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domingo, 29 de noviembre de 2015

La pasión de la espada, cap. XXIX


La pasión de la espada, cap. XXIX
Por Selene Ruiz de Vivar
William había perdido ya la cuenta del número de jornadas que llevaba trabajando sin descanso, de sol a sol. El esfuerzo se concentraba por completo en la reconstrucción de la ciudad, en procurar la satisfacción de las necesidades primarias de la población diezmada, lo que no resultaba tan fácil debido a la escasez de brazos para trabajar. La mayor parte de la mano de obra de la ciudad se concentraba en el puerto y, al haberse abierto por fin la comunicación por mar, comenzaba  un incipiente comercio que estaba sacando a flote la economía de la maltrecha Suburbia.
Aunque todavía no había amanecido, la febril mente de Bill ya estaba alerta, robándole horas al sueño, pensando en que la forzada necesidad de autoabastecimiento de su reino lo hacía, al menos en aquello momentos de transición, totalmente dependiente de las cosechas de la llanura. Sin eso, por culpa de la autarquía a la que se habían visto obligados por la cuarentena durante el tiempo que estuvieron cerradas las vías de comercio, la población urbana se vería otra vez sometida a la amenaza del hambre, un fantasma que seguía recorriendo las otrora desoladas callejuelas de Arcadia, cada día que pasaba de hito  en hito más animadas y bulliciosas, aunque todavía quedaba un largo camino por recorrer.
El atribulado soberano metió la cabeza debajo de la almohada, procurando que la amenaza de la desesperación no le impidiese pensar con claridad. Todavía la navegación de cabotaje no se había restablecido, todavía existía el  miedo al contagio que la estaba retrasando, aunque las pruebas de la remisión de la enfermedad ya eran incontestables. Pensó que era irracional, pero hasta cierto punto comprensible, y que llevaría tiempo cambiar aquella inercia. Tendría que hacer una labor diplomática muy intensa, convenciendo a legaciones y embajadores de que podían estar tranquilos en ese sentido. Se revolvió en el lecho, confortable pero solitario, pensando en Thomas de nuevo. Sabía que su labor en las montañas era inestimable y que una de las razones de que todo estuviera funcionando era precisamente la pacificación de las baronías del Norte. En ese sentido, el reconocimiento de la soberanía de Thomas había sido una jugada maestra, ya que los díscolos barones nunca hubieran reconocido al cien por cien a Bill pero sí a uno de los suyos, al más fuerte de todos ellos. Pensó con orgullo en el Ave Fénix de dos cabezas, nuevo símbolo de Suburbia que ondeaba por doquier en torres y castillos de Norte a Sur y que sólo Tom y él podían usar como divisa en justas y torneos. Sobre las dos cabezas se elevaba suspendida en el aire una única corona. Cerró los ojos, desbordado por sus emociones, e intentó dormir. La oscuridad  no ayudó a traer el descanso, pero sí el sueño intermitente y cargado de imágenes de soledad angustiosa y  la semivigilia inquieta.
    Llevaba muchos días sin descansar y no tardó en caer en una especie de sueño pesado con pesadillas que confundía con despertares abruptos en los que oía el griterío de su pueblo levantándose en armas y a continuación de  una penosa matanza, de la orgía de sangre pasaba a una bacanal desenfrenada. Por las calles había hogueras donde se quemaban cadáveres como en los tiempos de la peste mientras mujeres enmascaradas se entregaban a desconocidos al ritmo de tambores que eran seguidos por hombres disfrazados de esqueletos como tétricas danzas de la muerte. Él corría por las calles intentando detener la locura cuando uno de estos esqueletos le atenazó la garganta con su mano huesuda. Se despertó gritando y se quitó de encima la almohada de plumas, que le había estado ahogando. Comprobó alarmado que los ruidos en el exterior eran reales y se levantó con presteza del lecho, asomándose a los grandes ventanales de su cámara real. Tal vez, pensó, el pueblo estuviera adelantando los preparativos de Beltane. Salió a la balconada,  ya que las vidrieras le impedían la visión del exterior. No se hallaba del todo despierto y los sonidos de afuera le llegaban confusos, pero la algarabía parecía más una fiesta que un tumulto. Trastabilló y estuvo a punto de caerse: se agarraba fuertemente a la forja de la balconada cuando dos poderosas manos le sujetaron por la cintura.
—Rey Bill—dijo una voz a la par recia y acariciadora detrás de él— ¿tomando el fresco a estas horas de la mañana? No podéis salir así, sin abrigaros.
William, que en un primer momento había echado mano a la daga que siempre llevaba consigo, al oír aquella conocida voz teñida de ternura y sus palabras de amor y cuidado sintió a su pesar que las lágrimas se le agolpaban a los ojos. Eran muchos sentimientos a la vez: la sorpresa, la sensación de soledad prolongada, nostalgia,  consciencia de la propia debilidad, deseo irrefrenable de ser abrazado. No obstante, se apartó, contrariando la momentánea inclinación a fundirse con el cuerpo amado hasta quedarse sin fuerzas.
—¡Maldito seáis, Thomas! Me habéis asustado ¡diablos!
Tom se echó a reír, echando la cabeza hacia atrás. William se sintió como muchas otras veces cautivado por los matices cristalinos de aquella risa arrolladora, que sonaba como música celestial en sus oídos. Repentinamente, la risa cesó. Sintió cómo Tom le abrazaba, le besaba el cabello con suavidad, aunque le retenía con firmeza. Se sintió avergonzado de que sus lágrimas de alivio y contento estuvieran mojando profusamente la camisa de su compañero. Eso no era lo que se esperaba de un rey, pensó fugazmente.
—William—susurró Thomas en su oído— ¿me habéis echado de menos?
Los dos se miraron, intensamente avergonzados. Thomas decidió que era más prudente, dada la intensidad de aquel momento, cambiar de tema.
—Veo con sorpresa que no me esperabais, mi Señor. Sin duda habéis estado muy ocupado últimamente, ya que al parecer sois el único que no se ha percatado de mi venida. Una muchedumbre me sigue desde hace horas y he sido recibido como si fuera un enviado de los propios dioses—Thomas rió con los ojos, mirando a Bill como si fuera lo único que merecía la pena mirar en el mundo—Ni siquiera habéis preparado mis habitaciones ¿Esperáis que duerma en ésta? —Thomas miró a su interlocutor, divertido.
—No os extrañe. Los adivinos han estado haciendo correr bulos por ahí. En cuanto a lo otro—dijo Bill, mortificado y molesto—tenéis una esposa. Id con ella.
William entró a la cámara. La mañana era fría y además se le había erizado la piel del cuello al mencionar lo que convertía su vida en una ruina desolada. Tom entró tras él, cerrando los ventanales, y lo siguió hasta tenerlo cara a cara, lo que no fue sencillo, pues Will se mostraba huidizo.
—William—Tom le sujetó  por el mentón para forzarlo a sostener su mirada—ésa es la razón por la que he tardado tanto en venir. He estado esperando a que la sentencia fuera firme…Mi matrimonio ha sido anulado en la Corte de Justicia.
William abrió los ojos desmesuradamente, sin poderse creer lo que estaba oyendo.
—¿Por qué razón?—preguntó sorprendido.
—La razón principal es que nunca fue consumado—el flamante diarca de Suburbia, el hermoso rey Thomas, paseó por la estancia su mirada, mientras revelaba por primera vez toda la verdad a William—Nosotros sólo tuvimos un encuentro, poco después de tu enfermedad, cuando huíamos por los bosques. —Tom repasó los hechos mentalmente, con una calma no exenta de tristeza. —Ni siquiera lo recuerdo bien. Estaba agotado y enfebrecido y abrumado por tener que dejarte solo. En mi mente todo resultó tan confuso…pero no quiero justificarme.  Debí apartarla de mi lado, y habría evitado todo este sufrimiento.
William se dio la vuelta, aún muy dolido a su pesar.
—Le di mi mano y lo volvería a hacer, Bill—añadió Tom honestamente—No podía permitir que mi hija creciera como una bastarda. La Corte ha anulado el matrimonio, pero legitimó la prole. No crecerá con ese estigma.
William pensó en su hijo y en qué habría hecho él en su lugar. Se sintió, aunque herido, identificado con Thomas, y pensó en cómo había actuado y en el dolor que sintió al saberse un bastardo. Empezó a ver cómo la realidad se componía de piezas que encajaban unas con otras.
—¿Dónde está…ejem…la condesa Van der Erde?
—Está en la llanura, en las tierras de sus padres, donde Vos la enviasteis sin daros cuenta al cargarla con honores. Ella es una gran mujer, y merece ser feliz. ¿Sabéis que ha puesto en práctica un sistema de riego muy ingenioso que aprendió, aquí en el castillo, de los esclavos manumitidos árabes cuando trabajaba de incógnito como caballeriza, disfrazada de muchacho, y que está dando muy buenos resultados? En sus cartas me cuenta que cree que las cosechas serán como nunca se ha visto en Suburbia.
William rió, al pensar en los vaticinios de los adivinos y en cómo interpretarían la crecida de las cosechas, e iba a decírselo a Thomas, pero  éste ya lo empujaba contra el lecho.
—Venid, Señor. Luego habrá tiempo de pláticas; pero ahora es vuestro cuerpo el que tiene muchas cosas que decirme.
Los dos jóvenes rieron mientras rodaban por el lecho. El amanecer llegó  y los rayos de sol penetraron en la estancia que ya ardía caldeada por los besos de aquellos amantes ardientes, ansiosos por recuperar el tiempo que no vuelve.

                                                   (Continuará)

2 comentarios:

  1. ¡Joder! ¿a caso hay algo más hermoso que ver/leer a nuestras altezas reales reir y disfrutar de su amor?
    En ocasiones uno suele pasar por alto ciertos detalles y entonces pensamos que por ser un fic es válido. Con esto me refiero a que la explicación que has dado sobre el cómo se está empezando a levantar el Reino me hace ver y admirar lo grande que es como monarca William y la ardua tarea que has de haber hecho para recolectar toda esa información que como lectora te agradezco porque esos detalles son los que hacen que nosotras podamos ver lo que los ojos de los autores ven. Regresando al fic, vuelvo a destacar q grande monarca es Bill y que afortunado el pueblo de Suburbia por tenerlo y por eso la gente lo ama y ve con buenos ojos esa "unión" con su hermano y rey heredero Thomas (¡Qué lindo se lee eso!).
    Selvagia... amén! Que esa historia terminó y para bien tanto para ella como para con Tom, cierto, que el único error fue yacer con Tom miembros éste se encontraba mal pero ahora las cosas hasta para ella han mejorado y no solo es madre de una princesa sino también es poseedora de tierras prósperas y espero que encuentre un varón que la haga feliz.
    Y aunque se hará la "voluntad" del pueblo, no podemos negar que mucha gente guía sus decisiones y acciones es las creencias, en los augurios, en el destino, en las estrellas y en este caso no sé qué haya obrado para hacer que la vida de estos hermanos se hayan entrelazado no solo por el lazo fraternal sino por elmdel amor puro y verdadero♥ Mención aparte el comportamiento de nuestro montañés, tan "picaro" tan "desvergonzado", me encanta y me hizo sacar una sonrisa mientras leía sus planes para con su amado.. ahhh
    Gracias Selene por este aliciente por darme un motivo de ilusión y sonreír!
    Besos!

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    1. Awwwww qué linda eres ♥ me haces sentir que todo el esfuerzo ha merecido la pena.

      Escribir un relato como éste habría sido diferente de no haberse cincelado y pulido constantemente por las apreciaciones y matizaciones que me has hecho, mi Adriana. Muchas veces he pensado en adelantarte algo, en decirte que no sufrieras por nada pero habría sido como correr un velo y creo que no hubiera sido positivo, habrías conocido los designios desde el principio y la historia hubiera perdido parte de su magia. Sé que la presencia de Selvagia te ha parecido en momentos insoportable, pero en fin, tal vez si escribo un epílogo entenderás todavía mejor de lo que ya lo has hecho su papel en esta historia :D

      Te reitero mil veces que nada existiría si no me hubieras dado el gran empujón jajaja gracias mil veces y un abrazo interminable :D

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