pudiera evitarlo. Era un lugar paradisiaco, completamente oculto por una especie de boscaje y maleza que les arañó la cara y las manos al pasar y que daba paso a un maravilloso oasis de  cascadas y manantiales de agua cristalina rodeados de vegetación: el lugar más delicioso de toda Arcadia.

 Thomas examinaba todo sin perder detalle; parecía que no se le daba un ardite de la magnificencia lujuriante del lugar. Recorrió los espacios como buscando algo, varias veces. Bajó del caballo en lo que parecía un pequeño embarcadero de un estanque o lago semioculto por algas y maleza. Selvagia entendía por fin cómo en el castillo milagrosamente parecían no acabarse nunca las tinajas de agua y miró a Tom con agradecimiento, como  a un héroe. El joven levantó parte del sotobosque que cubría el pequeño camino de madera hasta dar con una especie de entrada a una bodega, cubierta por rejas, que levantó con la mano tras forcejear un buen rato con ella. Lo que vio pareció satisfacerle. Levantó la vista hacia su ocasional compañera de aventuras: era el momento de dar explicaciones, aunque sólo serían las mínimas, pensó, por la propia seguridad de aquella chiquilla.
—Selvagia—dijo, solemne—me has salvado la vida. Estoy en deuda contigo, y me has demostrado sobradamente que puedo confiar en ti. Esto es una entrada secreta a un pasadizo del castillo que el rey William y yo exploramos una vez de niños. Conduce exactamente a los aposentos reales; está pensada para escapar en un caso de extrema necesidad, en un asedio, cuando está ya todo perdido o el castillo tomado por los enemigos, para salvar la vida de la familia real. Voy a volver al interior del castillo a través de él. No voy a huir dejando que Bill crea que soy un asesino y un cobarde—dijo, traicionándose inconscientemente al llamar al rey con tanta familiaridad; y sus ojos se oscurecieron hasta parecer dos azabaches.
La aludida le dirigió una mirada súbitamente alarmada: el plan le parecía una verdadera locura. Pensó a la velocidad de un relámpago cómo podría disuadirlo de lo que parecía un suicidio.
—Noble Thomas—dijo, intentando sonar persuasiva—os lo suplico, no lo hagáis. Cualquiera podría reconoceros y daros muerte; tal vez el rey resultó herido, entonces sin duda ya el chambelán ha dado orden de que seáis entregado vivo o muerto. ¡Dejemos que se haga de noche y huyamos en la oscuridad a través de los bosques! Es nuestra única esperanza de salvación.

Thomas pensó brevemente en esa posibilidad, para nada descabellada, de huir hacia las montañas, escondiéndose durante el día y cabalgando por la noche. Pero la descartó inmediatamente; no lo haría, no antes de haber hablado con William, de haber protestado su inocencia. ¿Qué ocurriría si, como era probable, alguien destilaba en el oído del rey el veneno y la ponzoña de que era su hermano bastardo, revelando una verdad insoportablemente inaceptable, y a la vez la falsedad de que quería apoderarse del trono como bastardo real, dando a semejante infamia visos de verosimilitud o al menos de duda, de que hubiera llegado tan lejos como para recurrir a la mentira, el disimulo, la seducción y hasta la tentativa de asesinato? Tom nunca lo iba a permitir mientras le quedara aliento. Se sintió aún más decidido a aclarar las cosas sin dilación.
Lo que no sabía era que adentrándose en el castillo después de haber dado a una llorosa Selvagia instrucciones sobre qué hacer y cómo salvar su vida si él no volvía al cabo de 24 horas por el mismo pasadizo, se iba a dar de bruces con un infortunio inesperado de mayores dimensiones aún.

                                                          *****

Cuando los aterrados sirvientes se alejaron rápida e instintivamente del cuerpo  inerte de su rey, se vivieron unos larguísimos, interminables minutos de angustia y desesperación, al no haber nadie capaz de tomar la iniciativa sobre qué hacer ante la magnitud de la desdicha que se cernía sobre ellos. Los nobles huyeron, despavoridos y cobardes, a ponerse a salvo en sus aposentos cerrados a cal y canto. Sólo Gary, el caballero nuevo, el antiguo criado, mantuvo la suficiente calma y sangre fría para, luego de unos minutos de estupefacción, mandar llamar a dos de los antiguos esclavos manumitidos, aquellos que parecían inmunes a la enfermedad y que por ello llevaban largo tiempo ejerciendo de improvisados sepultureros y enterradores, que colocaron al rey en unas angarillas y lo trasladaron a sus aposentos, sin saber muy bien qué hacer después. El físico no osó ni acercarse, dando instrucciones a los esclavos de que colocaran unas compresas frías sobre la frente y las sienes del desdichado monarca, que en su intensa palidez aún mantenía sus bellas y perfectas facciones no estragadas todavía por el avance de la enfermedad. Después todos salieron y Gary quedó haciendo guardia en la puerta, de la que hasta los alabarderos habían huido. El lecho del rey quedó en soledad. A Gary le dio tiempo durante varias horas (que se le hicieron eternas) para reflexionar sobre las vanidades del mundo, la ubicuidad de la muerte, sin duda en eso igualitaria, y la soledad de los poderosos, hasta que el descorrerse de una especie de mecanismo en lo que hasta ese momento le parecía una simple pared le sacó de sus ensimismamientos. La figura de Thomas apareció en ese momento, como si fuera un fantasma atravesando los muros de piedra. Gary echó inmediatamente mano a la espada,  dispuesto a rebanarle el cuello. La guardia que recorría el pasillo arriba y abajo pasaba por allí en ese momento. Thomas no estaba en su ángulo de visión, pero nada hubiera sido más fácil para Gary que dar la voz de alarma, gritar “¡a mí los defensores del castillo!” Para que Tom hubiera sido hombre muerto. Pero algo en el interminable segundo en que ambos hombres se miraron mutuamente y con intensidad desusada lo disuadió de hacerlo. Thomas se había llevado un dedo a los labios y había un mudo matiz de súplica en sus ojos húmedos, que tras echar un fugaz vistazo al lecho de Bill lo habían comprendido todo.
Gary se volvió hacia los soldados que acababan de acercarse al percibir el movimiento de la mano hacia el arma.
—¿Todo en orden, señor?
—Sí, todo—respondió Gary con una media sonrisa que más parecía una mueca, ocultando el interior de la habitación con su voluminoso cuerpo.

       (Continuará)