Este blog está destinado a publicar mis fanfics basados en dos de mis personas favoritas en el mundo: Bill y Tom Kaulitz.Nunca habría visto la luz si no hubiera sido por la insistencia de mis amigas, ya que soy demasiado indolente para escribir motu proprio...va por ellas. Todo su contenido sale completamente de mi imaginación y cualquier parecido con la realidad u otras ficciones es pura coincidencia.
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viernes, 26 de junio de 2015
domingo, 14 de junio de 2015
La pasión de la espada, cap XVI
LA PASIÓN DE LA ESPADA, cap XVI
POR SELENE
RUIZ DE VIVAR
—Yo puedo
ensillar vuestra cabalgadura, señora. Mi criado sólo me obedece a mí.
Selvagia
resistió el impulso de echarse a correr y se colocó instintivamente detrás de
Tom, sintiéndose salvada. La condesa sonrió de medio lado, satisfecha de la
sustitución. Sus ojos se dirigieron a los músculos de los brazos del barón, sin
poder evitarlo. La sonrisa se hizo más abierta.
—Querido
barón…qué placer.
—Señora, mis
felicitaciones por vuestro compromiso con el conde Claster—cortó Tom, deseoso
de abreviar la conversación.
La aristócrata torció el gesto.
—¡Querréis
decir vuestro más sentido pésame! Pero no me queda sino acatar las órdenes de
nuestro bienamado rey…aunque yo habría preferido que las cosas quedaran como
estaban—al decir esto suspiró, entornando los ojos.
—Estoy
seguro de que encontraréis la manera de ser feliz, condesa.
Tom le dio
la espalda, ocupándose de la silla de cabalgar para no tener que seguir en una
conversación mundana con aquella mujer. La noble, contrariada y afrentada,
subió a horcajadas en cuanto pudo y se alejó espoleando a su yegua. Selvagia
salió de las sombras.
—Esto no me
gusta nada—dijo Tom, hablando para sí mismo.
En el ambiente
flotaba, espesa y a la vez sutil como la niebla blanquecina, una sensación
indefinible de peligro.
Los días
pasaron en una aparente y contradictoria calma, excesiva para las
circunstancias en que vivían. Tom, cada vez más asfixiado en los aposentos de
palacio, se había acostumbrado a pasar casi todas las horas de luz natural en
el patio de armas, y animaba al rey a hacer lo mismo sin conseguirlo a menudo
por la cantidad de tiempo que William tenía que pasar en su escritorio,
despachando y atendiendo encargos, vituallas y requerimientos. Una mañana,
encontrándose especialmente cansado y alicaído, aceptó por fin ante la
insistencia de Tom, que nunca perdía sus energías. Como no se encontraba muy
bien, se limitó a dar un paseo por el amplio recinto. Por allí departían varias damas , entre ellas la prima lejana del rey, la condesa Sommerfeld, que
lo tomó delicadamente de la mano, y tras susurrarle algo se lo llevó para un
aparte. Mientras tanto Tom, ojo avizor como siempre, inspeccionó la herrería,
accionó con prudencia el mecanismo del puente levadizo para probar si
necesitaba engrasarse, dejándolo a medio izar para impedir la entrada indeseada
de malhechores o portadores de la enfermedad -había, por desgracia, de vez en cuando gente
famélica y enferma merodeando, así como bandidos y salteadores- y subió en
dirección a las almenas a pasar revista al cuerpo de guardia. Dejó de lado las
caballerizas, pues había depositado más y más su confianza en el quehacer de
Selvagia. Se encontraba de espaldas, revisando un escudo que parecía dejado al
azar en la dependencia de los guerreros más cercana a la Torre del Homenaje, cuando de pronto se oyó un sisear de una hoja afilada y un grito colectivo de
los que no se pueden olvidar en el transcurso de una existencia, y un murmullo de terror
recorrió las anchas paredes del castillo pareciendo rebotar en la piedra y
helando la sangre de todos los presentes. Tom se volvió, alarmado, buscando a
Bill con su mirada de halcón. Todos sus sentidos se pusieron alerta y su piel
se erizó como en el combate. Se convirtió en lo que era: un aristócrata de
élite dispuesto para la batalla. Lo que vio en aquella décima de segundo cambió
para siempre el curso de su vida. Todos miraban hacia arriba y algunos hombres
corrían en su dirección. Una daga que parecía provenir de donde él se hallaba
había sido arrojada en dirección a William, y errando su trayectoria había ido
a clavarse en uno de los estafermos de paja colocados en el patio para las
prácticas de tiro, entre los cuales se encontraba el rey paseando. Su finísimo
sentido del oído la había oído silbar en el aire y tras décimas de segundo de
clamoroso silencio, captó también la voz chillona del chambelán, que tronaba sin
descanso.
—¡Han
intentado matar al rey…¡apresad al traidor!!!!!— señalando la dirección de la
daga que efectivamente muchos habían visto provenir de lo alto. Tom, con la
agilidad de un felino, saltó de una dependencia a otra, bajando a todo correr
las últimas escaleras; y con un salto definitivo, se encontró enfrente de las
caballerizas en el momento en que Selvagia, que había presenciado todo, salía
con dos caballos sujetos por el freno. Tom saltó, aunque más pareció que
volaba, sobre el primero, mientras criados y nobles se dirigían hacia él en
tromba, los unos con horcas y palos, los otros echando mano de sus espadas con
las que habían estado practicando momentos antes. La situación estaba fuera de
control. El joven entendió que sólo la rapidez de sus reflejos podía salvarlo de un
más que seguro linchamiento. Espoleó al caballo, que encabritándose, pisoteó a
los primeros que osaron acercarse. Apretó los ijares de su montura con las
espuelas, con tal fuerza que sangraron. El caballo, un purasangre árabe, corrió
como loco hacia la primera salida que vio abierta, que era el puente levadizo
levantado a medias. Selvagia subió al otro caballo, una yegua gris y esbelta,
dispuesta a no quedarse atrás. En la prisa de la fuga su gorro cayó, dejando
una melena de fuego al viento. Los atacantes al ver aquella aparición quedaron
asombrados, creyendo algunos supersticiosamente que era una señal divina o la
encarnación de alguna diosa de la venganza, lo que los dejó momentáneamente
rígidos y quietos. Esto hizo que Tom ganara unos segundos preciosos, que fueron
su salvación. El caballo saltó desde el puente a medio levantar la distancia
que quedaba del foso, milagrosamente. Selvagia lo siguió, a toda velocidad, mientras
la condesa corría con la boca abierta hacia ella, no sabía si más asombrada por
ver que huía en su cabalgadura o por darse cuenta de que el objeto de sus
escarceos amorosos que ella creía un palafrenero era nada menos que una bella
joven, cosa que le mortificaba en demasía. Selvagia gritaba como una Némesis con
el objeto de que Tom no la dejara atrás. Chilló con más fuerza al notar que la
condesa se aproximaba corriendo hasta casi tocar los flancos de la yegua.
—¡Tom!!!!!
—gritó—¡No me dejes a merced de esta furcia!!!!!!!!
El, al oír aquello se giró
en su caballo y de un tajo de su espada cortó la cuerda del mecanismo. El
puente levadizo se desplomó como un peso muerto, rechinando pesadamente su estructura de madera y metal.
La yegua de Selvagia lo cruzó a toda velocidad y cuando los lacayos del
chambelán salían en tromba no había ni rastro de ninguno de los dos. Era como
si se los hubiera tragado el infierno. El polvo que se había levantado hizo que
no se percataran de que habían sido rodeados por una multitud harapienta y
hambrienta, muchos con las marcas y estragos de la enfermedad en el rostro.
Aterrados, intentaron volver sobre sus
pasos, percatándose de que era imposible, pues la multitud hacía piña
impidiendo avanzar ni retroceder a hombres y caballos. Los gritos de terror se
mezclaban con los de petición de ayuda. Algunos huyeron en dirección al pueblo,
clausurado por la cuarentena. Los habitantes del castillo echaron la reja,
horrorizados.
En el patio de armas, en medio de la
algarabía y el estruendo, sólo Gary y otro criado fiel se habían quedado al
lado de Bill, pero se distrajeron también con la cabalgada épica del noble y la
aparición asombrosa de la mujer. Cuando quisieron atender al monarca, les
esperaba una tragedia aún mayor. William yacía en el suelo, aparentemente
desmayado, boca abajo. Cuando acudieron preocupados y solícitos a darle la
vuelta, sus rostros amables se tornaron en máscaras enmudecidas de horror, y se
llevaron las manos a la boca, intentando no respirar el mismo aire. El rey
presentaba la coloración pálida y amarillenta de la enfermedad y el rictus de
su boca revelaba la parálisis que solía ser fatal anunciadora de la presencia
del cólera.
(Continuará)
jueves, 4 de junio de 2015
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