La pasión de
la espada, cap. XX
Por Selene Ruiz de Vivar
Thomas
recorría a caballo los alrededores de su castillo. Entregado a sus pensamientos
y totalmente ensimismado en ellos, dio maquinalmente la vuelta a la cabalgadura
tirando de las riendas, y dejó que la yegua enfilara ella sola el camino del
portón principal, sin azuzarla con el estribo. Si toda su vida se había
caracterizado por la toma de decisiones difíciles, lo que estaba por hacer le
suponía la más amarga de todas, la que cerraba para siempre el camino a su
felicidad.
Hacía cinco largos meses que había llegado a
su fortaleza de Loitsche, la más poderosa de entre las de los barones de las
montañas; prácticamente inexpugnable, se levantaba altiva entre los
acantilados. Bajó de su caballería y sin detenerse apenas a entregar las bridas
a sus caballerizos corrió sin dilación a sus aposentos. Tenía que enviar de
nuevo cartas a Bill, pero esta vez a través de un mensajero personal que además
le transmitiría directamente su mensaje, explicando las razones de la
apresurada recogida del niño y su puesta a salvo en las montañas. Además
necesitaba desesperadamente saber cómo estaba, si su recuperación era total y
si los estragos de la enfermedad no le habían dejado secuelas permanentes. Como
casi cada minuto, cada hora, volvió a pensar en su amante, cuya presencia
necesitaba con todas sus fuerzas. Apretó los nudillos hasta casi hacerse
sangre. Los pies volaban hacia su escritorio cuando en una de las exedras se
topó, casi se dio de bruces, con la joven compañera de sus extrañas aventuras.
Sus movimientos, antes ligeros y felinos, se revelaban ahora levemente más
pesados y torpes. La cara de niña se había redondeado. Se miraron a los ojos
una décima de segundo. Tom apartó la vista, repentinamente incómodo.
—No esperaba
veros.
—Ni tampoco
lo deseábais, ¿no?—respondió Selvagia tristemente.
—No es mi
intención evitaros, Señora—. El cambio al tratamiento protocolario revelaba
otro más profundo e insondable, la brecha que se había abierto entre ellos, los
compañeros, los amigos, los que otrora se habían salvado mutuamente la vida.
—Noble
Thomas—se armó de valor para decir lo que tenía que decir, lo que deseaba
abordar desde hacía meses. Sabía que él no la buscaría, que era muy difícil que
volvieran a coincidir a solas—lo que pasó en el claro del bosque…
Thomas
cortó, sin vacilación.
—Lo que pasó
en el claro del bosque nunca debió haber pasado—La claridad de la luz penetraba
a través de una ventana ojival. El noble miró directamente a ella, como
buscando un punto en la lejanía. Le sintió inspirar con fuerza, tomar aire como
si se ahogase.
—Vos no
tuvisteis la culpa, Excelencia—dijo ella a toda prisa, como si él no fuera a
dejarle acabar la frase—delirábais por la fiebre…
—Estaba lo
suficientemente consciente como para haberlo evitado—volvió a cortar Thomas,
irritándose de nuevo consigo mismo como millones de veces desde aquella aciaga
noche—y no lo hice—susurró, esta vez como para sus adentros.
Impulsivamente
la muchacha le tomó la mano, con intención de besársela. El joven la apartó de
inmediato, dejando claro que rechazaba el contacto físico.
—Señora,
como caballero no puedo obviar y debo tomar la responsabilidad por las
consecuencias de mis actos, y así lo haré y lo afirmo ante vos solemnemente,
que desde ahora mismo os hago esa promesa por palabras de presente, y que la
toméis como tal—
Los ojos de
Selvagia brillaron por un momento que para su desdicha resultó extremadamente
corto.
—Sin
embargo—prosiguió el noble, con un tono firme que no dejaba lugar a dudas, y
mirándola a los ojos—no puedo amaros, y nunca podré hacerlo. Vos sabéis, mejor
que nadie, que mi corazón ya ha sido entregado. Nunca iré a vuestros aposentos
ni seré vuestro más allá de lo que corresponde a mi obligación de no excusar mi
deber.
Los ojos de
la desafortunada chiquilla se llenaron de lágrimas. Tomando con los dedos la
seda de la falda de su holgado vestido echó a correr para que Tom no la viera
arrasada en llanto. Él no la siguió: sabía que la había condenado a su propio
infierno, a aquella joven inocente y sencilla que desde que lo había conocido
no había hecho sino ayudarlo, estar a su lado, salvarle la existencia; y él la
había atraído a su propia desgracia. Acalló a sus propios demonios con un
esfuerzo sobrehumano, y como otras veces en su vida sintió que debía usar de
toda su fortaleza para no permitir que le rondara el fantasma de la locura.
Cuando entró en sus aposentos con el
humor más sombrío que nunca y poseído por los más negros y funestos
pensamientos estuvo a punto de perder el equilibrio. El perrazo del Príncipe,
que entretanto había alcanzado un tamaño descomunal, se le había echado encima
en un saludo de bienvenida que por poco no había acabado con él por los suelos.
El niño gritó de alegría, riéndose a carcajadas.
—¡Janson!—
Dijo con su lengua de trapo—¡Janson, Janson!
Janson era
la variante, aunque muy influida por el dialecto de Loitsche, del apodo de su
propio padre, Will the Handsome. En una ocasión, siendo muy pequeño, había
asisitido al saludo anual desde las ventanas del Salón del Trono con su padre
el Rey y su inseparable perro; y la multitud, enfervorizada, se había lanzado a
gritar “¡Handsome, Handsome!”Henry, en su inocencia de niño, creyó que
aclamaban al perro, que desde entonces ostentaba ese nombre tan contradictorio
con su simpática fealdad.
Thomas se
secó a duras penas el rostro bañado por las babas de Janson, que seguía
intentando subirse sobre sus patas, desordenando los elegantes ropajes del
joven.
—¡Aparta,
Janson! Por todos los dioses…¡te has hecho tan grande como una vaca!
El niño rió
. La cascada cristalina de su risa chocó contra la rodilla de Thomas, a la que
fue a abrazarse. El joven lo levantó en alto, y besó sus rizos rubios,
haciéndole cosquillas, mientras el niño no paraba de reír. Thomas enterró la
cabeza entre sus rizos, sintiendo que por esta vez había bordeado la pendiente
de la pérdida de la razón, sintiéndose salvado. Volvió a abrazar al niño con
fuerza, pensando que mientras permaneciera a su lado al menos no habría perdido
del todo a Bill.
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—Sire, no
debemos demorar por más tiempo el asedio a la baronía de Loitsche. El Príncipe
lleva más de un año retenido…la situación es insostenible.
El chambelán
había despachado personalmente las cartas de Loitsche, destruyéndolas todas.
Había impedido a numerosos mensajeros la audiencia directa con el Rey, alegando
su convalecencia hasta sospechosos límites.
Así había conseguido alargar más de un año la ausencia de comunicación.
William cabeceó, taciturno. En ese momento, su segundo, sonriendo para sus
adentros, decidió sacarse el gran as de la manga.
—Señor—
dijo, con su sibilina voz, y por momentos pareció que farfullaba—han llegado
noticias de las montañas. Parece ser que vuestro hermano el bastardo, el
presunto usurpador, el asesino—hizo una teatral pausa—ha contraído matrimonio
en Loitsche con su amante, su barragana, la cómplice que lo ayudó a escapar
después de intentar asesinaros—la sevicia del chambelán parecía no tener fin y
encadenaba una tras otra la letanía de inmundicias ante los ojos horrorizados
del rey—y también parece que esa unión presidida por el latrocinio, la
usurpación, la lujuria y la traición ha dado ya sus frutos…
Bill sintió
que la furia le invadía, apoderándose de su mente, de su sangre, de sus
miembros, que ya no parecían suyos. De un tirón del mantel arrojó por el suelo
las ricas viandas que adornaban la mesa, copas, candelabros que cayeron con un
tintineo metálico sobre el mármol del suelo.
—¡Cállate!,
al diablo, maldito! —Will the Handsome no parecía el mismo: los criados
espantados no recordaban haberlo visto nunca tan fuera de sí. Sentía la
traición de su amante como una daga que le arrancaba de cuajo el corazón, las
vísceras, los huesos. Un aterrado Gary, que entraba personalmente a anunciar al
enésimo embajador de Loitsche, fue expulsado a gritos y sin contemplaciones.
—¡Échalo….échalo
ahora mismo si no quieres que lo mate con mis propias manos!—bramó el rey, sin
contenerse.
Gary se fue
corriendo, sin importarle su corpulencia, lo más deprisa que pudo. El rey,
calmándose repentinamente, fue presa de un ataque de llanto del que salió con
una mirada fría y amarga.
—Preparadlo
todo. Milord. Reunid al ejército, reclutad campesinos, mercenarios, lo que sea
necesario, y que se ponga en marcha cuanto antes. Voy a recuperar a mi hijo, y
a arrasar Loitsche hasta que no quede piedra sobre piedra.
(Continuará)
Dentro de mi cabeza resuena un grito de absoluta negación: "NO" ;------;
ResponderEliminarNo, no puede ser que Thomas haya cometido semejante desliz con la pobre muchacha, arriesgando su vida y poniendo en peligro el amor de su rey y su propia cordura. Entiendo que como caballero quiera hacerse cargo de sus errores, pero el modo tan despectivo con el que trata a Selvagia me hace daño. Su idea del honor y la dignidad es tan elevada que lo lleva a actuar con injusticia. Pasara lo que pasara entre ellos, no merece ese trato.
¡Y a ese horrible chambelán no le puede ocurrir algo de carácter letal!? :p Que sus argucias hayan conseguido tener alejados a los hermanos durante ¡un año!, y que además sean sus palabras envenenadas las que hayan conseguido que el corazón del rey se revuelva contra su sangre y su amor, lo han convertido en el ciudadano más odiado de Suburbia.
Cariño mío, haz que este sufrimiento sea corto y vuelve pronto con la continuación de la historia!.
Un beso enorme <3
Es mi intención volver pronto...sabía, sabía que este capi era el que iba a ocasionar más polémica y tormenta, pero no podía obviarlo, aunque duele! El chambelán persigue su objetivo político, el golpe de estado en la sombra, y que el príncipe esté en la montaña es lo mejor que le puede ocurrir, créeme.
EliminarSelvagia es un ejemplo por desgracia muy frecuente de los daños colaterales que deja el amor ; ; y la verdadera tragedia de esta historia, al enamorarse de alguien que ya está enamorado.;_;
Gracias, no sabes hasta qué punto, por acompañarme en esta aventura ♥
*Exhala, respira, exhala, respira..." mangos! ¡¿Qué diablos hiciste Thomas? ! ¡¿Porqué tú? ! ¿porqué demonios los hombres piensan con el pene en lugar de la cabeza? ! Ninguna fiebre (ja! Hasta irónico suena eso) puede ser pretexto para dejarse llevar por las bajas pasiones porque eso fue, fue una vil y bajeza lo que hizo Thomas con Selvagia! Y ella tampoco queda muy digna y bien parada cuando sabía perfectamente que Tom amaba a William...
ResponderEliminarEstoy decepcionada como no tienes idea de Thomas y ahorrar más que me enteró que probablemente tuvo un hijo. No sólo la jodio casándose con ella sino que ahora tendrán o tienen un hijo...¡No! No se vale Selene, dijiste que no iba ser tragedia griega y todo pinta para ese final. Y no culpo el que el "Hermoso" quiera arrasar con Thomas y su reino (claro con patrocinio de ese miserable del chambelán (noble Gary tienes mi permiso para deshacerte de él xD) pero si le presentan un panorama donde no sabe nada de su hijo (que casi apuesto que su alteza no estaba tan preocupado por ello porque sabía de la promesa hecha por Thomas de cuidarlo y él estaba confiando en esa palabra) pero el dolor de sentirse traicionado por su amante acabó con todo razonamiento y ahora es el dolor de la traición y los celos los que guiarán su camino.
¡Joder que no es justo, no lo puedo creer de Thomas no de él! Y de la "esposa" lo siento no puede tener mi simpatía cuando ella también fue culpable y aunque Thomas no intimide con ella me ha dejado una desilusión tremenda. ..*se hace bolita*
Actualiza pronto por favor que ya quiero ver arder Troya jajajjaja, lo siento pero uffff
El pequeño príncipe y su vaca digo su perro y su nombre fue lo más lindo del capítulo.
PD ¡I hate you Thomas!
PD 2 calma mi dolor Selene buaaaa!
Mi Ariana *agacha sus orejitas* aunque intenté advertirte en la respuesta al comment anterior, el hecho es que sabía que te caería en tromba como un torrente este episodio y que te pondrías enojadísima porque yo también lo habría hecho así, es como sentir una traición a nuestra línea de twincest romántico, apasionado y fiel; yo también he entrado indignada y aturdida a muchos fics por lo mismo.
EliminarPero....espero que pronto lo entiendas...creo que debería publicar cuando esté ya muy cerca del final las claves de esta historia y lo que he pretendido hacer desde un principio.
No odies a Tom...aunque te suene a excusa barata, él estaba sometido a una presión física tan fuerte de cansancio y tensión que...en fin, que te puedo decir, si ni él mismo se perdona!
No puedo decir nada más, salvo que tu dolor será calmado :).