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domingo, 14 de junio de 2015

La pasión de la espada, cap XVI

LA PASIÓN DE LA ESPADA, cap XVI
POR SELENE RUIZ DE VIVAR

—Yo puedo ensillar vuestra cabalgadura, señora. Mi criado sólo me obedece a mí.
Selvagia resistió el impulso de echarse a correr y se colocó instintivamente detrás de Tom, sintiéndose salvada. La condesa sonrió de medio lado, satisfecha de la sustitución. Sus ojos se dirigieron a los músculos de los brazos del barón, sin poder evitarlo. La sonrisa se hizo más abierta.
—Querido barón…qué placer.
—Señora, mis felicitaciones por vuestro compromiso con el conde Claster—cortó Tom, deseoso de abreviar la conversación.
 La aristócrata torció el gesto.
—¡Querréis decir vuestro más sentido pésame! Pero no me queda sino acatar las órdenes de nuestro bienamado rey…aunque yo habría preferido que las cosas quedaran como estaban—al decir esto suspiró, entornando los ojos.
—Estoy seguro de que encontraréis la manera de ser feliz, condesa.
Tom le dio la espalda, ocupándose de la silla de cabalgar para no tener que seguir en una conversación mundana con aquella mujer. La noble, contrariada y afrentada, subió a horcajadas en cuanto pudo y se alejó espoleando a su yegua. Selvagia salió de las sombras.
—Esto no me gusta nada—dijo Tom, hablando para sí mismo.  
En el ambiente flotaba, espesa y a la vez sutil como la niebla blanquecina, una sensación indefinible de peligro.

Los días pasaron en una aparente y contradictoria calma, excesiva para las circunstancias en que vivían. Tom, cada vez más asfixiado en los aposentos de palacio, se había acostumbrado a pasar casi todas las horas de luz natural en el patio de armas, y animaba al rey a hacer lo mismo sin conseguirlo a menudo por la cantidad de tiempo que William tenía que pasar en su escritorio, despachando y atendiendo encargos, vituallas y requerimientos. Una mañana, encontrándose especialmente cansado y alicaído, aceptó por fin ante la insistencia de Tom, que nunca perdía sus energías. Como no se encontraba muy bien, se limitó a dar un paseo por el amplio recinto. Por allí departían varias damas , entre ellas la prima lejana del rey, la condesa Sommerfeld, que lo tomó delicadamente de la mano, y tras susurrarle algo se lo llevó para un aparte. Mientras tanto Tom, ojo avizor como siempre, inspeccionó la herrería, accionó con prudencia el mecanismo del puente levadizo para probar si necesitaba engrasarse, dejándolo a medio izar para impedir la entrada indeseada de malhechores o portadores de la enfermedad -había, por desgracia, de vez en cuando gente famélica y enferma merodeando, así como bandidos y salteadores- y subió en dirección a las almenas a pasar revista al cuerpo de guardia. Dejó de lado las caballerizas, pues había depositado más y más su confianza en el quehacer de Selvagia. Se encontraba de espaldas, revisando un escudo que parecía dejado al azar en la dependencia de los guerreros más cercana a la Torre del Homenaje, cuando de pronto se oyó un sisear de una hoja afilada y un grito colectivo de los que no se pueden olvidar en el transcurso de una existencia, y un murmullo de terror recorrió las anchas paredes del castillo pareciendo rebotar en la piedra y helando la sangre de todos los presentes. Tom se volvió, alarmado, buscando a Bill con su mirada de halcón. Todos sus sentidos se pusieron alerta y su piel se erizó como en el combate. Se convirtió en lo que era: un aristócrata de élite dispuesto para la batalla. Lo que vio en aquella décima de segundo cambió para siempre el curso de su vida. Todos miraban hacia arriba y algunos hombres corrían en su dirección. Una daga que parecía provenir de donde él se hallaba había sido arrojada en dirección a William, y errando su trayectoria había ido a clavarse en uno de los estafermos de paja colocados en el patio para las prácticas de tiro, entre los cuales se encontraba el rey paseando. Su finísimo sentido del oído la había oído silbar en el aire y tras décimas de segundo de clamoroso silencio, captó también la voz chillona del chambelán, que tronaba sin descanso.
—¡Han intentado matar al rey…¡apresad al traidor!!!!!— señalando la dirección de la daga que efectivamente muchos habían visto provenir de lo alto. Tom, con la agilidad de un felino, saltó de una dependencia a otra, bajando a todo correr las últimas escaleras; y con un salto definitivo, se encontró enfrente de las caballerizas en el momento en que Selvagia, que había presenciado todo, salía con dos caballos sujetos por el freno. Tom saltó, aunque más pareció que volaba, sobre el primero, mientras criados y nobles se dirigían hacia él en tromba, los unos con horcas y palos, los otros echando mano de sus espadas con las que habían estado practicando momentos antes. La situación estaba fuera de control. El joven entendió que sólo la rapidez de sus reflejos podía salvarlo de un más que seguro linchamiento. Espoleó al caballo, que encabritándose, pisoteó a los primeros que osaron acercarse. Apretó los ijares de su montura con las espuelas, con tal fuerza que sangraron. El caballo, un purasangre árabe, corrió como loco hacia la primera salida que vio abierta, que era el puente levadizo levantado a medias. Selvagia subió al otro caballo, una yegua gris y esbelta, dispuesta a no quedarse atrás. En la prisa de la fuga su gorro cayó, dejando una melena de fuego al viento. Los atacantes al ver aquella aparición quedaron asombrados, creyendo algunos supersticiosamente que era una señal divina o la encarnación de alguna diosa de la venganza, lo que los dejó momentáneamente rígidos y quietos. Esto hizo que Tom ganara unos segundos preciosos, que fueron su salvación. El caballo saltó desde el puente a medio levantar la distancia que quedaba del foso, milagrosamente. Selvagia lo siguió, a toda velocidad, mientras la condesa corría con la boca abierta hacia ella, no sabía si más asombrada por ver que huía en su cabalgadura o por darse cuenta de que el objeto de sus escarceos amorosos que ella creía un palafrenero era nada menos que una bella joven, cosa que le mortificaba en demasía. Selvagia gritaba como una Némesis con el objeto de que Tom no la dejara atrás. Chilló con más fuerza al notar que la condesa se aproximaba corriendo hasta casi tocar los flancos de la yegua.
—¡Tom!!!!! —gritó—¡No me dejes a merced de esta furcia!!!!!!!!
El, al oír aquello se giró en su caballo y de un tajo de su espada cortó la cuerda del mecanismo. El puente levadizo se desplomó como un peso muerto, rechinando  pesadamente su estructura de madera y metal. La yegua de Selvagia lo cruzó a toda velocidad y cuando los lacayos del chambelán salían en tromba no había ni rastro de ninguno de los dos. Era como si se los hubiera tragado el infierno. El polvo que se había levantado hizo que no se percataran de que habían sido rodeados por una multitud harapienta y hambrienta, muchos con las marcas y estragos de la enfermedad en el rostro. Aterrados,  intentaron volver sobre sus pasos, percatándose de que era imposible, pues la multitud hacía piña impidiendo avanzar ni retroceder a hombres y caballos. Los gritos de terror se mezclaban con los de petición de ayuda. Algunos huyeron en dirección al pueblo, clausurado por la cuarentena. Los habitantes del castillo echaron la reja, horrorizados.
    En el patio de armas, en medio de la algarabía y el estruendo, sólo Gary y otro criado fiel se habían quedado al lado de Bill, pero se distrajeron también con la cabalgada épica del noble y la aparición asombrosa de la mujer. Cuando quisieron atender al monarca, les esperaba una tragedia aún mayor. William yacía en el suelo, aparentemente desmayado, boca abajo. Cuando acudieron preocupados y solícitos a darle la vuelta, sus rostros amables se tornaron en máscaras enmudecidas de horror, y se llevaron las manos a la boca, intentando no respirar el mismo aire. El rey presentaba la coloración pálida y amarillenta de la enfermedad y el rictus de su boca revelaba la parálisis que solía ser fatal anunciadora de la presencia del cólera.

(Continuará)