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domingo, 19 de abril de 2015

La pasión de la espada, cap XV

LA PASIÓN DE LA ESPADA
POR SELENE RUIZ DE VIVAR
El rey se apresuraba en quitarse las pesadas ropas mientras Thomas entrecerraba los ojos, muy excitado a su pesar. Deseaba hablar, destruir la barrera de silencio, secretos y ocultaciones que sentía que se había levantado entre ellos, pero a la vez  necesitaba desesperadamente retener a su amante a su lado; y sabía que no podrían seguir como si nada hubiera pasado en el momento en que enfrentara cara a cara con él la tragedia que azotaba sus vidas. Bill entretanto le había desvestido y se complacía en contemplar su torso desnudo, de piel tersa y fragante, con músculos de hierro por el constante ejercicio y la piel bronceada por las horas de trabajo al aire libre. Una gruesa cadena de plata, herencia de su madre, enmarcaba el hermoso cuello que William no dudó en acariciar y besar apasionadamente. Se alejó de nuevo para poder contemplar en perspectiva aquella sólida belleza.
—Thomas—dijo, convencido y enamorado—parecéis el rey sin corona de toda Suburbia.
El barón asistió desprevenido a tamaña demostración de amor, admiración y deferencia. El rey llevado de su pasión le consideraba sin duda su par hasta el extremo de manifestarlo en voz alta sin reparos ni diques. Pareció en ese momento despertar de un sueño. No iba a decir nada; no en ese momento que nada ni nadie iba a arruinar, y de ello iba a encargarse sin dilación alguna. Seguramente la maquinaria ciega de las ambiciones del chambelán ya se había puesto en marcha inexorablemente para sellar sus destinos. Llegado el momento, lucharían con sus humanas fuerzas. Triunfarían o sucumbirían, pero no sin haber luchado hasta las últimas briznas de aliento que quedaran en sus pulmones. Tomó a Will delicadamente del hombro, volviéndolo hacia sí.
—En este momento somos tú y yo, Bill. Sólo tú y yo—dijo, con los ojos brillantes.
William le miró sin decir nada, asintiendo. Se besaron, primero lento, luego con furia, interminablemente. La boca del noble parecía querer devorar la de su hermoso rey, que devolvía complacido cada ataque. La cámara pareció calentarse como una caldera hirviendo. Thomas lo sujetó por las caderas y le obligó a sentarse sobre el lecho, mientras el otro joven echaba la cabeza hacia atrás, jadeando y sin aliento por los besos. Le arrancó la ropa que le quedaba puesta, sin excesivos miramientos.  Sus ojos ya estaban en blanco cuando sintió la boca del barón sobre su virilidad doliente por la violenta erección que lo acometía, luchando por liberarse. Las manos viajaron prestas hacia los pezones, que se irguieron de forma inmediata al contacto de aquellos sabios y calientes dedos. El rey pensó brevemente en ellas, en cómo tomaban la pluma, la espada, o los espacios más recónditos de su intimidad con igual seguridad y destreza, que parecían en él innatas. Las manos inquietas acariciaban sin tregua el pecho y las axilas. Al cabo de pocos segundos, ya no pudo pensar en nada que no fuera su propio placer: su propio placer bestial que hacía que moviera de forma lasciva sus caderas para acoplarse a la magnífica, aterciopelada boca de labios gruesos y suaves que acariciaban su durísima y enrojecida joya sin dar tregua, con la firmeza de una sólida vaina y la suavidad de la más delicada pluma. Sintió que eyaculaba sin poder detenerse en aquella encantadora y húmeda prisión más atento a que su corazón no se le saliera del pecho que a las reacciones de su compañero, egoísta por una vez, embriagado por el placer. El joven noble avanzó desde su posición arrodillada hasta quedar tendido sobre él, siempre delicado y gentil, atento de no aplastarlo con su peso. William se sentía como poseído por una locura afrodisiaca. Entendía por primera vez en su vida en cada encuentro amoroso el significado de “entregarse”: de entregarse sin límites, de ceder el control. Las incansables manos del barón le tomaron de los glúteos, haciendo que las dos espadas en alto chocasen, lo que provocó que ambos sintieran la intensidad  del placer en sus doloridos miembros que se golpeaban como hierro y martillo en la forja. Thomas sintió que moriría si no llegaba a la cumbre pronto. Dejando de lado su habitual suavidad, le separó las piernas, sujetándolas con fuerza. Dirigió su brillante ariete a la entrada. La violencia de la penetración, mucho más ruda que las anteriores, hizo que su compañero gritara, al tiempo que era zarandeado sin piedad y de inmediato por las fuertes embestidas. William estuvo a punto de exhalar una queja que salió de su garganta convertida en jadeo. Sucumbía al placer sin demasiada resistencia, encontrando en la inusual rudeza de su amante aún mayor delirio erótico. Sintió que se aproximaba su segundo orgasmo cuando el vaivén se hizo mucho más rápido. El barón llegó al éxtasis con un alarido que parecía provenir de un atávico fondo de sí mismo, de un lugar desconocido de su interior donde reposaban los instintos más oscuros. Vuelto a su ser, escondió  su rostro en el cuello de su amado, avergonzado de no haber contenido su brutalidad primigenia. William no reparó en ello, ocupado como estaba en recuperar el aliento y el ritmo de su corazón, en ese momento un caballo salvaje a punto de salírsele de las costillas, que parecían querer romperse: tan violentos eran sus latidos. Los dos jóvenes intentaron durante largo tiempo sin éxito serenarse de aquel intercambio amoroso, cuya intensidad no había hecho sino sorprenderlos. Thomas abrazó a su rey, y le besó el cuello en el mismo lugar en que su ardor de momentos pasados había dejado la marca ligeramente enrojecida de su mordida.
—Ven conmigo a las montañas, Bill. Recogeremos a Henry en el camino—dijo cuando hubo recuperado el aliento, aún cuando sabía de antemano la respuesta; aún cuando sabía que el monarca no abandonaría su puesto, ni a su gente, para buscar una salvación egoísta con la que su conciencia de rey no habría podido convivir. Su amante, por toda contestación, le devolvió el abrazo aún más fuerte y así estuvieron entrelazados una eternidad hasta que la luz de la luna acarició sus cuerpos brillantes y relucientes de sudor. El carro de la Osa iluminaba débilmente el firmamento y la estrella Arturo se vislumbraba brillante desde los ventanales, pareciendo proteger a los amantes. Tom reclinó su cabeza en el regazo del rey, que acarició sus cabellos de seda, enamorado de su oscura suavidad.
—¿Te gustaría que celebráramos una pequeña fiesta en el Salón del Trono, Thomas? En el castillo se ha sufrido ya bastante…algo sencillo, para celebrar que estamos vivos.
El aristócrata ocultó entre las sombras su gesto de desagrado al recordar la última fiesta improvisada que había acabado en aquella especie de orgía. Aunque había servido para romper los últimos diques de su pasión oculta, no quería acordarse de las caricias y besos que Bill había compartido con otros.
—Prefiero estar solo contigo—contestó sin pensárselo dos veces—pero si lo deseas, sea.


 La mañana que siguió a aquella noche, la condesa Sommerfeld se dirigió con paso raudo a las caballerizas. Hastiada de holgar con cortesanos y sirvientes, había echado el ojo a un joven palafrenero, apenas un adolescente con aspecto de efebo griego, y se dirigía a buscarlo con la excusa de salir de paseo matutino en su yegua gris. Pensaba divertirse un poco y salir de la rutina robándole la inocencia a aquel tierno jovencito. Notó  que al verla acercarse, el joven se puso tenso, lo que atribuyó errónea y vanidosamente a sus encantos.


 —¡Vaya! Pero mira quién está aquí… mi caballerizo preferido! Qué gran coincidencia, pues tengo ganas de cabalgar—dijo la lasciva condesa, guiñando un ojo y acompañando sus palabras cargadas de intención de una sonrisa picarona que puso a Selvagia los pelos de punta. Se giró hacia las sombras, procurando que la claridad del alba no revelara que su rostro sin barba y su delicados rasgos no eran precisamente los de un efebo.


6 comentarios:

  1. Ay Selene escribes tan elegante que hasta el hecho de "verlos" haciendo el amor, el hecho de verlos como se entregan el uno al otro, de mostrarse tan fuera de ellos, tan arrebatados, tan susmisos, tan enamorados se transmite y esa manera de detallarlo, de narrarlo es un placer para mis ojos. Mención aparte ufff el barón, Dios que espectacular para su alteza y para nuestros ojos ♥
    Y aunque también me hubiera gustado que ambos se fueran por el príncipe y vivieran ajenos al dolor y desolación de su gente entiendo que William no haya respondido porque es un rey y hasta el final tiene también que ver por sus súbditos.
    Y el capitulo era perfecto y el encuentro de ambos cuerpos fue tan *se necesita agua* pero porque hay un gran PERO tenía que aparecer la bruja fea y operada en el cuento (sé que no tengo que hablar aquí así pero, mujer tú me entiendes xD) y aunque parece que se salvará de la peste quizá no lo haga de los "enredos" del amor (xD) aunque no venga de la mano de un guapo hombre. ..¿será posible que la señora pruebe .en otros lados. ..? ;-)
    Nos vemos en el signo mi Sele, te mando besos y abrazos ♥

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    1. Awwwww mi Adyyyyy qué lindo lo que dices! sabes que compartimos esta visión del twincest de enamoramiento perpetuo y ardiente y su consecuencia el sexo glorioso jajaja xD me alegro tanto de que te guste el tiempo que pasan en su cámara a solas cof cof xDDDD y sí, William nunca abandonará a su pueblo, no puedo imaginarme a ninguno de los dos sin esa integridad que los hace verdaderos hombres, verdaderos seres humanos comprometidos con su papel en el mundo quiero decir.

      En cuanto a ese personaje cuya aparición en la "realidad" nos da tantos sinsabores y quebraderos de cabeza, buenoooooooo ya sabes que la ficción es una sweet revenge constante xD XD

      Un beso muy fuerte....me ronda cierta historia por la cabecita, a ver qué pasa con ella ;D

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  2. ¡Qué placer compartido el de nuestros hermosos caballeros! ¡Y cuánto placer el nuestro al poder ser testigos de excepción de sus tiernos y apasionados envites bajo la luna! *-*

    Es tanta la elegancia de la descripción, que en algunos momentos me parecía estar dentro de esa real cámara, contemplando desde una esquinita sus cuerpos entregados al más carnal de los amores.

    Entiendo perfectamente al fiel baron: no soy muy partidaria de esa fiesta palaciega, y más sabiendo que el chambelán está tejiendo su maléfica tela de araña en torno a ellos. Más allá de los celos (normales y obvios) que pueda sentir, tiene que proteger su relación por encima de todo

    *Va a buscar un poco de agua para reponerse de tanto ardor*

    Enhorabuena por otro en bello capítulo, mi Selene <3 Nos seguimos encontrando en nuestra Arcadia <3

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    1. Mi Archange, a veces pienso qué hago yo o si estoy bendecida por la fortuna por recibir este tipo de comentarios (maravillosos). Esa idea de estar mirando como levantando un cortinaje me parece tan excitante. :D ;D

      Nunca creí que la historia creciera tanto, es como si tuviera una vida más allá de mí.

      Mi Archange de mi vida quién estuviera hoy a tu lado en plena fiesta grande de la Feria de Abril!!!!!

      Un abrazo interminable y sí, nos vemos aquí siempre que tú desees ♥

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  3. Ya lei y en vdd adoro la manera exquisita (sin utilización de lenguaje vulgar o soez) de como describes los encuentros amorosos del Rey y su amado barón *-* Y tenía que aparecer esa mujer -_-  y para acosar al joven "caballerizo" :O  ojala que le de un caballo brioso y se caiga al montarlo y se rompa el cuello muahaha okno Esperare ansiosa otro capi Besito  

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    1. Hola Katchen! espero que sepas disculparme esta tardanza exagerada en contestar: tengo un millón de situaciones laborales que resolver y en fin! gracias por considerar agradable mi manera de contar los amores de estos hermosos...la verdad es que es difícil no inspirarse. Te agradezco una vez más tu linda presencia :D

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