La pasión de la espada, cap. XXIX
Por Selene Ruiz de Vivar
William
había perdido ya la cuenta del número de jornadas que llevaba trabajando sin
descanso, de sol a sol. El esfuerzo se concentraba por completo en la
reconstrucción de la ciudad, en procurar la satisfacción de las necesidades
primarias de la población diezmada, lo que no resultaba tan fácil debido a la
escasez de brazos para trabajar. La mayor parte de la mano de obra de la ciudad
se concentraba en el puerto y, al haberse abierto por fin la comunicación por
mar, comenzaba un incipiente comercio
que estaba sacando a flote la economía de la maltrecha Suburbia.
Aunque
todavía no había amanecido, la febril mente de Bill ya estaba alerta, robándole
horas al sueño, pensando en que la forzada necesidad de autoabastecimiento de
su reino lo hacía, al menos en aquello momentos de transición, totalmente
dependiente de las cosechas de la llanura. Sin eso, por culpa de la autarquía a
la que se habían visto obligados por la cuarentena durante el tiempo que
estuvieron cerradas las vías de comercio, la población urbana se vería otra vez
sometida a la amenaza del hambre, un fantasma que seguía recorriendo las otrora
desoladas callejuelas de Arcadia, cada día que pasaba de hito en hito más animadas y bulliciosas, aunque
todavía quedaba un largo camino por recorrer.
El atribulado
soberano metió la cabeza debajo de la almohada, procurando que la amenaza de la
desesperación no le impidiese pensar con claridad. Todavía la navegación de
cabotaje no se había restablecido, todavía existía el miedo al contagio que la estaba retrasando,
aunque las pruebas de la remisión de la enfermedad ya eran incontestables.
Pensó que era irracional, pero hasta cierto punto comprensible, y que llevaría
tiempo cambiar aquella inercia. Tendría que hacer una labor diplomática muy
intensa, convenciendo a legaciones y embajadores de que podían estar tranquilos
en ese sentido. Se revolvió en el lecho, confortable pero solitario, pensando
en Thomas de nuevo. Sabía que su labor en las montañas era inestimable y que
una de las razones de que todo estuviera funcionando era precisamente la
pacificación de las baronías del Norte. En ese sentido, el reconocimiento de la
soberanía de Thomas había sido una jugada maestra, ya que los díscolos barones nunca
hubieran reconocido al cien por cien a Bill pero sí a uno de los suyos, al más
fuerte de todos ellos. Pensó con orgullo en el Ave Fénix de dos cabezas, nuevo
símbolo de Suburbia que ondeaba por doquier en torres y castillos de Norte a
Sur y que sólo Tom y él podían usar como divisa en justas y torneos. Sobre las
dos cabezas se elevaba suspendida en el aire una única corona. Cerró los ojos,
desbordado por sus emociones, e intentó dormir. La oscuridad no ayudó a traer el descanso, pero sí el
sueño intermitente y cargado de imágenes de soledad angustiosa y la semivigilia inquieta.
Llevaba muchos días sin descansar y no
tardó en caer en una especie de sueño pesado con pesadillas que confundía con
despertares abruptos en los que oía el griterío de su pueblo levantándose en
armas y a continuación de una penosa
matanza, de la orgía de sangre pasaba a una bacanal desenfrenada. Por las
calles había hogueras donde se quemaban cadáveres como en los tiempos de la
peste mientras mujeres enmascaradas se entregaban a desconocidos al ritmo de
tambores que eran seguidos por hombres disfrazados de esqueletos como tétricas
danzas de la muerte. Él corría por las calles intentando detener la locura
cuando uno de estos esqueletos le atenazó la garganta con su mano huesuda. Se
despertó gritando y se quitó de encima la almohada de plumas, que le había
estado ahogando. Comprobó alarmado que los ruidos en el exterior eran reales y
se levantó con presteza del lecho, asomándose a los grandes ventanales de su
cámara real. Tal vez, pensó, el pueblo estuviera adelantando los preparativos
de Beltane. Salió a la balconada, ya que
las vidrieras le impedían la visión del exterior. No se hallaba del todo despierto
y los sonidos de afuera le llegaban confusos, pero la algarabía parecía más una
fiesta que un tumulto. Trastabilló y estuvo a punto de caerse: se agarraba
fuertemente a la forja de la balconada cuando dos poderosas manos le sujetaron
por la cintura.
—Rey
Bill—dijo una voz a la par recia y acariciadora detrás de él— ¿tomando el fresco
a estas horas de la mañana? No podéis salir así, sin abrigaros.
William, que
en un primer momento había echado mano a la daga que siempre llevaba consigo,
al oír aquella conocida voz teñida de ternura y sus palabras de amor y cuidado
sintió a su pesar que las lágrimas se le agolpaban a los ojos. Eran muchos
sentimientos a la vez: la sorpresa, la sensación de soledad prolongada,
nostalgia, consciencia de la propia
debilidad, deseo irrefrenable de ser abrazado. No obstante, se apartó,
contrariando la momentánea inclinación a fundirse con el cuerpo amado hasta
quedarse sin fuerzas.
—¡Maldito
seáis, Thomas! Me habéis asustado ¡diablos!
Tom se echó
a reír, echando la cabeza hacia atrás. William se sintió como muchas otras
veces cautivado por los matices cristalinos de aquella risa arrolladora, que
sonaba como música celestial en sus oídos. Repentinamente, la risa cesó. Sintió
cómo Tom le abrazaba, le besaba el cabello con suavidad, aunque le retenía con
firmeza. Se sintió avergonzado de que sus lágrimas de alivio y contento
estuvieran mojando profusamente la camisa de su compañero. Eso no era lo que se
esperaba de un rey, pensó fugazmente.
—William—susurró
Thomas en su oído— ¿me habéis echado de menos?
Los dos se
miraron, intensamente avergonzados. Thomas decidió que era más prudente, dada
la intensidad de aquel momento, cambiar de tema.
—Veo con
sorpresa que no me esperabais, mi Señor. Sin duda habéis estado muy ocupado últimamente,
ya que al parecer sois el único que no se ha percatado de mi venida. Una
muchedumbre me sigue desde hace horas y he sido recibido como si fuera un
enviado de los propios dioses—Thomas rió con los ojos, mirando a Bill como si
fuera lo único que merecía la pena mirar en el mundo—Ni siquiera habéis
preparado mis habitaciones ¿Esperáis que duerma en ésta? —Thomas miró a su
interlocutor, divertido.
—No os
extrañe. Los adivinos han estado haciendo correr bulos por ahí. En cuanto a lo
otro—dijo Bill, mortificado y molesto—tenéis una esposa. Id con ella.
William
entró a la cámara. La mañana era fría y además se le había erizado la piel del
cuello al mencionar lo que convertía su vida en una ruina desolada. Tom entró
tras él, cerrando los ventanales, y lo siguió hasta tenerlo cara a cara, lo que
no fue sencillo, pues Will se mostraba huidizo.
—William—Tom
le sujetó por el mentón para forzarlo a
sostener su mirada—ésa es la razón por la que he tardado tanto en venir. He
estado esperando a que la sentencia fuera firme…Mi matrimonio ha sido anulado
en la Corte de Justicia.
William
abrió los ojos desmesuradamente, sin poderse creer lo que estaba oyendo.
—¿Por qué
razón?—preguntó sorprendido.
—La razón
principal es que nunca fue consumado—el flamante diarca de Suburbia, el hermoso
rey Thomas, paseó por la estancia su mirada, mientras revelaba por primera vez
toda la verdad a William—Nosotros sólo tuvimos un encuentro, poco después de tu
enfermedad, cuando huíamos por los bosques. —Tom repasó los hechos mentalmente,
con una calma no exenta de tristeza. —Ni siquiera lo recuerdo bien. Estaba
agotado y enfebrecido y abrumado por tener que dejarte solo. En mi mente todo
resultó tan confuso…pero no quiero justificarme. Debí apartarla de mi lado, y habría evitado
todo este sufrimiento.
William se
dio la vuelta, aún muy dolido a su pesar.
—Le di mi mano
y lo volvería a hacer, Bill—añadió Tom honestamente—No podía permitir que mi
hija creciera como una bastarda. La Corte ha anulado el matrimonio, pero
legitimó la prole. No crecerá con ese estigma.
William
pensó en su hijo y en qué habría hecho él en su lugar. Se sintió, aunque
herido, identificado con Thomas, y pensó en cómo había actuado y en el dolor
que sintió al saberse un bastardo. Empezó a ver cómo la realidad se componía de
piezas que encajaban unas con otras.
—¿Dónde está…ejem…la
condesa Van der Erde?
—Está en la
llanura, en las tierras de sus padres, donde Vos la enviasteis sin daros cuenta
al cargarla con honores. Ella es una gran mujer, y merece ser feliz. ¿Sabéis
que ha puesto en práctica un sistema de riego muy ingenioso que aprendió, aquí
en el castillo, de los esclavos manumitidos árabes cuando trabajaba de
incógnito como caballeriza, disfrazada de muchacho, y que está dando muy buenos
resultados? En sus cartas me cuenta que cree que las cosechas serán como nunca
se ha visto en Suburbia.
William rió,
al pensar en los vaticinios de los adivinos y en cómo interpretarían la crecida
de las cosechas, e iba a decírselo a Thomas, pero éste ya lo empujaba contra el lecho.
—Venid,
Señor. Luego habrá tiempo de pláticas; pero ahora es vuestro cuerpo el que tiene
muchas cosas que decirme.
Los dos
jóvenes rieron mientras rodaban por el lecho. El amanecer llegó y los rayos de sol penetraron en la estancia que
ya ardía caldeada por los besos de aquellos amantes ardientes, ansiosos por recuperar
el tiempo que no vuelve.
(Continuará)
¡Joder! ¿a caso hay algo más hermoso que ver/leer a nuestras altezas reales reir y disfrutar de su amor?
ResponderEliminarEn ocasiones uno suele pasar por alto ciertos detalles y entonces pensamos que por ser un fic es válido. Con esto me refiero a que la explicación que has dado sobre el cómo se está empezando a levantar el Reino me hace ver y admirar lo grande que es como monarca William y la ardua tarea que has de haber hecho para recolectar toda esa información que como lectora te agradezco porque esos detalles son los que hacen que nosotras podamos ver lo que los ojos de los autores ven. Regresando al fic, vuelvo a destacar q grande monarca es Bill y que afortunado el pueblo de Suburbia por tenerlo y por eso la gente lo ama y ve con buenos ojos esa "unión" con su hermano y rey heredero Thomas (¡Qué lindo se lee eso!).
Selvagia... amén! Que esa historia terminó y para bien tanto para ella como para con Tom, cierto, que el único error fue yacer con Tom miembros éste se encontraba mal pero ahora las cosas hasta para ella han mejorado y no solo es madre de una princesa sino también es poseedora de tierras prósperas y espero que encuentre un varón que la haga feliz.
Y aunque se hará la "voluntad" del pueblo, no podemos negar que mucha gente guía sus decisiones y acciones es las creencias, en los augurios, en el destino, en las estrellas y en este caso no sé qué haya obrado para hacer que la vida de estos hermanos se hayan entrelazado no solo por el lazo fraternal sino por elmdel amor puro y verdadero♥ Mención aparte el comportamiento de nuestro montañés, tan "picaro" tan "desvergonzado", me encanta y me hizo sacar una sonrisa mientras leía sus planes para con su amado.. ahhh
Gracias Selene por este aliciente por darme un motivo de ilusión y sonreír!
Besos!
Awwwww qué linda eres ♥ me haces sentir que todo el esfuerzo ha merecido la pena.
EliminarEscribir un relato como éste habría sido diferente de no haberse cincelado y pulido constantemente por las apreciaciones y matizaciones que me has hecho, mi Adriana. Muchas veces he pensado en adelantarte algo, en decirte que no sufrieras por nada pero habría sido como correr un velo y creo que no hubiera sido positivo, habrías conocido los designios desde el principio y la historia hubiera perdido parte de su magia. Sé que la presencia de Selvagia te ha parecido en momentos insoportable, pero en fin, tal vez si escribo un epílogo entenderás todavía mejor de lo que ya lo has hecho su papel en esta historia :D
Te reitero mil veces que nada existiría si no me hubieras dado el gran empujón jajaja gracias mil veces y un abrazo interminable :D