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lunes, 30 de noviembre de 2015

La pasión de la espada, cap. XXX. FINAL

La pasión de la espada, cap. XXX
Por Selene Ruiz de Vivar

Cuando los dos jóvenes despertaron, la claridad entraba por las vidrieras a raudales. El griterío en los alrededores era ensordecedor y los lebreles de William junto con Janson, heridos en los oídos por el bullicio, se habían lanzado a aullar, aumentando aún más la confusión. Tom se asomó brevemente a los ventanales y, aunque no alcanzaba a ver  nada por la muralla exterior, imaginó que había una gran multitud agolpándose a las puertas. Cuando se dio la vuelta vio a Will a su lado.

—¿Qué está ocurriendo aquí?

Will se pasó la mano por la cara, preocupado. En ese momento entró el Príncipe en tromba. Los perros lo rodearon saltando alegremente.

—¡Tom! El niño abrazó fuertemente a su tío, contentísimo. A continuación, hizo una simpática reverencia cortesana.

—¡Os he esperado durante meses! ¿Sabéis?  Mis ayos ya me han enseñado a manejar el florete. ¡Ahora ya podré batirme con Vos! Porque vais a quedaros ¿no? Ahora que sois rey como mi padre.

—Sí, Henry. He venido para quedarme—Bill sintió que se estremecía al oír aquello. Thomas no quiso mirarlo y tomó al niño en brazos, saliendo de la estancia—. Ven, Henry. Te he traído regalos, incluso una espada con tus iniciales en el pomo, forjada en las montañas. ¿Quieres verla?

—Claro, tío. ¿De verdad pone Henry de Suburbia?

—Sí, y tiene un rubí en el centro, enorme—Tom besó al niño, encantado. Cuando bajaron al patio de armas, seguidos de cerca por Bill,  todos los sirvientes que se encontraban presentes se pusieron de rodillas. Tom quedó muy extrañado de la efusividad de sus súbditos. No recordaba nada parecido de sus tiempos anteriores en el castillo. Miró de reojo a William, interrogando con la mirada, y a una seña de éste entraron en la sala del Homenaje. El Príncipe quedó con sus ayos y nodrizas. Will explicó lo mejor que pudo la situación a Thomas, que quedó pensativo.

—El hecho es que este año habrá una gran crecida de las cosechas gracias al sistema de canales de agua de la llanura que Selvagia aprendió de los árabes. Estaremos incluso en condiciones de almacenar y así prevenir futuras hambrunas. Pero esto pronto será de dominio público, Bill. En cuanto a adivinos y sacerdotes del roble, acompañan desde tiempos inmemoriales a nuestro pueblo y a menudo han actuado en el pasado aconsejando con sensatez y prudencia a los antiguos monarcas, incluso como consejeros políticos.

—Lo sé, Tom, pero ahora no son sino un puñado de ancianos harapientos. Gary ha destinado fondos de las arcas públicas para reconstruir su casa en el bosque prácticamente derruida, considerándolo más un asilo que un verdadero colegio sacerdotal. ¿Cómo habrán logrado de nuevo predicamento entre los campesinos?

Tom estuvo meditando un rato. En la historia que escribía sobre las baronías del Norte había recogido también los mitos y leyendas populares, entre los que se contaba que Suburbia, después de una época oscura, conocería una prosperidad nunca vista con la entrada en la era de Géminis y que la vuelta a las antiguas formas de gobierno garantizaría para siempre la libertad de la isla, con los dioses caminando entre ellos.

—Las predicciones de los adivinos, aunque sean simples elucubraciones, Bill, siempre están basadas en elementos reales, como todos los mitos. La Humanidad lleva siglos sobreviviendo de esta manera. ¿Crees que en el continente las cosas son mejores? Allí queman a las mujeres sabias apodándolas de brujas, y a los hombres por sus creencias religiosas.

William quedó pensativo. Era innegable que Suburbia había estado al borde del abismo, y que se había salvado gracias a su instinto de supervivencia y a la actuación de un puñado de hombres y mujeres excepcionales. Thomas se le acercó.

—Sólo podremos ser libres aquí, Will. En nuestro país, en el lugar que nos corresponde y rodeados del calor de nuestra gente. Preparémonos para la fiesta: esta noche se encenderán todas las hogueras del gran festival de Beltane. ¡La luz quebrará la oscuridad de tal manera que parecerá que se ha hecho de día!

Los dos jóvenes juntaron sus frentes, cerrando los ojos en un gesto de amor y ternura que era muy habitual en ellos. Cuando al final de aquel mismo día por la tarde salieron ambos en sus caballos, enjaezados con gualdrapas carmesíes sobre las que las antiguas esclavas habían bordado el ave fénix bicéfala que había pasado a ser el símbolo de su reino, las coronas de oro sobre sus regias cabezas brillaron un punto al sol. La muchedumbre al verlos gritó, enfebrecida. Los caballos seguidos de la multitud bajaron por los peñascos del altozano y ambos caballeros descabalgaron, mezclándose con el pueblo mientras se encendían las hogueras, dispuestas ya desde la mañana. La comida y la bebida, aun dentro de la general escasez, no faltó, y la música de Suburbia, enriquecida por las múltiples influencias de los muchos pueblos que comerciaban con la isla, llenó cada paraje, cada rincón remoto. Aquella noche Beltane fue una vez más un canto a la vida, a la alegría de estar vivo, una fiesta de renacimiento. La fiesta se prolongó hasta bien entrada la noche, sin distinguir clases sociales, prácticamente borradas por la plaga, que si algo bueno había dejado era haber nivelado las riquezas. Muchos que lo habían perdido todo sintieron aquel día como un nuevo comienzo: y muchas personas solitarias aceptaron formar parte de nuevas familias. Padres que habían perdido a sus hijos prohijaron a niños solitarios, ancianos desamparados fueron acogidos, viudos supervivientes sintieron que podrían volver a crear una nuevo hogar. La esperanza renació en muchos corazones sobrecogidos en aquella noche única. Cuando ya casi despuntaba el alba, Tom susurró al oído de Bill.

—Creo que deberíamos irnos, amado mío. Tenemos una obligación ¿recuerdas? El bienestar de nuestro pueblo.

Bill se giró y lo miró sonriendo. Thomas guiñó un ojo, en un gesto que resultaba en él irresistible y encantador. Uno de los caballos reales se había asustado con el ruido y había huido hacía horas hacia las caballerizas reales, pero el otro seguía allí, resistiendo heroicamente en medio del griterío y las danzas incesantes. Thomas subió al caballo con un ágil salto y dio la mano al rey, ayudándolo a subir a la parte trasera de la grupa. Bill se asió con fuerza a la cintura de su compañero. Thomas azuzó al caballo, que se levantó sobre sus patas delanteras y luego se dio al galope hacia el castillo en su cumbre. El amanecer iluminó por un momento aquella magnífica cabalgadura recortándose en el horizonte. La multitud enfervorizada elevó su deseo al firmamento en un grito unánime y espontáneo que todos lanzaron como si fueran uno solo:

¡LARGA VIDA A LOS REYES DE SUBURBIA!

                    FIN

La pasión de la espada, 30-11-14/30-11-15



domingo, 29 de noviembre de 2015

La pasión de la espada, cap. XXIX


La pasión de la espada, cap. XXIX
Por Selene Ruiz de Vivar
William había perdido ya la cuenta del número de jornadas que llevaba trabajando sin descanso, de sol a sol. El esfuerzo se concentraba por completo en la reconstrucción de la ciudad, en procurar la satisfacción de las necesidades primarias de la población diezmada, lo que no resultaba tan fácil debido a la escasez de brazos para trabajar. La mayor parte de la mano de obra de la ciudad se concentraba en el puerto y, al haberse abierto por fin la comunicación por mar, comenzaba  un incipiente comercio que estaba sacando a flote la economía de la maltrecha Suburbia.
Aunque todavía no había amanecido, la febril mente de Bill ya estaba alerta, robándole horas al sueño, pensando en que la forzada necesidad de autoabastecimiento de su reino lo hacía, al menos en aquello momentos de transición, totalmente dependiente de las cosechas de la llanura. Sin eso, por culpa de la autarquía a la que se habían visto obligados por la cuarentena durante el tiempo que estuvieron cerradas las vías de comercio, la población urbana se vería otra vez sometida a la amenaza del hambre, un fantasma que seguía recorriendo las otrora desoladas callejuelas de Arcadia, cada día que pasaba de hito  en hito más animadas y bulliciosas, aunque todavía quedaba un largo camino por recorrer.
El atribulado soberano metió la cabeza debajo de la almohada, procurando que la amenaza de la desesperación no le impidiese pensar con claridad. Todavía la navegación de cabotaje no se había restablecido, todavía existía el  miedo al contagio que la estaba retrasando, aunque las pruebas de la remisión de la enfermedad ya eran incontestables. Pensó que era irracional, pero hasta cierto punto comprensible, y que llevaría tiempo cambiar aquella inercia. Tendría que hacer una labor diplomática muy intensa, convenciendo a legaciones y embajadores de que podían estar tranquilos en ese sentido. Se revolvió en el lecho, confortable pero solitario, pensando en Thomas de nuevo. Sabía que su labor en las montañas era inestimable y que una de las razones de que todo estuviera funcionando era precisamente la pacificación de las baronías del Norte. En ese sentido, el reconocimiento de la soberanía de Thomas había sido una jugada maestra, ya que los díscolos barones nunca hubieran reconocido al cien por cien a Bill pero sí a uno de los suyos, al más fuerte de todos ellos. Pensó con orgullo en el Ave Fénix de dos cabezas, nuevo símbolo de Suburbia que ondeaba por doquier en torres y castillos de Norte a Sur y que sólo Tom y él podían usar como divisa en justas y torneos. Sobre las dos cabezas se elevaba suspendida en el aire una única corona. Cerró los ojos, desbordado por sus emociones, e intentó dormir. La oscuridad  no ayudó a traer el descanso, pero sí el sueño intermitente y cargado de imágenes de soledad angustiosa y  la semivigilia inquieta.
    Llevaba muchos días sin descansar y no tardó en caer en una especie de sueño pesado con pesadillas que confundía con despertares abruptos en los que oía el griterío de su pueblo levantándose en armas y a continuación de  una penosa matanza, de la orgía de sangre pasaba a una bacanal desenfrenada. Por las calles había hogueras donde se quemaban cadáveres como en los tiempos de la peste mientras mujeres enmascaradas se entregaban a desconocidos al ritmo de tambores que eran seguidos por hombres disfrazados de esqueletos como tétricas danzas de la muerte. Él corría por las calles intentando detener la locura cuando uno de estos esqueletos le atenazó la garganta con su mano huesuda. Se despertó gritando y se quitó de encima la almohada de plumas, que le había estado ahogando. Comprobó alarmado que los ruidos en el exterior eran reales y se levantó con presteza del lecho, asomándose a los grandes ventanales de su cámara real. Tal vez, pensó, el pueblo estuviera adelantando los preparativos de Beltane. Salió a la balconada,  ya que las vidrieras le impedían la visión del exterior. No se hallaba del todo despierto y los sonidos de afuera le llegaban confusos, pero la algarabía parecía más una fiesta que un tumulto. Trastabilló y estuvo a punto de caerse: se agarraba fuertemente a la forja de la balconada cuando dos poderosas manos le sujetaron por la cintura.
—Rey Bill—dijo una voz a la par recia y acariciadora detrás de él— ¿tomando el fresco a estas horas de la mañana? No podéis salir así, sin abrigaros.
William, que en un primer momento había echado mano a la daga que siempre llevaba consigo, al oír aquella conocida voz teñida de ternura y sus palabras de amor y cuidado sintió a su pesar que las lágrimas se le agolpaban a los ojos. Eran muchos sentimientos a la vez: la sorpresa, la sensación de soledad prolongada, nostalgia,  consciencia de la propia debilidad, deseo irrefrenable de ser abrazado. No obstante, se apartó, contrariando la momentánea inclinación a fundirse con el cuerpo amado hasta quedarse sin fuerzas.
—¡Maldito seáis, Thomas! Me habéis asustado ¡diablos!
Tom se echó a reír, echando la cabeza hacia atrás. William se sintió como muchas otras veces cautivado por los matices cristalinos de aquella risa arrolladora, que sonaba como música celestial en sus oídos. Repentinamente, la risa cesó. Sintió cómo Tom le abrazaba, le besaba el cabello con suavidad, aunque le retenía con firmeza. Se sintió avergonzado de que sus lágrimas de alivio y contento estuvieran mojando profusamente la camisa de su compañero. Eso no era lo que se esperaba de un rey, pensó fugazmente.
—William—susurró Thomas en su oído— ¿me habéis echado de menos?
Los dos se miraron, intensamente avergonzados. Thomas decidió que era más prudente, dada la intensidad de aquel momento, cambiar de tema.
—Veo con sorpresa que no me esperabais, mi Señor. Sin duda habéis estado muy ocupado últimamente, ya que al parecer sois el único que no se ha percatado de mi venida. Una muchedumbre me sigue desde hace horas y he sido recibido como si fuera un enviado de los propios dioses—Thomas rió con los ojos, mirando a Bill como si fuera lo único que merecía la pena mirar en el mundo—Ni siquiera habéis preparado mis habitaciones ¿Esperáis que duerma en ésta? —Thomas miró a su interlocutor, divertido.
—No os extrañe. Los adivinos han estado haciendo correr bulos por ahí. En cuanto a lo otro—dijo Bill, mortificado y molesto—tenéis una esposa. Id con ella.
William entró a la cámara. La mañana era fría y además se le había erizado la piel del cuello al mencionar lo que convertía su vida en una ruina desolada. Tom entró tras él, cerrando los ventanales, y lo siguió hasta tenerlo cara a cara, lo que no fue sencillo, pues Will se mostraba huidizo.
—William—Tom le sujetó  por el mentón para forzarlo a sostener su mirada—ésa es la razón por la que he tardado tanto en venir. He estado esperando a que la sentencia fuera firme…Mi matrimonio ha sido anulado en la Corte de Justicia.
William abrió los ojos desmesuradamente, sin poderse creer lo que estaba oyendo.
—¿Por qué razón?—preguntó sorprendido.
—La razón principal es que nunca fue consumado—el flamante diarca de Suburbia, el hermoso rey Thomas, paseó por la estancia su mirada, mientras revelaba por primera vez toda la verdad a William—Nosotros sólo tuvimos un encuentro, poco después de tu enfermedad, cuando huíamos por los bosques. —Tom repasó los hechos mentalmente, con una calma no exenta de tristeza. —Ni siquiera lo recuerdo bien. Estaba agotado y enfebrecido y abrumado por tener que dejarte solo. En mi mente todo resultó tan confuso…pero no quiero justificarme.  Debí apartarla de mi lado, y habría evitado todo este sufrimiento.
William se dio la vuelta, aún muy dolido a su pesar.
—Le di mi mano y lo volvería a hacer, Bill—añadió Tom honestamente—No podía permitir que mi hija creciera como una bastarda. La Corte ha anulado el matrimonio, pero legitimó la prole. No crecerá con ese estigma.
William pensó en su hijo y en qué habría hecho él en su lugar. Se sintió, aunque herido, identificado con Thomas, y pensó en cómo había actuado y en el dolor que sintió al saberse un bastardo. Empezó a ver cómo la realidad se componía de piezas que encajaban unas con otras.
—¿Dónde está…ejem…la condesa Van der Erde?
—Está en la llanura, en las tierras de sus padres, donde Vos la enviasteis sin daros cuenta al cargarla con honores. Ella es una gran mujer, y merece ser feliz. ¿Sabéis que ha puesto en práctica un sistema de riego muy ingenioso que aprendió, aquí en el castillo, de los esclavos manumitidos árabes cuando trabajaba de incógnito como caballeriza, disfrazada de muchacho, y que está dando muy buenos resultados? En sus cartas me cuenta que cree que las cosechas serán como nunca se ha visto en Suburbia.
William rió, al pensar en los vaticinios de los adivinos y en cómo interpretarían la crecida de las cosechas, e iba a decírselo a Thomas, pero  éste ya lo empujaba contra el lecho.
—Venid, Señor. Luego habrá tiempo de pláticas; pero ahora es vuestro cuerpo el que tiene muchas cosas que decirme.
Los dos jóvenes rieron mientras rodaban por el lecho. El amanecer llegó  y los rayos de sol penetraron en la estancia que ya ardía caldeada por los besos de aquellos amantes ardientes, ansiosos por recuperar el tiempo que no vuelve.

                                                   (Continuará)

sábado, 21 de noviembre de 2015

La pasión de la espada, cap. XXVIII

La pasión de la espada, cap. XXVIII
Por Selene Ruiz de Vivar
El rey William salió al patio de armas a supervisar las mercancías que entraban en el castillo, procedentes del comercio renaciente de la ciudad, que despertaba poco a poco de su larga lucha con la plaga y ganaba de día en día la batalla por la supervivencia.  Se ocupaba de todo con precisión casi mecánica, procurando enfocar todas sus fuerzas en la resolución de las cuestiones diarias. Sacar adelante su reino era una tarea absorbente que requería de todas sus energías, pero lo habría hecho de forma más eficiente aún si su corazón no hubiera estado tan vacío y si no hubiera tenido que arrastrar sus fuerza a menudo al límite para acabar en un reposo poblado de pesadillas en su lecho solitario, que se le hacía infinitamente grande. La satisfacción de ver crecer a su hijo de día en día era lo único que podía paliar su sensación de angustia constante. Lo que más le dolía era la creencia de que su pena no se redimiría nunca. Se preguntaba a menudo en qué momento el dolor del amor empezaba a remitir, si era un proceso, o si de repente un día de buena mañana se despertaría limpio de aquel sentimiento traidor que le atenazaba de aquella manera las entrañas.
El niño barruntaba que su presencia era un bálsamo para su atribulado padre y no se separaba de él. Tampoco sus lebreles ni el singular Janson lo dejaban nunca solo e incluso subían a dormir al lecho, apaciguando así unas noches que podrían haber sido agitadas por la tendencia de William a los sueños inquietos. Más de una vez el tacto suave del pelaje de su braco lo calmó en medio de una pesadilla. El recuerdo de Tom no lo dejaba en paz y  con frecuencia pensaba en reclamarlo en Arcadia, para acto seguido desechar la idea por absurda e imposible.
Durante el día padre e hijo se habían hecho inseparables y esto fue para el Príncipe el mejor de los aprendizajes. La inteligencia del niño asimilaba todo como si fuera una esponja, aprendiendo de la diligencia de su padre en las tareas de gobierno, su ecuanimidad y su sentido de la justicia y del reparto equitativo. Los bienes confiscados de los traidores habían regresado a la corona, que a su vez los estaba empleando en la reconstrucción de la ciudad, y aunque el puerto seguía en cuarentena, su apertura era inminente, lo que daba trabajo a una gran parte de la población ocupada de la mañana a la noche en labores portuarias que iban a ser el verdadero disparadero de la economía de Suburbia.
No obstante la hambruna aún seguía enseñoreándose de la ciudad, todavía había malestar, pequeñas revueltas y descontentos. William notaba cuando se mezclaba entre la multitud cierta frialdad y un mudo reproche, y se autoculpaba de no  estar haciendo lo suficiente; pero no sabía en qué estaba fallando. Más bien al contrario, tenía la sensación de sacrificarse, de estar haciendo lo humanamente imposible, y de que su esfuerzo no estaba dando los frutos deseados. Se encontraba pensativo después de despachar las audiencias cuando hizo su entrada Gary, su mano derecha en Arcadia, haciendo una solemne reverencia.
—Sire, es todo por hoy.
—Mmmm…No había ningún despacho de las montañas… ¿hay alguna nueva de Loitsche? Todo va bien allí bajo el mando del rey mi hermano, supongo.
Gary percibió el sufrimiento de su rey y permaneció con la cabeza baja.
—No ha habido noticias últimamente, Sire—Gary sopesó la posibilidad de distraerlo hacia otros temas, pero finalmente decidió abordar el asunto de frente—Señor… ¿hay alguna posibilidad de que Milord Thomas estuviera presente en la festividad de Beltane?
Will se quedó ensimismado un momento. Beltane era la fiesta de la primavera, del fuego y de las cosechas, la gran explosión de vida, la máxima celebración de Arcadia.
—No—dijo tajante—ninguna. De sobra lo sabéis.
Gary miró hacia otro lado, pesaroso.
—   ¿Qué ocurre? ¿Por qué lo mencionáis?
—   Majestad…el pueblo está exigiendo su presencia en Arcadia. Empieza a ser un clamor por calles, negocios y tabernas.
El rey meditó por un momento si el favor de su pueblo se había inclinado por completo hacia el otro soberano.
—   ¿Tal vez queréis decir que debería hacerme a un lado, Excelencia? —Will sonreía, pensando en que tal vez una abdicación traería la paz a su corazón.
—   No se trata de eso, Sire—a Gary le costaba trabajo sostener la mirada del rey— el hecho es que el pueblo durante la peste y seguramente acuciado por el hambre se ha entregado a todo tipo de supersticiones. Han proliferado los adivinos, brindando su charlatanería a todo el que quisiera oír. Hay en especial una….superstición muy arraigada, Señor—Gary levantó de pronto los ojos, atreviéndose a mirar a su señor por primera vez.
Will prestó atención de pronto.
—Hablad—dijo sin rodeos.
—Antes os ruego, Señor, que perdonéis a vuestros súbditos. Los estragos de la peste, la muerte por doquier…se habrían agarrado a cualquier cosa que les ofreciera una mínima esperanza…¡comprendedlo!
—¡Hablad de una vez!
William empezaba a impacientarse. Gary dio una pequeña indicación a uno de lo alabarderos, que salió al punto.
—Señor…la razón de que se reclame al rey Thomas es… que el pueblo cree que las cosechas no prosperarán si no está presente…ejem…con Vos…
—   ¿Qué decís? No os entiendo… ¡por los dioses que resultáis oscuro!
William sentía crecer en su interior la molestia por aquella conversación y deseaba darla por terminada y retirarse a la tranquilidad de sus aposentos. Gary hizo un sobrehumano esfuerzo por hacerse entender.
—El hecho es que…el pueblo en connivencia con esos malditos adivinos…tiene la absurda creencia de que la amenaza de la peste se conjuró gracias a que vos, junto con vuestro hermano, practicasteis… mmm un tipo de magia…
—Deja los malditos acertijos—el humor del rey era cada vez peor y parecía que se iba a desencadenar en cualquier momento la tormenta de su cólera. Gary tembló, nervioso.
—¿Magia? ¿Qué suerte de desatino es éste? ¿Acaso la muchedumbre ha perdido el juicio?
—El tipo de magia que….requiere que Sus Majestades estén juntos y solos—dijo Gary de un tirón, arriesgándose. Se volvió hacia la puerta y agarró por los ropajes al hombre que los alabarderos habían ido a buscar, un anciano de cabello y barba blancas, con ropajes sacerdotales y un collar de cuentas al cuello, que llegaba encadenado. Will lo contempló, atónito, sin poder creer lo que estaba oyendo. ¿Acaso el colegio de adivinos,  en otro tiempo muy respetado en la antigua tradición de Suburbia, pero caído en descrédito y decadencia en los últimos tiempos, conocía una especie de resurgimiento y  estaba difundiendo la especie de que el hambre cesaría siempre que se produjera una suerte de magia sexual con su hermano? William pensó que estaba soñando.
—Habla, anciano.
—Majestad—dijo aquel hombre en un tono no exento de ceremonia y dignidad—vuestros sirvientes me han cargado de cadenas por decir la verdad que hemos leído en las estrellas. Sabemos que la peste no cesó hasta que vuestro hermano os arrancó de las garras de la enfermedad cuando en el cielo brillaba la constelación de Géminis. La época de bonanza sólo vendrá con la reencarnación de los Dióscuros en la tierra. Sin ello sólo habrá oscuridad y será el fin de Suburbia. Las estrellas han hablado—y tras decir esto quedó en silencio, con gran solemnidad. William se sobrepuso como tantas veces en su vida.
—Soltadlo de inmediato. Es indigno ver a un hombre de edad avanzada cargado de cadenas. Dadle aposento y escoltadlo mañana hasta el bosque—y tras decir estas palabras salió de la sala.
Gary libró de las cadenas al agradecido anciano e incluso le besó religiosamente el extremo de la túnica. Antes de dejarlo marchar, le entregó una bolsa repleta de monedas.
—He oído que el colegio de adivinos fue saqueado durante la peste y que incluso se ha derrumbado el tejado con las últimas lluvias. Tomad esto y venid a buscar más hasta que quede completamente reparado.
El anciano hizo la reverencia más profunda que su castigada espalda le pudo permitir, y se retiró presuroso.
El rey en sus aposentos hizo todo lo posible por olvidar aquel extraño episodio, pues tenía preocupaciones muy graves en mente, ya que en aquellos días se dilucidaba si se reabriría el comercio con Ultramar por fin, aunque en condiciones de momentánea desventaja para Suburbia. Agotado, se durmió de inmediato, sin volver a pensar en lo que le parecía una simple anécdota supersticiosa.
                                                               (Continuará)





lunes, 9 de noviembre de 2015

Reto de Halloween: "Injerto contra huésped" (Esta es mi primera incursión en el relato de terror.Ganó el concurso de autores. Por si quieren leer algo totalmente diferente)


INJERTO CONTRA HUÉSPED
Por SELENE RUIZ DE VIVAR
—Buenos días, señora Trümper. ¿Qué tal, Tommy, cómo va todo?—la sonrisa del doctor era franca, pero su tono de voz impostado denotaba cierta condición forzada que no pasó desapercibida a Simone después de tanto tiempo recorriendo consultorios con su hijo. El muchacho sonrió levemente y las ojeras debajo de sus ojos parecieron oscurecerse aún más.
—¿Me dejas un momento a solas con tu madre? Afuera la enfermera Heldwig te espera con una cocacola y unas revistas.
Tom salió con una lentitud inusual para su edad. Se bamboleaba un poco y eso unido a las rastas rubias  al viento y el aspecto demacrado le daba una apariencia que resultaba irresistible para muchos. El doctor se giró hacia la madre, mirándola fijamente.
—Señora Trümper, en la consulta de Psiquiatría no podemos hacer nada más por su hijo. Después de años de tratamiento, como ve, hemos sido incapaces de controlar las alucinaciones auditivas e invasivas y el trastorno disociativo de su hijo ni con  medicación ni con la ayuda de nuestro equipo asociado de psicólogos. Se descarta por completo que haya padecido esquizofrenia infantil. Las molestias físicas que refiere no son psicosomáticas. Mi consejo es que lo derivemos hacia un especialista en Medicina Interna y se trate como  cualquier dolencia fisiológica. Vamos a retirarle de inmediato los neurolépticos.
—¿Me está diciendo que durante todo este tiempo han estado atiborrándolo de pastillas y lo han dejado como un zombie porque se han equivocado de diagnóstico?—la angustia  de la madre se hacía visible en el temblor de su voz.
—Le estoy diciendo, señora, que, sea lo que sea lo que tiene su hijo, no está en la psique.
Tomi, por fin estos estúpidos se enteran de algo. Pero nunca sabrán la verdad. Nunca sabrán que me mataste y que por tu culpa no veo la luz del sol. Y que me condenaste a esta cárcel oscura, a mí, que podría haber sido aún más bello que tú. Pero la forma en que lo hiciste te convirtió en mi esclavo y ahora tu vida, nuestra vida, depende sólo de mí.
—¡Mamá! —el joven se revolvía de dolor en su cama rodeada de pósters de fútbol y de su rapero favorito, Samy Deluxe. Mamá, ven y ayuda si puedes a tu hijo. ¡Mamá!
Simone lo encontró boca abajo inconsciente. El dolor había  hecho que se desmayara y casi se ahogara en un vómito de sangre. Lo abrazó  con fuerza zarandeándolo para comprobar que seguía vivo.
—¡Gordon! ¡Llama a una ambulancia!
La madre lloraba amargamente sobre el vientre de su hijo cuando llegaron los paramédicos con el soporte vital para Tom.
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Parece que van a descubrir nuestro secretito, Tommy…hum. Todo esto es culpa tuya. Tendrías que haber aguantado como un hombre, pero no, tenías que llorar como una nena. Durante años estos imbéciles han creído que yo estaba en tu cabeza, pero ahora van a averiguar dónde estoy realmente. Prepárate a venir conmigo a los abismos…estamos juntos en esto….¡en esto y en todo!
—Hijo, tienes visita —
Tom se incorporó ligeramente sobre la cama. Simone se apartó y apareció la tímida figura de su novia desde el segundo curso de secundaria, Ria. Tom sonrió, pero su sonrisa no tardó en convertirse en rictus al sentir un fuerte tirón en sus entrañas.
—¿Te sientes mal, hijo? ¿quieres que avise a la enfermera para que te ponga un calmante?
—No, mamá…déjanos solos por favor.
Ria sonrió a su suegra mientras se iba y al quedar a solas con Tom se acercó a darle un beso en los labios. El joven se apartó con desagrado. La chica se quedó paralizada y enrojeció vivamente. Tom intentó tomarle la mano, avergonzado de su reacción.
—Perdona, Ria, es que…es que estoy tomando unos calmantes muy fuertes y,  bueno, me cambian el humor…
—No te preocupes, Tom. Te amo.
—Yo también te amo.
No creas que te lo vas a follar nunca, zorra, puta asquerosa. Él es mío. Es todo lo que yo quiero ser, brilla en mi sombra y yo en la suya. Aparta, maldita. Nunca lo tendrás, y de eso me encargaré yo, personalmente. Tu aliento casi llega a marearme hace un momento. Si pudiera te borraba de la faz de la tierra. Pero me conformo con que él no sea nunca tuyo.
—Mira quiénes están aquí—Georg y Gustav entraron a la habitación a visitar a su amigo.
—Así que haciéndote el enfermo otra vez… ¡Hay que ver lo que hacen algunos con tal de no ir a clase!
Todos rieron de buena gana menos Tom, que se sentía como si las vísceras fueran a salírsele por el pecho. Intentó que su cara de porcelana no se le desfigurara una vez más en una mueca.
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—Señora Trümper, tome asiento. Tengo algunas preguntas que hacerle.
Simone se sentó, expectante.
—¿El embarazo de Tom fue normal? ¿No se le notificó nada? En el dossier que nos ha aportado su médico anterior se nos indica que fue gemelar.
—Sí, así es—Simone se quedó pensativa. Pero uno lo perdí. Esto ¿qué tiene que ver?—prosiguió, extrañada.
El médico se levantó.
—¿Está segura de que lo perdió? ¿Notó sangrados, molestias? Sus gemelos eran univitelinos; tendría que haber perdido los dos en todo caso.
Volvió a sentarse y se quitó las gafas. Tal vez no quería ver la expresión de la señora Trümper cuando oyera lo que tenía que decirle.
—Señora, parece que en Tom se ha dado un caso muy raro, que sólo se da una vez de cada medio millón— El doctor carraspeó, incómodo—tenemos otros casos documentados…
—Siga—interrumpió Simone, dominante por una vez. El doctor levantó los ojos y la enfrentó.
—Se trata de…ejem…una alteración del desarrollo embrionario…se lo explicaré. Cuando el óvulo fecundado iba a dividirse en gemelos idénticos uno quedó atrapado dentro del otro…es una condición muy rara que llamamos fetus in fetu. El caso es que una masa orgánica con tronco y extremidades, que se conoce como gemelo parásito, puede quedar alojada dentro del cuerpo del otro  y alimentarse de su torrente sanguíneo…
—¡Noooooooo!—el grito desgarrador se escuchó por toda la consulta, paralizando momentáneamente todas las actividades. Simone se levantó bruscamente y su silla cayó al suelo con estrépito.
—¿Me está diciendo que…que todo el sufrimiento de mi hijo es real? ¿Qué todas las voces, las cosas que se ve obligado a hacer, es mi otro hijo quien las impulsa?
—Señora, no enloquezcamos. Le estoy hablando de un problema físico. Lo que usted cuenta es otro problema, un trastorno psicológico, un probable desorden mental…
Simone se sintió como si recorriera una y otra vez la misma pesadilla. Quiso cortar de raíz el mismo discurso cientifista que ya había oído una y otra vez a aquella pandilla de ignorantes con un título.
—Está bien—trató de calmarse. Quíteselo. Opérenlo cuanto antes. Saquen ese tumor, esa…excrecencia de la vida de mi hijo.
—Me temo que no es tan fácil—el doctor se adentró en el peor momento, aquel en el que tenía que hacer lo más duro de su trabajo—la…excrecencia como usted dice, ha crecido de forma desmesurada y al no existir placenta se alimenta directamente del torrente sanguíneo de su hijo, exactamente como un tumor. Ahora mismo la operación es inviable: nos expondríamos a una hemorragia masiva interna. El problema más grave no obstante—bajó los ojos incapaz de contemplar la consistencia de la desventura de aquella mujer desolada—es que esta masa se está comportando como un injerto en el cuerpo de su hijo, que está reaccionando contra él…para que me entienda, es como si estuviera rechazando un trasplante. Esto puede ser…ejem…muy doloroso para él.
Simone se quedó muy callada. Sentía que su cuerpo rígido no reaccionaba a su órdenes. Se sintió repentinamente invadida por una ola de horror sin redención, como si en su interior se hubiera instalado un monstruo que amenazaba con destruirla.
—¿Qué puede ofrecerme?
—Bueno…podemos aliviar el dolor de su hijo. Propongo que se le inyecte morfina directamente a la médula, además en cuidados paliativos estará continuamente vigilado y sedado…
Simone se levantó y abandonó la estancia sin decir una palabra. Paradójicamente le acudían los recuerdos de alegría, suya y de Jörg, su primer marido, de cómo le había dado vueltas en el aire cuando supo que esperaban gemelos y cómo inmediatamente los había puesto nombre, también al que no había nacido.
Bill.
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        Tom lloraba en silencio en su habitación. Por qué, por qué había tenido que pasar esto. Por qué su cuerpo se había posesionado del cuerpo de su hermano dejándolo dentro de sí como un monstruoso Cronos.
Pero sobre todo, por qué aquel cuerpo atrapado había seguido completamente consciente de todo.
El muchacho se quitó lentamente todas las máquinas que controlaban sus constantes y la vía que lo conectaba al gotero que le suministraba los sedantes.  Con cautela se dirigió a las escaleras , escondiéndose cada vez que oía pasos. Llevaba solamente la bata del hospital y las rastas sueltas por la espalda le daban un aspecto de Medusa mitológica; su mirada decidida probablemente habría petrificado de sorpresa a más de uno , pero, sorprendentemente, nadie se cruzó en su camino, nadie interceptó su subida a la azotea del hospital , donde se encontraba el helipuerto donde había llegado casi en estado precomatoso, en el helicóptero donde los médicos habían logrado mantenerlo con vida.
Estaba amaneciendo. Era uno de esos amaneceres rojizos donde la vida parecía que sonreía. Tom ofreció por última vez su magnífico perfil al horizonte, acercándose sin miedo al borde.
Eso es, hazlo. Salta. Libéranos. Y si no lo haces, yo saltaré por ti. Te quiero. Te quiero. Te perdono.
Tom saltó. La bata se abrió en lo que pareció por un momento las alas de un ángel. Una patrulla policial llegó al poco rato avisada por unos testigos.
Los policías se comunicaron con la central.
—Sí…todo parece indicar que ha sido un suicidio, sí, al parecer padecía una enfermedad terminal. Parece que los testigos se cegaron con la luz del sol, porque estaban dispuestos a jurar que se trataba de dos chicos que habían saltado abrazados. Sí, ya están levantando el cadáver. Vamos para allá.



Autor: Selene Ruiz de Vivar
Título: Injerto contra huésped
Categoría: Slash
Género: Terror, drama
Advertencias: Muerte de un personaje
Resumen: Sólo hay algo más terrorífico que el hecho de que tu gemelo parásito te esté arrebatando la vida poco a poco: que lo esté haciendo conscientemente, o más aún, que tenga conciencia de todo allá en su oscuridad.
Notas de autor: Este oneshot se ha escrito en las tres últimas horas del reto; por ser una historia, digamos, sobrevenida, espero que no se la juzgue con excesiva severidad. El hecho es que me rondaba y tenía que darle forma, no podía dejármela dentro (y nunca mejor dicho).




domingo, 8 de noviembre de 2015

La pasión de la espada, cap. XXVII

La pasión de la espada, cap. XXVII
Por Selene Ruiz de Vivar
Hicieron el amor de una forma en la que se transparentaba la rabia y la desolación por lo enardecido de las dificultades. La piel del rey se erizaba al más mínimo contacto de las manos de su amante, al más ligero toque, reaccionando desmesuradamente a la más suave o incipiente caricia. Luego buscaba que su fuego se apagara con las más violentas sacudidas, sin lograrlo, porque era como un volcán en erupción continua. Parecía a ratos un felino en celo y otros buscaba la atención y la ternura, pasando de un estado a otro sin transiciones, mostrando lo confuso y atormentado de sus sentimientos. Cuando su desasosegado ímpetu pareció calmarse, afrontó, no sin dificultades, la conversación que abrumaba su mente.
Tom descansaba entre las sábanas de lino y su cuerpo tapado a medias por las sábanas se mostraba en su esplendor, como el de un dios pagano.

—Thomas—el rey lo llamaba por su nombre completo cuando la ocasión lo requería—tu mujer—hizo una pausa dolorosa para ambos—tu…mujer procede de la llanura ¿no?

El noble se sorprendió tanto de la simple mención como del tono de Bill, que parecía el de un reo camino del patíbulo.

—Sí…sus padres murieron durante la plaga…lo ha perdido todo—respondió el barón tristemente. William se revolvió incómodo, recordando que en los peores momentos de la epidemia había ordenado incautar las cosechas de los habitantes del llano pensando que eso aliviaría el hambre en Arcadia; finalmente la medida había condenado al hambre a los incautados y no había bastado para paliar el de la gran masa hambrienta de la ciudad.

—Perded cuidado… a todos los que me habéis mostrado lealtad voy a recompensaros con largueza—el soberano se levantó de pronto, herido pero digno—yo….os lo devolveré con creces… ¡No quedará ninguna deuda pendiente por mi parte!

El rey se dio la vuelta y se vistió apresuradamente. Sin despedirse tomó el camino de la puerta, abandonando con premura los aposentos de su amante. Thomas lo dejó hacer, comprendiendo la magnitud de su dolor.


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El Salón de Audiencias de la fortaleza estaba decorado con toda la solemnidad que aquel significado momento requería. El Rey, acompañado de su Notario Real, otorgaba en aquellos momentos carta de naturaleza a sus nuevos nobles. Los traidores habían sido entregados a la justicia ordinaria, sin ningún tipo de privilegio por su condición de aristócratas, nombre que no merecían, y esperaban para ser juzgados: el antiguo chambelán  junto con sus secuaces y cómplices en las cárceles del pueblo y la condesa en arresto domiciliario hasta que hubiera sentencia firme.
William pronunció solemne las palabras que habían de sancionar el nuevo orden de cosas.

—Nos declaramos al hasta el día de hoy Regente de nuestros reinos Gary de Kuhdorf Chambelán de la Corte con las atribuciones que el nuevo Parlamento constituido por todos los estamentos le otorguen; y así lo firmo y declaro a los que esto oyeren y entendieren, y vengo en sancionarlo—proclamaba William solemnemente mientras su notario daba la fe pública—Damos en considerar asimismo a la Señora Von der Erde restituida de todas sus tierras y posesiones en la llanura y la declaramos condesa de las Tierras Bajas con derecho sobre  sus vasallos y pecheros a título propio sin perjuicio de sus otros títulos como consorte, así como declaramos sin efecto todas las incautaciones y expropiaciones realizadas durante el estado de excepción de la epidemia en tiempos de tribulación de este mi reino, y asimismo ordenamos que se restituyan las propiedades a sus legítimos dueños.—William hizo una larga pausa, pues aún quedaba lo más importante por decir. Lo más granado de su corte estaba allí desplazada, expectante al haberse extendido el rumor de que se iban a conocer nuevas de todo punto inesperadas.

—Asimismo declaramos a nuestro muy querido hermano, Thomas Nicholas, hasta hoy  Barón de Loitsche, como de nuestra misma sangre y en consecuencia por pertenecer por dicho derecho de sangre a la dinastía  real de Suburbia, así como por su condición de primogénito por nacimiento—William hizo otra pausa— es nuestro deseo  y obligación desde hoy asociarlo al trono que le corresponde por derecho.

Un murmullo ensordecedor se levantó por toda la Sala. Aquella declaración sobrepasaba con mucho la expectación levantada y suponía un vuelco total. Entre los asistentes comenzó a levantarse un tímido aplauso, que quedó en  intento ya que muchos aún no reaccionaban de la sorpresa.

La decisión del soberano con respecto a los derechos dinásticos de Thomas era muy generosa, ya que lo reconocía no  como bastardo legitimado, sino como ingenuo, como nacido Príncipe. El hecho de que hubiera dos reyes en el mismo trono devolvía a Suburbia a los tiempos de los antiguos reyes que se habían regido por los principios de la diarquía espartana antes de contaminarse con las costumbres del continente. El Príncipe a su lado había estado escuchando con una concentración impropia de su edad, consciente de la importancia de aquel momento en los destinos del Reino. William se levantó y se dirigió hacia Thomas, y ambos  se estrecharon fuertemente las manos. Los presentes estallaron, entonces sí, en vítores. William pidió silencio con un gesto autoritario de su regia mano.

—Desde aquí regiréis la regeneración de nuestro reino, Thomas. La sonrisa del rey era afable, y serena por primera vez en mucho tiempo. No dudo de que lo haréis con la entrega y fortaleza que ya habéis mostrado tantas veces. Señora—dijo al reparar en la proximidad de Selvagia a su esposo, inclinando cortés y caballerosamente la cabeza—Baronesa—añadió, llamándola por el título de su esposo. No comprendía por qué le pesaba tanto en los labios aquella palabra, como si se le hubiera instalado la angustia en la boca del estómago.

—A su debido tiempo, Thomas, espero que enviéis a la corte a vuestro vástago a educarse como príncipe con el mismo rango que Henry. Decidme, ¿cómo se llama vuestro hijo?

Los dos se miraron, tratando de controlar sus sentimientos.

—Brianda—respondió Thomas, mirándole a los ojos, sin poder evitar mirarlo intensamente—Es una niña.

Definitivamente, aquel era un día para las sorpresas. Por alguna razón, William ni siquiera se lo había imaginado.

—Huh…ejem…está bien. Os ruego tengáis presente que debe ser recibida en la Corte algún día no muy lejano, para ser allí educada como princesa de Suburbia.

—Se hará como decís, Sire—Thomas iniciaba una reverencia que fue rápidamente abortada por un rápido movimiento del brazo de William.

—Bien—dijo el rey, mirando hacia su hijo el Príncipe—ha llegado el momento de volver a Arcadia.

Y dicho esto dio la espalda sin más ceremonia.

Thomas quiso impedirlo, retener al soberano por un momento más, pero ya William, acompañado de su hijo, al que se le habían puesto los ojos llorosos ante lo repentino de la separación, se encaminaba a la salida; y él mismo fue rodeado por los nobles dispuestos a rendirle pleitesía.
El soberano salió a la explanada, donde estaba ya todo dispuesto, subió a uno de los carruajes reales al Príncipe y acto seguido espoleó a su corcel. No permitiría que las lágrimas le impidieran una cabalgada tan veloz como si se dirigiera al mismísimo infierno. Azuzó aún más a su caballo, dejando a todos atrás.
Thomas se había negado a recibir honores y había subido rápido como una saeta a la Torre del Homenaje, desde la que ya no acertó a ver sino el polvo del camino levantado por la comitiva real.

                                                            (Continuará)

martes, 3 de noviembre de 2015

La pasión de la espada, cap. XXVI

La pasión de la espada, cap. XXVI
Por Selene Ruiz de Vivar
El rey William salió a caballo, llevando consigo en la grupa a su hijo, a la explanada de la fortaleza de Loitsche, y su aparición fue recibida con gran griterío y muestras de alegría por sus soldados y por su pueblo, que empezaba allí a congregarse. Muchos a su paso hincaban la rodilla en tierra como si se tratara de un dios, bajando la cabeza hasta casi besar el polvo. Will the Handsome descabalgó y levantó a muchos de ellos del suelo, considerando excesivas aquellas reverencias. Al fin y al cabo, estaba convencido de que su único mérito había sido mantenerse vivo y resistir para que Suburbia no se viera envuelta en un caos aún mayor que el producido por las desdichadas circunstancias. Fue recorriendo las tiendas de los soldados primero y luego las atestadas tabernas y hosterías cada vez más llenas, incluidos establos y pajares. Notó que era seguido a una prudente distancia por las caballeros de Thomas, que actuaban a modo de guardias de corps, y no se le hizo extraña la idea de que Tom también le seguía los pasos en un segundo plano, sin querer interferir en el reencuentro con su pueblo, dejándole saborear el principio del fin de las desdichas, pero también queriendo ser partícipe a su modo.
  Tuvo la absoluta certeza de que esto era así a la vuelta de su recorrido por el pueblo, cuando ante las tiendas de campaña de su ejército Thomas de pronto se hizo visible en su caballo bermejo. El príncipe Henry daba muestras de cansancio tras lo agotador del periplo donde tanto él como su regio padre se habían dado un impresionante baño de multitudes  y compartido la comida y el vino que corría abundantemente, ya que la montaña no había sufrido los estragos de la peste ni por tanto la escasez que había azotado a la capital, Arcadia, e incluso al propio castillo en los últimos tiempos. Henry lo vio primero, y dio un grito de alegría. Pero lo sorprendente fue la reacción de los soldados, que respondieron a su presencia con una aclamación masiva. William pensó que si se hubiera tratado de un general en triunfo entrando en la ciudad rodeado de su botín de oro, alhajas y piedras preciosas, animales salvajes nunca vistos hasta entonces, esclavos de piel y cabelleras exóticas, no habrían sido mayores la aclamación y los vítores. Sorprendido, comprobó que se hallaba a su lado, recibiendo con modestia aquel reconocimiento que -pensó William-era realmente muy merecido.  Hasta cierto punto se había convertido por derecho propio en el artífice de lo que iba a ser la reconstrucción de su pueblo, y lo había hecho en la sombra, sin esperar nada a cambio: podía haber sido juzgado y condenado por traidor y acabar sus días en la mazmorra de los olvidados, o haber incluso perdido su preciada vida por el tajo de la espada que el verdugo reservaba a los nobles, si las intrigas contra él hubieran triunfado. William pensó que no podría nunca perdonar a sus enemigos, y aunque el propio Thomas  lo hiciera, su pueblo no lo permitiría. Entretanto el niño bostezaba y hacía heroicos esfuerzos por mantenerse erguido en el caballo. Thomas alargó el brazo y se ofreció para llevarlo a sus habitaciones de la fortaleza. Will dio su asentimiento, pues tenía cuestiones de intendencia que tratar con los mandos de su exiguo ejército, que se suponía iba a  acompañar a la población a modo de escolta y protección a la vuelta a Arcadia. El niño cambió airoso de cabalgadura, contento de marcharse con Thomas. William los vio alejarse al galope, pensando en que no había nadie más en el mundo en quien pudiera confiar hasta ese punto.
Cuando William volvió a la fortaleza a altas horas de la noche, no necesitó cruzar el santo y seña con los guardianes, pues le dejaron franco el paso. Penetró en las estancias a paso ligero hacia los aposentos de su hijo. El niño dormía plácidamente, el fuego de su chimenea caldeaba ligeramente la habitación y la nimbaba con sus alegres chisporroteos de un halo acogedor. El perrazo roncaba a los pies del lecho de su hijo ocupando casi todo el ancho del dosel. Se despertó al notar su presencia y acudió presuroso, moviendo la cola alegremente. Pero pronto volvió a la manta de pieles del lecho, acurrucándose y quedándose dormido al instante. Thomas apareció por detrás y tomó al rey de la cintura, depositando un suave beso en su cuello.
Los ojos de Will se entrecerraron. Hacía tiempo que no disfrutaba de un momento así de paz, de felicidad. Thomas cerró aún más el abrazo. Will no quería pensar en los nubarrones que todavía impedían que su felicidad fuera completa. Janson gruñó en sueños, estirándose. Los besos en su cuello se hicieron más profundos, acuciantes. El rey se estremeció, sintiendo a su amante tan cerca, sintiendo su calor.
—Tom…yo…yo…quiero agradecerte por…por todo…
—Claro—respondió el barón—ahora me lo agradecerás—la varonil voz se deslizó hacia el susurro—en la cama.
Aunque el rey era tan grande como él, su envergadura era más grácil. Thomas se lo echó al hombro como si fuera un fardo.
—Mmmm ¡bájame! ¿Cómo…cómo te atreves?—el soberano estaba entre indignado y divertido y se dio cuenta de pronto de que reía tal vez demasiado alto y que podía despertar al niño. En dos zancadas estaban en la habitación de Thomas. Will pensó brevemente en lo cerca que estaba la cámara del señor de la fortaleza de la habitación de su hijo, con toda seguridad para protegerlo, y muy lejos de las habitaciones de su esposa, situadas en la otra ala. Intentó borrar de su mente el hecho mismo de que tuviera una esposa, aunque a su pesar le martilleaba el cerebro la sola idea.
Esperaba que pronto lo fuera a olvidar, al menos por esa noche. Thomas le había depositado suavemente, con todo cuidado, sobre el lecho, y su acariciadora voz le susurraba al oído lo que siempre había querido oír.
—Bill, te amo, te amo—la voz entrecortada se mezclaba con los besos húmedos y ardientes. El rey de Suburbia respondió con el lenguaje elocuente de su cuerpo a las encendidas palabras de su entregado amante aquel instante.
—Tom…yo…yo…—el rey se dio cuenta de que no podía continuar. Su sentido del deber acudía de nuevo sin ser llamado, como un invitado indeseado. Pensó que al día siguiente tendría que reacomodar a su gente, gratificar a los leales y alejarse para siempre de la vida de Tom y su familia. Pero esa noche nadie se la arrebataría: disfrutaría cada momento, cada segundo como lo que eran: los últimos. Se aferró con intensidad a aquella espalda amada, a aquella piel ardiente, tratando de que cada gesto quedara atesorado en su memoria.
                Mientras Tom acariciaba su cabeza, su cuello, le pasaba la mano por la cintura para atraerlo hacia sí en los prolegómenos del amor, se preguntó cómo lo hacía, cómo lo soportaba. ¿Qué sentía por aquella mujer que tan obviamente los había ayudado a los dos? ¿Agradecimiento? ¿Reconocimiento, gratitud? Se retorció al pensar que pudiera ser amor. Tom notó su tensión y lo tranquilizó con una caricia suave. Bill cerró los ojos, tratando de no pensar, pero sabiendo que solo estaba postergando una decisión que por fuerza tendría que ser dolorosa.
                                                  (Continuará)