La pasión de la espada, cap. XXX
Por Selene Ruiz de Vivar
Cuando los
dos jóvenes despertaron, la claridad entraba por las vidrieras a raudales. El
griterío en los alrededores era ensordecedor y los lebreles de William junto
con Janson, heridos en los oídos por el bullicio, se habían lanzado a aullar, aumentando aún más la confusión. Tom se asomó brevemente a los ventanales y, aunque no alcanzaba a ver nada por la
muralla exterior, imaginó que había una gran multitud agolpándose a las puertas.
Cuando se dio la vuelta vio a Will a su lado.
—¿Qué está
ocurriendo aquí?
Will se pasó
la mano por la cara, preocupado. En ese momento entró el Príncipe en tromba.
Los perros lo rodearon saltando alegremente.
—¡Tom! El
niño abrazó fuertemente a su tío, contentísimo. A continuación, hizo una
simpática reverencia cortesana.
—¡Os he
esperado durante meses! ¿Sabéis? Mis
ayos ya me han enseñado a manejar el florete. ¡Ahora ya podré batirme con Vos!
Porque vais a quedaros ¿no? Ahora que sois rey como mi padre.
—Sí, Henry.
He venido para quedarme—Bill sintió que se estremecía al oír aquello. Thomas no
quiso mirarlo y tomó al niño en brazos, saliendo de la estancia—. Ven, Henry.
Te he traído regalos, incluso una espada con tus iniciales en el pomo, forjada
en las montañas. ¿Quieres verla?
—Claro, tío.
¿De verdad pone Henry de Suburbia?
—Sí, y tiene
un rubí en el centro, enorme—Tom besó al niño, encantado. Cuando bajaron al
patio de armas, seguidos de cerca por Bill, todos los sirvientes que se encontraban presentes
se pusieron de rodillas. Tom quedó muy extrañado de la efusividad de sus
súbditos. No recordaba nada parecido de sus tiempos anteriores en el castillo.
Miró de reojo a William, interrogando con la mirada, y a una seña de éste
entraron en la sala del Homenaje. El Príncipe quedó con sus ayos y nodrizas.
Will explicó lo mejor que pudo la situación a Thomas, que quedó pensativo.
—El hecho es
que este año habrá una gran crecida de las cosechas gracias al sistema de
canales de agua de la llanura que Selvagia aprendió de los árabes. Estaremos
incluso en condiciones de almacenar y así prevenir futuras hambrunas. Pero esto
pronto será de dominio público, Bill. En cuanto a adivinos y sacerdotes del
roble, acompañan desde tiempos inmemoriales a nuestro pueblo y a menudo han
actuado en el pasado aconsejando con sensatez y prudencia a los antiguos
monarcas, incluso como consejeros políticos.
—Lo sé, Tom,
pero ahora no son sino un puñado de ancianos harapientos. Gary ha destinado
fondos de las arcas públicas para reconstruir su casa en el bosque
prácticamente derruida, considerándolo más un asilo que un verdadero colegio
sacerdotal. ¿Cómo habrán logrado de nuevo predicamento entre los campesinos?
Tom estuvo
meditando un rato. En la historia que escribía sobre las baronías del Norte
había recogido también los mitos y leyendas populares, entre los que se contaba
que Suburbia, después de una época oscura, conocería una prosperidad nunca
vista con la entrada en la era de Géminis y que la vuelta a las antiguas formas
de gobierno garantizaría para siempre la libertad de la isla, con los dioses
caminando entre ellos.
—Las
predicciones de los adivinos, aunque sean simples elucubraciones, Bill, siempre
están basadas en elementos reales, como todos los mitos. La Humanidad lleva
siglos sobreviviendo de esta manera. ¿Crees que en el continente las cosas son
mejores? Allí queman a las mujeres sabias apodándolas de brujas, y a los
hombres por sus creencias religiosas.
William
quedó pensativo. Era innegable que Suburbia había estado al borde del abismo, y
que se había salvado gracias a su instinto de supervivencia y a la actuación de
un puñado de hombres y mujeres excepcionales. Thomas se le acercó.
—Sólo
podremos ser libres aquí, Will. En nuestro país, en el lugar que nos
corresponde y rodeados del calor de nuestra gente. Preparémonos para la fiesta:
esta noche se encenderán todas las hogueras del gran festival de Beltane. ¡La
luz quebrará la oscuridad de tal manera que parecerá que se ha hecho de día!
Los dos
jóvenes juntaron sus frentes, cerrando los ojos en un gesto de amor y ternura
que era muy habitual en ellos. Cuando al final de aquel mismo día por la tarde
salieron ambos en sus caballos, enjaezados con gualdrapas carmesíes sobre las
que las antiguas esclavas habían bordado el ave fénix bicéfala que había pasado
a ser el símbolo de su reino, las coronas de oro sobre sus regias
cabezas brillaron un punto al sol. La muchedumbre al verlos gritó, enfebrecida.
Los caballos seguidos de la multitud bajaron por los peñascos del altozano y
ambos caballeros descabalgaron, mezclándose con el pueblo mientras se
encendían las hogueras, dispuestas ya desde la mañana. La comida y la bebida,
aun dentro de la general escasez, no faltó, y la música de Suburbia, enriquecida
por las múltiples influencias de los muchos pueblos que comerciaban con la
isla, llenó cada paraje, cada rincón remoto. Aquella noche Beltane fue una vez
más un canto a la vida, a la alegría de estar vivo, una fiesta de renacimiento.
La fiesta se prolongó hasta bien entrada la noche, sin distinguir clases
sociales, prácticamente borradas por la plaga, que si algo bueno había dejado
era haber nivelado las riquezas. Muchos que lo habían perdido todo sintieron
aquel día como un nuevo comienzo: y muchas personas solitarias aceptaron formar
parte de nuevas familias. Padres que habían perdido a sus hijos prohijaron a
niños solitarios, ancianos desamparados fueron acogidos, viudos supervivientes
sintieron que podrían volver a crear una nuevo hogar. La esperanza renació en
muchos corazones sobrecogidos en aquella noche única. Cuando ya casi despuntaba
el alba, Tom susurró al oído de Bill.
—Creo que
deberíamos irnos, amado mío. Tenemos una obligación ¿recuerdas? El bienestar de
nuestro pueblo.
Bill se giró
y lo miró sonriendo. Thomas guiñó un ojo, en un gesto que resultaba en él
irresistible y encantador. Uno de los caballos reales se había asustado con el
ruido y había huido hacía horas hacia las caballerizas reales, pero el otro
seguía allí, resistiendo heroicamente en medio del griterío y las danzas
incesantes. Thomas subió al caballo con un ágil salto y dio la mano al rey,
ayudándolo a subir a la parte trasera de la grupa. Bill se asió con fuerza a la
cintura de su compañero. Thomas azuzó al caballo, que se levantó sobre sus
patas delanteras y luego se dio al galope hacia el castillo en su cumbre. El
amanecer iluminó por un momento aquella magnífica cabalgadura recortándose en
el horizonte. La multitud enfervorizada elevó su deseo al firmamento en un
grito unánime y espontáneo que todos lanzaron como si fueran uno solo:
¡LARGA VIDA
A LOS REYES DE SUBURBIA!
FIN
La pasión de la espada,
30-11-14/30-11-15
